INTERNACIONAL
05/02/2020 09:15 CET | Actualizado 05/02/2020 09:15 CET

El Senado de EEUU salvará hoy a Trump dando carpetazo al 'impeachment'

La mayoría republicana impedirá que los cargos de abuso de poder y obstrucción al Congreso lleguen a ningún lado

Los números, esos tiranos, no dejan lugar a dudas: Donald Trump se irá esta noche de rositas tras el juicio político más soso y breve que se recuerda contra un presidente de los Estados Unidos. Salvo milagro o locura transitoria de algunos senadores republicanos, el magnate podrá seguir siendo el inquilino de la Casa Blanca, porque los demócratas no lograrán una mayoría suficiente que lo eche del cargo, que confirme que cometió los delitos de obstrucción al Congreso y abuso de poder.

Hacen falta dos tercios de la Cámara Alta para ello, cuando los republicanos tienen 53 asientos, los demócratas 47 y no se esperan trasvases de votos de una bancada a la otra. El trago pasará y Trump podrá seguir pilotando el país a su manera y presentarse a la reelección en los comicios del próximo 3 de noviembre. 

Cuando se realice la votación, a las cuatro de la tarde hora de Washington (seis horas más en la España peninsular), quedará acabado un proceso que nació con el fracaso -para los anti Trump- marcado en la frente. El Senado ha ido revisando la documentación aportada por el Congreso, donde inicialmente se llevó a cabo la investigación, más profunda y valiente por cuanto son los demócratas los que mandan en esa Cámara, pero no ha añadido ningún dato concluyente que ayude a condenar al presidente.

No ha testificado nadie más, gracias el veto republicano, ni se han admitido nuevas pruebas de que Trump presionó a Ucrania para sacar munición contra Joe Biden, exvicepresidente con Barack Obama y hoy precandidato del Partido Demócrata a la presidencia de EEUU. Un tira y afloja de dos semanas entre quienes creen que el actual mandatario no puede permanecer ni un minuto más en el cargo y los que dicen que no ha hecho nada y, si lo ha hecho, en fin, no es para tanto. 

Anoche, en el debate del Estado de la Unión, Trump fue listo y no concedió atención al proceso. Fue a lo suyo. Su economía (al alza), su inmigración (mano dura), su supuesta mediación en conflictos (Israel-Palestina), sus demonios (Venezuela, Irán)... Hizo caso a sus compañeros que le pedían prudencia, porque calentar los ánimos a horas de una votación trascendental podía ser, pese a todo, un riesgo. 

Lo que se juzga

Según el informe final de la comisión de Inteligencia de la Cámara de Representantes, “el presidente Trump puso en peligro la seguridad nacional por motivos que le beneficiaban políticamente”. Concluye que no tuvo reparos en acudir a otro país para buscar porquería contra su adversario, por más que lo vistiese como una consulta para combatir la “corrupción”.

De hecho, Trump “retuvo ayudas militares y apoyo diplomático cruciales para un gobierno extranjero que es un aliado estratégico y se halla inmerso en un conflicto armado instigado de forma ilegal por Rusia”, ayudas ya aprobadas por el Congreso y con las que el presidente jugó a presionar a Kiev. “Al dirigir esta campaña para beneficiarse políticamente, el presidente Trump renunció a implementar, promover o avanzar políticas contra la corrupción en EEUU”, sostiene el documento. 

Todo ello se resumía, finalmente, en dos delitos: abuso de poder, al solicitar la ayuda de Ucrania para investigar a su rival político, y obstrucción del Congreso, por tratar de impedir que el escándalo se aclarase por derecho.

Las pruebas

No ha habido nada nuevo sobre lo ya cosechado. Los republicanos, bloqueando con su mayoría, han vetado la solicitud de toda documentación o testigos oficiales nuevos. Eso quiere decir que se han escuchado o leído los mismos argumentos que ya salieron del Congreso.

Gracias a la denuncia de un funcionario de los servicios de Inteligencia que aún no ha sido identificado, se supo de una llamada telefónica que tuvo lugar entre los dos presidentes, el norteamericano y el ucraniano, Volodymyr Zelensky, el pasado 25 de julio. Una transcripción de esta conversación apunta a que el republicano presionó claramente a su homólogo para investigar las acusaciones contra los Biden, el padre, Joe, y el hijo, Hunter. Llamada que, justo, se produjo después de que se congelara la entrega de un montante de ayuda militar ya acordada para Kiev. O sea, presión con amenazas y represalias. 

Esta llamada, de la que hay registros y hasta Trump ha reconocido quitándole hierro, fue la que destapó la caja de los truenos. Cuando los demócratas lograron llevar el caso al Congreso, esas presiones se vieron corroboradas por varios testigos, que añadieron algunos detalles más: la exembajadora en Kiev, Marie Yovanovitch, habló de la “intimidación” causada por esos contactos; el embajador de Estados Unidos ante la Unión Europea, Gordon Sondland, constató que hubo un quid pro quo con Ucrania, ayudas militares a cambio de información del enemigo; y el diplomático Bill Taylor denunció el canal “altamente irregular” que Trump formalizó para tener hilo directo con la presidencia de Ucrania y poder exigirle cosas, porque “el mayor interés del presidente” era sacar petróleo contra Biden.

Como no se podían aportar nuevos papeles, los demócratas quisieron ahora citar a otros testigos, dos especialmente: el exasesor de Seguridad Nacional, John Bolton, y Mick Mulvaney, jefe de gabinete en la Casa Blanca. Ha sido imposible, los republicanos no lo han permitido.

Las novedades de Bolton

Y eso que, en mitad del impeachment, se han conocido novedades que evidenciaban la necesidad de que Bolton declare, por lo que sabe. Según el adelanto de un libro del exasesor publicado por The New York Times, Bolton confirma el intento de chantaje a Ucrania. Trump le dijo el pasado agosto que quería que se congelara la entrega de 391 millones de dólares en ayudas militares al país europeo, hasta lograr que abriese unas investigaciones sin base contra los demócratas.

Aún existe la posibilidad de que las Cámaras norteamericanas citen a Bolton cuando el libro se publique efectivamente y se pueda ver el contenido sobre ese episodio, pero entonces ya sería en un proceso aparte del juicio político, que puede ser escandaloso pero no conllevar obligatoriamente la marcha de un presidente. A Trump, lo ha dicho en público, no le preocupa. 

Las escasas dudas republicanas

Durante estas dos semanas la esperanza demócrata estaba en que algún senador republicano, enfadado con su líder, decidiese romper el voto unitario de su bloque y alinearse con su denuncia. Varios nombres han ido surgiendo como posibles traidores al magnate, pero el más destacado ha sido el del senador Lamar Alexander, muy molesto con el comportamiento de Trump. 

Tras muchas especulaciones sobre el sentido de su voto, todo fue nada: Alexander reculó el pasado viernes, cuando podía apoyar una extensión del proceso con la entrada de nuevos testigos. “No hay necesidad de más evidencia para demostrar que el presidente le pidió a Ucrania que investigue a Joe Biden y su hijo Hunter”, reconoció, pero añadió de seguido: “La pregunta no es si el presidente lo hizo, sino si el Senado de los Estados Unidos o el pueblo estadounidense deberían decidir qué hacer con respecto a lo que hizo (...) Y lo que hizo está muy lejos de la traición, el soborno, los altos delitos y los delitos menores”, concluyó.

Abrió la puerta, al menos, a que otros colegas expresasen su malestar por la presión de Trump a Ucrania. La senadora Joni Ernst defendió que Trump le pidiera que investigara a Biden, pero entiende que “tal vez” lo hizo “de manera incorrecta”. “En términos generales, perseguir la corrupción sería lo correcto, pero tal vez lo hizo de manera incorrecta”, dijo, casi calcado, el también republicano Jake Tapper. “Pero creo que podría haberlo hecho a través de diferentes canales. Ahora este es el argumento… de que probablemente debería haber ido al (Departamento de Justicia), debería haber trabajado a través de las entidades, pero eligió una ruta diferente”, señaló. 

Durante meses, los republicanos generalmente se han abstenido de criticar las acciones de Trump que involucran a Ucrania y apenas han surgido voces discordantes, como las de los también senadores Mitt Romney (declarado enemigo del multimillonario) y Susan Collins, que sí votaron con los demócratas para que se escuchara a más testigos en la sala. Nada que desequilibre los bandos. Apenas un temblor en las filas prietas. 

Las conclusiones finales

La acusación y la defensa del juicio político presentaron en la noche del lunes sus argumentos finales, diametralmente opuestos. El congresista Hakeem Jeffries, uno de los siete demócratas designados por la Cámara de Representantes para ejercer la acusación contra Trump, ha pedido a los senadores que hagan “lo correcto” en la votación, porque hay “una montaña de evidencias”, dice. 

“El presidente Trump trató de hacer trampa. Lo atraparon. Y luego trabajó duro para encubrirlo”, ha señalado. “El presidente Trump abusó corruptamente de su poder. Obstruyó una investigación de destitución requerida por el Congreso y la Constitución. Solicitó la interferencia extranjera en unas elecciones estadounidenses y destrozó el tejido mismo de nuestra democracia”, insistió. 

“Un presidente que puede obstruir y frustrar el poder de un juicio político se convierte en no responsable”, ha continuado. ”Él o ella está efectivamente por encima de la ley. Y es más probable que un presidente así se involucre en la corrupción con impunidad. Esto se convertirá en la nueva normalidad, con este presidente y para las generaciones futuras”, avisó.

Los demócratas lanzan frases contundentes al aire, pero tienen poco más: dicen que “nadie está por encima de la ley”, que “es insolente que diga que no tiene remordimientos”, que sigue siendo “un peligro para la seguridad nacional y la diplomacia”... “Tenemos que plantar cara a su tiranía”, concluyó el congresista.

La presidenta del Congreso, la demócrata Nancy Pelosi, en una intervención que sonaba a derrota, tuvo que asumir que tendrán que ser las urnas las que expulsen a Trump en noviembre. “Antes o después, debe rendir cuentas”, ha manifestado. 

Por su parte, el aquilatado equipo legal que defiende a Trump urgió a los senadores a rechazar los cargos contra el presidente, argumentando que la absolución es “la única conclusión”. “Creemos que la única conclusión basada en la evidencia y en los artículos del juicio político y la Constitución es que debéis votar para absolver al presidente”, remarcó uno de los abogados de la Casa Blanca, Pat Cipollone.

La línea de defensa sigue igual: los letrados entienden que no es un juicio justificado, sino “un esfuerzo por anular los resultados de unas elecciones y tratar de interferir” en la próxima cita electoral.

El efecto

Lo que queda por ver ahora es el efecto que este proceso, el desgaste de estar varios días en la diana por un comportamiento, como mínimo, poco edificante, tiene en la ciudadanía y en las intenciones de voto, a sólo unos meses de los comicios. De ahí que la gente de Trump buscase un proceso raudo y sin bombas informativas nuevas. Lo han logrado. 

Según una encuesta de la CNN, el juicio político no ha generado gran interés entre la gente, aunque más de dos terceras partes de las personas consultadas por ese canal de televisión opinó que, al menos, sí deberían aceptarse la comparecencia de nuevos testigos, pero ni en eso han cedido los republicanos, los que dicen y repiten que no hay “nada que ocultar”. 

Trump está tranquilo. Inicio el impeachmentvisitando el Foro de Davos y, ya en casa, se ha dedicado a comentar en Twitter con sorna cada jornada del juicio. Pertrechado en su tesis de la “caza de brujas”, ha escrito con mayúsculas (gritos), con alusiones bíblicas y, sobre todo, con un enorme desprecio. Aún sigue preguntándose qué está mal en llamar a otro presidente, presionarlo y tratarlo como a un pelele. Si vence la votación, no parece que vaya a aprender la lección... 

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