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25/11/2020 14:11 CET | Actualizado 25/11/2020 14:11 CET

Desafío climático: Los EEUU de Biden no quieren quedarse atrás

La llegada del demócrata a la Casa Blanca abre nuevas expectativas sobre los compromisos estadounidenses en la lucha contra el cambio climático.

CHANDAN KHANNA via Getty Images
Joe Biden. 

Hace poco más de un año Donald Trump solicitaba salir del Acuerdo de París, antes de la COP-25 celebrada en Madrid. Además de su negacionismo climático, mostraba una vez más su repulsa por el multilateralismo; no en vano ese acuerdo es una de las mayores muestras de negociación continuada, ambición y equilibrio en las relaciones internacionales.

Las reglas de París estipulan que de la solicitud a la salida material ha de pasar un año. En el caso americano justamente se cumplía el pasado 4 de noviembre, el día siguiente de las elecciones. Joe Biden ya se ha comprometido a volver en cuanto tome posesión, enviando una señal de un nuevo tiempo de cooperación y de compromiso en la lucha contra la crisis climática.

Trump ha sido nefasto en la acción contra el calentamiento global, sin duda. No sabremos si por convencimiento o por ahondar en ese terraplanismo que lo conectaba con una parte del electorado que sintoniza con todo lo que sea negar a la ciencia: clima, vacunas, tecnología, etc. También ha enviado el erróneo mensaje de que para la sociedad americana no existía el problema y que se limitaba a los documentales de Al Gore. En EEUU radican muchas de las vanguardias en el abordaje del problema climático en todas sus dimensiones: de sus universidades y centros de investigación salen buena parte de las publicaciones internacionales sobre los efectos del cambio climático, California es un estado comprometido con la transición energética, alberga la empresa líder en electromovilidad del planeta y un sistema de comercio de emisiones, que pone precio al CO2, vinculado al de la canadiense región de Ontario, una experiencia pionera en regulación de derechos de emisión, y la US Climate Alliance reúne el compromiso de 25 estados, cientos de ciudades y miles de empresas. En la COP de Madrid, donde participaban en reuniones bilaterales al margen de la delegación oficial de su país, sus representantes repetían entre vergüenza y rabia hacia Trump: “We will come back next year” (volveremos el año que viene). Parece que va a ser así.

Se ha iniciado una carrera global y estamos envueltos en una competición mundial por un liderazgo tecnológico y económico en el campo de sostenibilidad

¿Es Biden un activista  climático? Desde luego no es un negacionista, pero su ambición real en este campo aún no está clara. En campaña negó el Green New Deal preconizado por la progresista y ambiciosa Ocasio-Cortez, proponiendo otro modelo de transición energética. EEUU es un país de gran demanda energética, los combustibles fósiles son fundamentales en la economía actual del país. El fracking ha supuesto una revolución y, por ejemplo, el gas fluye barato por la economía americana y mundial, con billonarias inversiones que la reducción del consumo de combustibles fósiles provocada por la pandemia ha puesto en peligro y ha alarmado al sistema financiero norteamericano. Quizás la campaña no era el momento para que Biden enseñara todas sus cartas, necesitado del voto de estados conservadores y productores de energía fósil.

Quizás sea más ambicioso y aún no lo sabemos, pues hay que suponer que para Biden ha de pesar también el hecho de que EEUU no se quede atrás en la transición energética. Los inversores llevan tiempo huyendo del aroma a hidrocarburos, se dirigen masivamente a actividades sostenibles y abandonan los combustibles fósiles, abriendo paso a una nueva economía más limpia, con tecnologías renovables maduras como las energías más competitivas en precio, circunstancia que también marca parte de la competitividad de la industria. Por otra parte, se abren expectativas con otros vectores energéticos, como el hidrógeno, o en tecnologías como la captura y almacenamiento de carbono, que en EEUU puede ser de gran potencial.  

En estos últimos meses, varias de las grandes potencias han avanzado sus compromisos climáticos. Se acaba 2020, fecha marcada en el Acuerdo de París para presentar y actualizar al alza las denominadas “Contribuciones Nacionales Determinadas”, que expresan el compromiso y la ambición de cada una de las partes en la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero. China ha fijado su neutralidad climática para 2060; Japón y Corea, para 2050 y Europa no sólo se ha comprometido con la neutralidad climática para mediados de siglo, sino que reducirá sus emisiones entre un 55 y un 60% para 2030 con respecto a 1990, para contribuir a que la temperatura del planeta  no suba más de 1,5ºC en 2100. En realidad, ya no se trata únicamente de la salud del planeta, se ha iniciado una carrera global y estamos envueltos en una competición mundial por un liderazgo tecnológico y económico en el campo de sostenibilidad que va a durar por lo menos 30 años. Es de esperar, por tanto, que Biden no vaya a querer seguir en la casilla de salida mientras los otros empiezan a saltar vallas.