POLÍTICA
01/10/2021 07:05 CEST | Actualizado 01/10/2021 07:37 CEST

¿Dónde estabas el 1-O?

Cuatro historias, cuatro visiones distintas sobre cómo fue la consulta ilegal de 2017.

Cuatro años después, la fecha del uno de octubre mantiene un valor simbólico brutal para el independentismo. Para muchos, fue un ejemplo de organización de la sociedad civil con una causa política y podría ser perfectamente la nueva Diada de Cataluña, mientras que otros, aquellos que no se sintieron interpelados, lo ven como una fecha que les excluyó y, por encima de todo, como un ataque al orden y a la ley.

Dos millones de personas votaron en aquel referéndum que acabó con violentas cargas policiales y una declaración unilateral de independencia brevísima y que el estado frenó con la aplicación del artículo 155 de la Constitución, que arrebató temporalmente las competencias a la Generalitat.

El conflicto catalán sigue latente y los partidos que abogan por la independencia de Cataluña siguen siendo mayoría en el Parlament, pero la falta de una estrategia conjunta imposibilita a día de hoy una unidad de acción como la de entonces. Mientras la mesa de diálogo avanza a paso de tortuga, la nostalgia y la frustración se mezclan en los recuerdos de los catalanes que vivieron aquel referéndum como uno de los días más intensos, para bien o para mal, o para los dos lados, de sus vidas.

Bàrbara De León Kunst, 23 años, diseñadora. “Tenía urnas en casa y hablábamos de ellas en clave: Las llamábamos café y a la papeleta, cápsula” 

CORTESÍA DE BÀRBARA DE LEÓN
Bàrbara de León posa con una de las urnas del 1-O

Bárbara de León Kunst fue de las que, con 19 años, estuvo en primera línea para ayudar a montar el referéndum, aunque hoy vive algo desencantada del independentismo y prefiere centrarse en las luchas sociales que en la independencia.

“Para mí el 1 de octubre empezó dos semanas antes. Mi hermano me dijo que guardaríamos las urnas en casa y nos pusimos nerviosos porque vimos por la televisión que era inconstitucional. Decidimos que sí que lo haríamos pero escondidos. Una persona llegó de madrugada y aparcó delante de casa, nos dejó siete o nueve urnas sin casi decirnos hola ni adiós. Parecía un intercambio de droga”, recuerda.

En los días posteriores, en Martorell, ciudad donde residía, se vivió una acalorada discusión porque el alcalde, Xavier Fonollosa, propuso votar con urnas municipales mientras que los jóvenes CDR y de la izquierda independentistas querían votar con las urnas que había guardadas en las casas. “La discusión, para mí, fue un preludio de lo que acabaría pasando después en el independentismo, la distancia entre los partidos y las calles”, resume Bàrbara. Al final, se impusieron las urnas del uno de octubre a las de los municipios.

“El día fue mágico y angustiante”, dice Bàrbara sobre el 1 de octubre. “Todo tipo de gente yendo a votar y todos con la cara de pánico porque ponías la radio y escuchabas sobre las cargas de la Guardia Civil, aunque no llegó a Martorell”, explica.

Bàrbara recuerda problemas con las bases de datos, que se caían de la red cada dos por tres. “Como votación no la vi válida, porque no se cumplieron las condiciones para hacerla. Era más bien una forma de demostrar que si queremos podemos tirar adelante un proyecto político, una demostración de intenciones”, dice con sentido crítico Bàrbara, que con la declaración unilateral ya vio “que esto no iba a ningún sitio”.

“Recuerdo unas imágenes del Parlament en las que se veía a políticos de Esquerra y Junts con cara de miedo y a la CUP entusiasta. No puedes vender una idea y que después cuando se consolide no tengas un plan detrás”, critica.

“Hace falta más educación política para salir a la calle a mejorar las cosas, pero se pueden mejorar sin llegar a la independencia y a día de hoy me preocupan más las políticas sociales”, reflexiona Bàrbara, que no cree que cuatro años después el independentismo pueda recuperar la energía de 2017. 

Stephen Burgen, corresponsal de The Guardian: “Tuve miedo y casi me hago independentista” 

CORTESÍA DE STEPHEN BURGEN
Stephen Burgen, corresponsal de 'The Guardian'

“Fue un día muy raro. Al principio estaba todo muy tranquilo. Vivo delante de la escuela Casp, había urnas allí y muy poca actividad, poca gente y poca cola. Y estaba lloviendo. Los catalanes no salen a la calle bajo la lluvia”, cuenta el periodista freelance canadiense Stephen Burgen, de 69 años, afincado en Barcelona desde hace 20.

Se coordinó con Sam Jones, corresponsal en Madrid, que fue a la escuela Ramon Llull, donde había mucha actividad. “Los Mossos no hicieron nada, estaban delante de los colegios con la gente votando, y todo el ambiente cambió cuando empezaron a correr los vídeos con la violencia de la policía. Yo estaba asustado, no soy independentista y casi me hago independentista en aquel momento”, narra el periodista, que percibió como de repente todas las colas crecieron.

La sensación de que una parte importante de la sociedad, muchos de ellos no independentistas, se abalanzó a votar a raíz de las cargas policiales es compartida por la mayoría de los catalanes que vivieron el 1 de octubre. “Después de comer, un amigo de mi hijo de 18 años que venía de la escuela Ramon Llull vino a casa muy asustado, porque vio las cargas, y lo entrevisté”, cuenta Stephen, que fue buscando el ambiente en la ciudad pero no llegó a coincidir con las cargas policiales.

“Para mí fue una estupidez por parte de la policía o del gobierno español, que dejó hacer hasta el final y luego cargó”, reflexiona Burgen, que esperaba algo parecido al referéndum de 2014, cuando se dejó votar sin reconocer los resultados. “O no sé exactamente…Rajoy había avisado de que habría represalias, por otra parte, pero la gente sin ningún tipo de defensa y la policía cargando violentamente con todo su equipamiento, fue muy duro”. Dos años después, las penas a los presos políticos le parecieron “muy desproporcionadas” y aunque estas percepciones son compartidas por la mayoría de periodistas internacionales con quienes comparte grupo de Whatsapp, también coinciden en que hay “mucha exageración de la opresión, esa comparación con los negros de Estados Unidos y hasta con Anna Frank…hay mucha fantasía”.

Como periodista, cuenta Burgen, “el procés ya no interesa mucho porque vamos en círculos y a nadie le interesan las historias en círculos”, así que no publica demasiadas historias sobre el independentismo. La detención de Puigdemont en Cerdeña, la semana pasada, recuperó la atención internacional, pero su liberación enseguida calmó los ánimos.  

Lydia Santín, 74 años, jubilada: “De las lágrimas de emoción a las de rabia por las cargas policiales”

CORTESÍA DE LYDIA SANTÍN
Lydia Santín votando el 1-O

Para Lydia el uno de octubre fue uno de los días más importantes de su vida. Las lágrimas de la emoción se convirtieron en llanto de rabia en cuanto la policía empezó a cargar. “Cuando vi que asaltaban el colegio donde iba a votar Puigdemont se me encogió el estómago, tenía miedo”, explica esta barcelonesa que votó en el barrio de Canyellas, adonde se acababa de mudar, en el colegio Tomás Moro.

“Era un colegio muy grande y no hubo problemas para votar. En nuestro colegio no hubo cargas, pero empezó a venir mucha gente de otros sitios a raíz de las cargas y después mucha policía. La gente levantaba las manos y gritaba: “Fera, fuera, fuera”.

“Algunas urnas se las llevó la policía y otras las escondieron y no las pudieron encontrar”, recuerda Lydia, que cree que el uno de octubre es ya la verdadera Diada de Catalunya, aunque esta se celebra históricamente el 11 de septiembre. “Es muy vergonzoso cómo acabó todo, con tantos años de cárcel para los Jordis por subirse en un coche y gente impune por delitos mucho más graves”, se lamenta Lydia, que dice que tal vez el independentismo “pecó de inocente yendo con un lirio en la mano (frase hecha catalana que define la ingenuidad)”.

“No sé si se conseguirá la independencia, pero esta mesa de diálogo mientras se sigue juzgando a manifestantes no me acaba de convencer”, resume Lydia, para la cual el uno de octubre fue “una mezcla entre la alegría por votar, la rabia por las cargas y la incertidumbre sobre lo que iba a pasar”. 

Marc Guallar, 26 años, consejero municipal del barrio de Horta del PSC: “Un amigo independentista me dijo que no podían frenar al presidente” 

CORTESÍA DE MARC GUALLAR
Marc Guallar

El joven Marc Guallar, que estudió formación profesional de administrativo, estaba en el paro el 1 de octubre de 2017. Pero no pagó su frustración laboral haciéndose independentista. “Conmigo lo han hecho mal, no me ha entrado el mantra. Entré a las Juventudes Socialistas con 16 años y nunca me he saltado las normas”, explica. El uno de octubre lo vivió con “una mezcla de tristeza y rabia”. Tampoco le gustó que “la gente de Rajoy enviara a la policía” porque “nunca se tendría que haber llegado hasta aquí”. Pero Marc no fue a votar, no salió de su casa aquel 1 de octubre y se quedó “enganchado a la televisión”.

Más que miedo sentía “inquietud”, aunque parte de su familia más conservadora sí que sufrió pensando que le podría pasar algo por estar en política y en un partido opositor al procés. No fue así y, de hecho, Marc tiene amigos independentistas. “Uno de ellos, de un partido, me dijo que no eran capaces de frenar al presidente”, cuenta, en relación a los días previos a la declaración de independencia.

“Era un referéndum ilegal, de espaldas a la ley, no me sentí llamado a votar ni a defender nada, se lo montaron todo los independentistas. Se tendría que haber dialogado más”, asegura, convencido de que un gobierno socialista hubiera gestionado mejor el conflicto en aquel momento. “Este conflicto empezó ya hace muchos años. Cuando yo tenía 16, ya me llamaban facha por afiliarme a las Joventuts Socialistas”, recuerda. Marc, hoy secretario de acción metropolitana de las juventudes y consejero municipal del barrio de Horta, cree que “los jóvenes hubieran gestionado el conflicto de otra manera” y que “hubo demasiada testosterona” por las dos partes.

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