BLOGS
02/04/2020 09:54 CEST | Actualizado 02/04/2020 10:59 CEST

Enseñanzas y consecuencias del coronavirus

Espero que los ciudadanos sepamos premiar a quien se comporte como corresponde, aunque no es algo que hayamos hecho habitualmente.

Getty Images

España se encuentra inmersa en una crisis sanitaria sin precedentes. El coronavirus nos está golpeando con una virulencia desconocida para todos nosotros. La cifra de contagiados y fallecidos se multiplica día a día y todo parece indicar que ambas cifras seguirán creciendo fuertemente durante los próximos días (aunque, por lo que se empieza a observar, puede que de manera cada vez más contenida y quizás lleguemos al pico el 4 o el 5 de abril). A la negligencia inicial y a la tardanza en tomar las medidas apropiadas por parte del Gobierno de España (y no solo por parte del Gobierno de España), se ha sumado la descoordinación autonómica, sin contar la deslealtad habitual de los nacionalistas, con los que no se puede contar ni en las duras ni en las maduras. Todo esto conviene recordarlo, aunque creo que es mejor posponer la petición de responsabilidades cuando este drama haya acabado. Ahora toca arrimar el hombro para derrotar al virus. Además, cada uno de nosotros deberá hacer autocrítica y pensar si hicimos todo lo que debíamos desde el primer momento, o por qué no nos valen las recomendaciones sino las prohibiciones. O, puestos a imaginar, qué habríamos dicho si se hubiera declarado el estado de alarma cuando debió haberse declarado, es decir, cuando los contagiados eran unos pocos y todavía no había fallecido nadie. Quizás habríamos puesto el grito en el cielo. 

A pesar de que España dispone de un sistema sanitario del que siempre nos hemos sentido orgullosos, hemos descubierto que era, como todo, mejorable. Y que es esencial cuidarlo y fortalecerlo permanentemente, tanto al sistema en su conjunto como, en concreto, al personal sanitario, auténticos héroes de esta pelea contra la pandemia. Ellos son, hasta ahora, casi el 15% de los afectados. Puede que sea normal que en una pandemia de estas características haya momentos en que los hospitales se colapsen, puesto que están diseñados para actuar en situaciones de normalidad sanitaria; lo que sí es exigible son políticos y profesionales que sean capaces de tomar las decisiones apropiadas para solucionar estas cuestiones de la manera más rápida posible, cosa que a todas luces no está ocurriendo. Y son exigibles políticas no solo de fortalecimiento del Estado del bienestar y del gasto social sino de inversión y apoyo a la ciencia y a la investigación. El sectarismo político español tampoco ayuda. En fin, miles de personas morirán como consecuencia de la pandemia en España y en todo el mundo, el 90% mayores de 70 años, los más duramente afectados por el virus. Y no es descartable que existan, posteriormente, nuevos brotes, como ha ocurrido en otras situaciones semejantes. Por lo que no podremos bajar la guardia ni siquiera cuando parezca que hemos doblegado al virus. Y no podremos ir a ciertos lugares hasta pasados muchos meses. 

Consecuencia de esta pandemia, nos vemos abocados a una enorme crisis económica, consecuencia del parón de la actividad económica y de la indispensable puesta a disposición de dinero público a cargo del Estado para paliar la situación en la que se van a encontrar millones de personas. Durante seis días de esta crisis se han producido tantos ERTE (Expedientes de Regulación de Empleo) como en los últimos seis años. Hay quien venía pidiendo un confinamiento más estricto y exigente, de modo que todos los trabajadores que no lleven a cabo actividades económicas esenciales trabajen desde casa… cosa que acaba de decretar Pedro Sánchez, en un nuevo cambio de criterio; esto, seguramente, ayudará a parar la pandemia más rápidamente y a proteger mejor la salud de más personas. Yo era partidario de priorizar la protección de la salud aunque se ralentizara todavía más la actividad económica, pero ya sabemos que una mayor ralentización económica provoca a continuación consecuencias económicas todavía más dramáticas… y estas tendrán después incidencia directa en la salud y en la vida de las personas. En todo caso, parece un acierto haber endurecido el confinamiento… aunque habría sido aconsejado haberlo hecho antes, como cada una de las medidas que ha ido tomando el Gobierno de España. Sea como fuere, es una suerte ser ciudadano de un Estado que, con todos sus errores y con todas sus limitaciones, nos protege como miembros de pleno derecho de la comunidad política, en lugar de arrojarnos al precipicio del “sálvese quien pueda”, teoría que no oigo mucho reivindicar en estos tiempos de zozobra. 

Espero que los ciudadanos sepamos premiar a quien se comporte como corresponde, aunque no es algo que hayamos hecho habitualmente.

Además de la crisis sanitaria que superaremos y de la crisis económica en la que nos adentramos, temo además la crisis política que nos espera una vez las aguas sanitarias vayan calmándose. Quizás sea porque, además de tener que enfrentar un escenario político complicado, desconfío de nuestra clase política. Empezando por esto último, es poco probable que, una vez avistada la salida de este túnel, mantengan todos ellos la responsabilidad política con la que, en general, la mayoría de ellos se están comportando ahora, aunque quizás decir esto sea decir demasiado. Más bien puede ocurrir lo contrario. Que, además de la crítica o la petición de responsabilidades más que necesarias, el escenario político se convierta (nuevamente) en un campo de batalla del tipo donde no hay espacio para los argumentos constructivos. Ya me los estoy imaginando. El habitual todos contra todos y todo por un puñado de votos, obviando el interés general y el sentido de Estado. Y los nacionalistas, al quite, prestos para pescar en río revuelto y seguir dando pasos hacia la independencia o hacia lo que más les interese en cada momento. De momento, Gideon Rachman, jefe de política internacional del Financial Times y uno de los analistas de geopolítica más influyentes del mundo, ya ha avisado de que “el coronavirus podría radicalizar más a España”. Yo espero que los ciudadanos sepamos premiar a quien se comporte como corresponde, aunque no es algo que hayamos hecho habitualmente. 

La crisis del coronavirus ya está azotando las aguas internacionales. De momento está sirviendo para confirmar lo que ya sabíamos: que el populismo y la demagogia no resuelve nada sino todo lo contrario. Y que Donald Trump (EEUU), Boris  Johnson (Gran Bretaña), López Obrador (México) y Jair Bolsonario (Brasil) son auténticos peligros públicos (por no decir otra cosa), cuya pasividad inicial ante la pandemia y su flagrante incompetencia pueden provocar una catástrofe humanitaria. Algunos ya están rectificando, el problema es que, en estos casos, actuar con diligencia y premura es fundamental, y ninguno lo ha hecho. Desgraciadamente, tampoco la mayoría de los gobiernos. Y tampoco el nuestro.  

En todo caso, el propio panorama internacional podría dar un vuelco, o no, en función de las cosas que pasen. China y EEUU se juegan el liderazgo mundial. China está en auge y Occidente en caída libre. La Unión Europea ha mostrado todas sus carencias, incapaz de impulsar una política de solidaridad con sus miembros más necesitados (aunque tampoco España está para dar lecciones). Por su parte, Putin siempre se ha aprovechado de la debilidad de Europa y de sus crisis para hacer alguna de las suyas (Georgia en 2008 y Crimea en 2014). Quizás se produzca un retraimiento de los Estados nación, o se opte por el cierre de fronteras, o se vuelva a la tribu, o crezca aún más el euroescepticismo… o se fortalezcan los movimientos nacionalistas. Da la sensación de que nada volverá a ser como antes. Tampoco nosotros, ciudadanos individuales. 

Mientras tanto, toca reconocer errores, pedir responsabilidades políticas cuando toque y aprender de la experiencia. Y de los países que han resuelto mejor la crisis, no tanto China como Taiwan, Corea del Sur, Japón o Singapur. Su éxito se ha basado en tomar las medidas apropiadas en el momento preciso, sin esperar coyunturas políticas determinadas. La eficiencia de estos gobiernos se trasladó a una ciudadanía responsable y comprometida. Institucionalidad, colaboración público-privada, conciencia ciudadana, transparencia. Claro que sin transparencia gubernamental es difícil que se produzca el máximo compromiso ciudadano. Y resultan obvias las ventajas del espíritu colectivo sobre el individualismo en tiempos de catástrofe. Y que la experiencia lo cura todo. Esperemos que así sea para próximas pandemias que vengan.    

Quizás algunas profesiones o trabajos que no nos parecían tan importantes sepamos valorarlos ahora.

Mientras tanto, los ciudadanos vivimos confinados en nuestros domicilios, sin apenas poder salir, salvo en los casos excepcionales permitidos por el Gobierno de España. Este acaba de decretar un confinamiento más estricto, al objeto de parar la extensión del virus. Lo peor no es no salir del domicilio sino las razones por las cuales no podemos abandonarlo: fuera hay un peligro cierto que nos provoca desazón, zozobra y miedo. Mal que bien, podemos permanecer largas horas sin salir llevando a cabo diferentes actividades: trabajar los que puedan hacerlo, leer, escribir, escuchar música, ver cine o series, cocinar e incluso hacer deporte. Y, por supuesto, atender a nuestros hijos, de modo que puedan llevar a cabo las tareas educativas requeridas por sus centros escolares y otras distintas, de esas que habitualmente no desarrollan tanto, por falta de tiempo o por cierta pereza, procurando además que esta experiencia les sirva para lo que tengan que enfrentar a lo largo de su vida, cuando termine esta pesadilla. En todo caso, pienso que esta situación provocará nuevos miedos y fobias, consecuencias psicológicas y psiquiátricas que habrá que atender debidamente. 

Quiero pensar que todos saldremos más fuertes. Por lo que observo, los niños se adaptan incluso mejor que nosotros. No olvidemos que la capacidad de adaptación del ser humano es enorme y la de los más pequeños todavía es más grande; de hecho, es precisamente esa capacidad la que nos ha permitido llegar vivos al siglo XXI. Mientras tanto, toca disfrutar del tiempo del que disponemos. Y de las actividades que ahora sí hemos podido por fin practicar, sean estas del tipo que sean. Quizás todo ello nos sirva para valorar lo bien que estamos cuando estamos bien, o que no estamos tan mal por el simple hecho de que, durante un tiempo, no podamos salir de casa. El drama no es no salir de casa sino no salir vivo de este trance. Y han muerto demasiados, incluidas miles de personas mayores, esas que tanto hicieron por nosotros. Mi recuerdo para los que han muerto por esta pandemia, en situaciones dolorosísimas para sus familiares y amigos. 

Quizás algunas profesiones o trabajos que no nos parecían tan importantes sepamos valorarlos ahora. Como todo aquello que hoy echamos de menos: desde la cerveza en la terraza del bar hasta un paseo por la playa, pasando por los besos y los abrazos más necesarios. Quizás incluso agradezcamos las plazas abarrotadas, de esas de las que algunos huimos habitualmente. En todo caso, es probable que nada vuelva a ser como antes. Ni siquiera nosotros. Quizás, a la vuelta de todo esto, seamos todos un poco mejores. 

 

NUEVOS TIEMPOS