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04/06/2021 07:15 CEST | Actualizado 04/06/2021 07:15 CEST

El derecho a rompernos y ser frágiles

Quitarnos la careta de la felicidad constante y mostrar que somos humanos y vulnerables.

Alejandro Román Crespo
Máscaras.

Lo que hasta hace no mucho se hacía completamente ajeno y pasaba desapercibido, hoy está más presente que nunca: la fragilidad de las personas.

Vivimos tiempos jodidos, perdonadme la expresión, pero creo que no exagero cuando los datos muestran que más de dos millones de españoles toman antidepresivos a diario —lo que en términos relativos equivale a más del  5% de la población—; hay un total de 10 suicidios por día; una de cada 10 personas mayores de 15 años ha sido diagnosticada con problemas de salud mental; o como un 42% de los españoles sufren problemas de insomnio.

Las cifras son alarmantes, ponen de manifiesto un problema que crece exponencialmente, y que agravado por los efectos y consecuencias de la pandemia, será uno de los problemas más graves de los próximos años.

Recuerdo como al principio de todo esto se planteó un dilema, ¿saldremos de esta mejores o peores? Optimista a más no poder yo siempre respondía: “¡mejores, mejores, siempre mejores!”. No os mentiré, ahora en ocasiones me cuesta verlo.

Nos hemos vuelto más egoístas, más individualistas, los ricos ahora son más ricos y los pobres son más pobres. El odio se ha abierto paso en nuestra sociedad con pies de gigante, hay países enteros ardiendo ante la opresión de sus gobernantes mientras en otros mueren decenas de miles de personas por no poder acceder a una vacuna. Hemos pasado del colectivismo al individualismo, de vivir en sociedad a vivir aislados en nosotros mismos, y es ahí, en ese preciso momento, cuando te das cuenta de lo frágil y vulnerable que eres.

Nos hemos convertido en arquitectos de nuestra propia cárcel: mostrar continuamente que somos felices aun cuando no es así

Es cierto que la deriva social tampoco ayuda, nos hemos convertido en arquitectos y fabricantes de nuestra propia cárcel: mostrar continuamente que somos felices aun cuando no es así; disfrazarnos con americana y zapatos caros para acabar trabajando 12 horas diarias por mil euros al mes no te hace más libre, sigues siendo obrero —ahora de cuello blanco—, pero estás feliz y el sistema ha triunfado alineando sus intereses con los tuyos, ahora, la precariedad laboral no es una lucha, es un premio.

Nos enorgullecemos de tener poco tiempo para nosotros y para el resto, de comer mal y a deshoras, dormir poco, ser el que más factura, el más adinerado de los amigos, tener un buen coche o una hipoteca a 40 años; consumir muchos bienes y servicios, también personas, no hay tiempo para sentir amor. ¿Qué clase de distopía es esta? Creo que ese ha sido siempre el problema: pensar que todo esto nos daba la felicidad.

Debemos quitarnos la careta y mostrar lo que realmente somos. Las redes sociales han sido nuestro peor enemigo al respecto. Obsesionados con el aquí y ahora, con el instante: compartir y fingir. En ocasiones un extraño habita dentro de nosotros mismos, nos cuesta reconocer quién aparentamos ser; que nuestra vida está llena de momentos excepcionales, únicos e irrepetibles; que todo está bien y no tenemos fallos, baches o crisis emocionales. Menuda paradoja, porque sin lugar a dudas se repite más esto último que lo primero.

Lejos de los clásicos dogmas, está bien estar mal, repito: está bien estar mal, aceptar que la vida pega fuerte en determinadas ocasiones, interiorizarlo y trabajar por salir de ahí, pero nunca huir o esconder lo que sentimos porque no sea lo socialmente esperado. Cuanta belleza encuentro en admitir algo tan sencillo, en los puntos y seguidos de las grandes historias.

Otra forma de compartir la vida es posible, solo tenemos que aprender a normalizar lo que de por sí es normal, colectivizar los momentos malos como hacemos con los buenos: “chicos, chicas, hoy necesito un abrazo, no ha sido una buena semana”, “te acabo de conocer pero no estoy en mi mejor momento, por favor tenlo en cuenta”, “creo que necesito ayuda”, “no puedo seguir este ritmo, no duermo, me cuesta levantarme y poner buena cara, voy a tomarme las cosas con más calma”. ¿Quién es ajeno a esto? Todos lo pensamos, raro es quien lo dice.

Cuando en medio del ruido observas qué está pasando te das cuenta de que es un fenómeno común: la sociedad no puede más. Estamos cansados, deprimidos, cuesta ver la luz al final del túnel. Los cimientos siempre fueron débiles, solo ha tenido que venir una pandemia a zarandearlo todo para que nos diésemos cuenta de que bajo la tirita hay herida.

La problemática es de tal magnitud que ya no valen parches ni soluciones descafeinadas. Para combatir el virus: la vacuna. Y para curar los trastornos mentales: un sistema de salud mental fuerte, público y con músculo.

Imaginad por un momento que una persona en medio de la playa comienza a ahogarse. Ante la necesidad de socorro un profesional saldrá en su ayuda y tratará de sacarla de ahí, le habrá salvado la vida. Ahora imaginad que mientras esa persona se ahoga, el hecho de que alguien salga en su ayuda dependiese de su capacidad adquisitiva para sufragar el rescate, habría quien pudiese pagarlo y quien no, algunos se salvarían, otros se ahogarían. Eso mismo está pasando en el campo de la salud mental, está el que se lo puede pagar y el que no, el que se salva y el que poco a poco —gritando y sin ayuda alguna— se ahoga.

Para terminar se me viene a la cabeza una corta pero potente reflexión de Iñigo Errejón: “Quizás lo más revolucionario que puedan hacer nuestras generaciones sea la pausa, y ante un ¿qué tal? poder decir: normal”

Por ello, reivindico el derecho a ser frágiles y a rompernos cuando haga falta y las veces que hagan falta, que nadie te diga lo contrario. Pasar de la sociedad salvaje a la sociedad de los cuidados.