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14/07/2019 09:35 CEST | Actualizado 14/07/2019 09:35 CEST

El cuento del futbolista que no fue a la Almudena

A ver si aprenden del fútbol femenino y de sus futbolistas.

Pier Marco Tacca via Getty Images
Megan Rapinoe, en primer plano, en el encuentro entre las selecciones femeninas de España y EE UU. 

 “Los valores morales se pierden sepultados por los económicos.” (Aranguren)

He sido futbolero toda mi vida y he jugado al fútbol (sala) hasta que hace un par de años las botas decidieron colgarme antes de que lo hicieran mis propios compañeros, por paquete. Cuando vuelva a ponérmelas será para jugar con veteranos flácidos como yo y con casados aburridos y renegados de las medias maratones; siempre con la excusa de terminar tomando cervezas, claro.

Desde que vestí mi primera equipación de fútbol para dar patadas en los parques y descampados empedrados, una del Real Madrid con el 7 de Butragueño a la espalda, y desde que completé mi primera colección de cromos, la del Mundial de México´86, el de Butragueño también, he visto y he jugado cientos de partidos. Me he indignado, me he emocionado, me he decepcionado, he celebrado, me he cabreado y hasta me he lesionado, tanto en el campo como en el bar, con b. He visto y sigo viendo jugar a cientos de futbolistas, muchos malos, muchos buenos y muchos increíbles. Pero lo que muy rara vez he visto, por no decir jamás, ha sido un futbolista que destacara más allá de lo futbolístico; ninguno que se saltara el discurso programado que repite como una máquina expendedora desde que es un crío, ninguno que burlara las normas que le han sido impuestas para lanzar un mensaje, ninguno que utilizara su situación y visibilidad para decir algo interesante, de impacto y con más contenido que sus bailes y sus músculos en estúpidos vídeos para redes sociales. Son ovejas que no abandonan el corral si no es para hacerse otro tatuaje.

Pero, gracias a Dios, o a quién sea, apareció el fútbol femenino, del cual no he sabido nada hasta el pasado Mundial de Francia, quizás por la buena cobertura mediática que recibió. Y aunque aún no puedo recitar de memoria la alineación de ningún equipo, ya voy conociendo jugadoras y, de todas, mi favorita es Megan Rapinoe, capitana de la selección de Estados Unidos, campeona del mundo por dos veces, mejor jugadora de la final del Mundial, Bota de Oro y mejor futbolista de todo el torneo.

Rapinoe es “una protesta andante” como ella misma se ha calificado, una mujer que no se muerde la lengua y que, desde su homosexualidad y popularidad, lucha por los derechos de las mujeres y alza la voz en contra de la desigualdad. Es por ello por lo que mantiene una guerra dialéctica abierta e institucional con Donald Trump, al que ha dedicado en entrevistas y publicaciones varias, obviedades tales como que es una “mala persona” además de un ser “misógino”, “sexista”, “racista”, “corto de miras” o “mezquino”. La última, su negativa a visitar la, cito, “puta Casa Blanca” para ser honrada por un indecente.

Me fascina que no haya uno solo que demuestre tener ideales y valores propios y que los aprecie y respete. A ver si aprenden del fútbol femenino y de sus futbolistas.

Volviendo a los futbolistas XY, y me ceñiré a los que juegan en equipos españoles, aún no he visto a uno solo que se declaré en rebeldía -  bien por su ideología, bien como protesta, bien porque le dé la gana - y se niegue a formar parte de los circos triunfalistas a los que son expuestos como mascotas por sus equipos cuando consiguen un título. No hablo de los desfiles urbanos a bordo de autobuses descapotables y canticos “oé, oé” y “unga, unga” con los que deleitan a sus seguidores, paganismo festivo entendible; hablo de los actos políticos en los que son recibidos y sermoneados en ayuntamientos y generalitats por los políticos de turno, sean estos la Manuela Carmena, el Artur Mas, la Cifuentes, el Ximo Puig, el Torra o la Mónica Oltra de turno. Y, por supuesto, hablo de los grotescos actos litúrgicos de ofrecer títulos y victorias por medio de preces a la patrona de la ciudad correspondiente, sea esta la Virgen de la Almudena, la Virgen de los Desamparados, la Mare de Déu de la Mercè o la del cordero, agradeciendo intercesiones divinas y ruegos escuchados y atendidos, obispos y cardenales mediante.

Como si yo tuviera que dar las gracias a San Nicolás por haberme permitido terminar mis estudios, todo porque mi abuela le chantajeaba haciendo la Caminata de los tres lunes y encendiendo cirios para que yo aprobara la carrera. 

Me fascina que no haya un solo futbolista que abra su armario político, religioso o sexual, abandone el rebaño, salga del redil, se plante y dé a conocer sus tendencias y sus impresiones y use su enorme influencia de manera reivindicativa o útil, no para que muchos niños se peinen como idiotas y escupan cada dos pasos. Me fascina que no haya uno solo que se niegue a ser recibido por el corrupto que corresponda, que le niegue la mano al deshonesto, que se niegue a entrar en la Catedral de la Almudena y que haga el contra-paripé ofreciéndole su medalla a Isis desde el Templo de Debod o a la tetera orbitante de Russell desde el Parque de las Siete Tetas, por poner unos ejemplos. Me fascina que no haya uno solo que demuestre tener ideales y valores propios y que los aprecie y respete. 

A ver si aprenden del fútbol femenino y de sus futbolistas.

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