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20/12/2019 06:27 CET | Actualizado 20/12/2019 06:27 CET

El relato más antiguo

Me admira que encontremos aún restos del pasado cuando tan dados somos a destruir todo lo que sale a la luz a nuestro paso.

Eye Ubiquitous via Getty Images
Cueva de las manos, en Argentina. 

A veces encuentro noticias que despiertan en mí un entusiasmo tan difícil de contener como de explicar. 

La última ha sido la del hallazgo en una cueva de Borneo de una escena de caza a la que los investigadores calculan una antigüedad de cuarenta mil años, convirtiéndose en la ilustración más antigua dibujada por un ser humano de la que tenemos noticia.

Decía Picasso que, desde Altamira, el arte no era más que decadencia. Pues, por lo visto, comenzamos a decaer mucho antes. La pugna entre la cueva española y la francesa de Lascaux por ser declarada la abuela del arte acaba de perder su sentido.

Según el arqueólogo australiano Adam Brumm, uno de los descubridores de la cueva, este es el arte figurativo más antiguo que existe y pensamos que además es el ejemplo más antiguo de obra narrativa y tal vez de espiritualidad. Yo, que admiro del arte figurativo el denodado esfuerzo de observar, mucho más agotador y creador que el de imaginar, me he sentido, al leer esa frase, hermano de aquellos cazadores que, en medio de la incertidumbre, insistían en dejar constancia de sus hazañas, quien  sabe si para reclamar prosperidad futura o tan sólo para entretener la última luz de la tarde y la primera de la mañana.

En la cueva de Tito Bustillo, en Asturias y muy cerca de donde Nacho Manzano logra la croqueta perfecta, los guías, magníficamente preparados y amenos por naturaleza, enseñan las impresiones de manos en las paredes y explican que, en opinión de quienes estudian estas cosas, tales huellas intentaban conectar con el más allá, ese extraño lugar perdido entre la piedra de la montaña que ya deseaban nuestros ancestros.

En la cueva de Prádena, en Segovia y a medio camino entre la falda de la montaña y la llanura interminable, se multiplican los dibujos lineales, las urdimbres y las espirales. No alcanzo a comprender el sentido de tales trazos, pero entiendo que para quienes los hicieron tenían una importancia primordial, por la que fueron capaces de arrostrar el frío, la oscuridad y la cercanía de los muertos a quienes enterraban al pie de sus dibujos.

Convivimos en un suspiro del tiempo y mantenemos vigentes las mismas preguntas, las mismas certezas, los mismos anhelos.

Me admira que encontremos aún restos del pasado cuando tan dados somos a destruir todo lo que sale a la luz a nuestro paso. Y no me refiero tan sólo a las excavadoras y a la codicia inmobiliaria. 

Recuerdo como mis paisanos mataban el largo rato que las cabras de su rebaño dedicaban a ramonear, rayando con las navajas los dibujos que encontraban en las oquedades de la Sierra de la Mora, de cuya antigüedad daban fe las dichos y coplas que circulaban por mi pueblo.

Y me viene a la cabeza la historia que me contó un antiguo colaborador, hombre dado a la filología, el cual, viajando por una carretera comarcal mediados los años sesenta, encontró en medio de la nada un bar donde aliviarse y pasó al excusado. Su sorpresa vino al descubrir que las labores del papel higiénico las hacían un montón de hojas colgadas de una cuerda que, a simple vista, dató como del siglo XVI. 

Sacrificó un par de tales tesoros a la higiene corporal, preguntó al ventero de dónde las había sacado, y éste le llevó a un cuarto en que los incunables se amontonaban contra el muro de adobe, miserables y casi desintegrados.

El dinero que llevaba en la cartera le bastó para convencer al perplejo posadero de que le vendiera aquellos pliegos. Puede que hoy siga clasificándolos.

Me pregunto cuántas maravillas nos deparan aún las cuevas recónditas, los sótanos olvidados, las almonedas sin inventariar.

Y cuántas mantienen escondidas sus dueños, que no las declaran por miedo al zarpazo que la dirección general de turno les pueda lanzar. Mejor mantener el secreto y darles salida en el mercado semiclandestino de las antigüedades.

Pienso que ninguno de estos descubrimientos es anecdótica. Que los trazos de hollín, tuétano y sangre que aquellos cazadores atemorizados dejaron en los muros tienen la misma importancia que las pinceladas de Velázquez o las palabras incandescentes de Calderón.

Me admira que encontremos aún restos del pasado cuando tan dados somos a destruir todo lo que sale a la luz a nuestro paso.

Porque, como especie, nuestro pasado es nuestro presente. Convivimos en un suspiro del tiempo y mantenemos vigentes las mismas preguntas, las mismas certezas, los mismos anhelos.

Cada vez que pensemos que el arte, la literatura o la música son superfluos, debemos acordarnos de tan antiguos compañeros de peripecias, de cómo gastaban sus pocas fuerzas y enfrentaban demasiados peligros para dejar constancia de lo que vivía fuera de su refugio. No niego que hubiera en sus dibujos un motivo mágico o religioso, pero creo que la mera contemplación de tales escenas, con lo que tenían de recuerdo y de anticipación, bastaba para justificar el trabajo.

Con la palabra llegaron los mitos, las narraciones repetidas junto al fuego y los primeros cantos.

Y es que, a mi parecer, cultura no es sino vivir reviviendo.

 

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