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22/03/2020 10:13 CET | Actualizado 22/03/2020 10:13 CET

Filosofar en tiempos de pandemia

¿Y si hubieran sido los niños y los jóvenes los más afectados?

francescoch via Getty Images

Día 1

Einhausen. Cuando quedamos expuestos a lo desconocido, el miedo y el pánico suelen ser las aldeas más cercanas en donde buscamos refugio. Refugio frente aquello que nos amenaza, pero que no podemos controlar: dónde, cuándo, cómo, quién nos contagiará. Aterradora incertidumbre. Frente a esto, el autoexilio es una obligación. En Über die Verborgenheit der Gesundheit, cuenta Gadamer que sich-Einhausen, refugiarse en casa, era una de las palabras favoritas de Hegel, no solo porque constituía una de las características fundamentales del ser humano, sino también de la filosofía. Sich-Einhausen «estar en casa para librarse del miedo, buscar refugio contra las amenazas en lo familiar, en lo que siempre está a la mano, en lo que se conoce».

Día 2

Orgullo herido. El Covid-19 nos ha recordado la fragilidad de nuestra existencia, también la vulnerabilidad de nuestro sistema social y económico. Solipsismo de unos, desunión de otros. En este siglo, donde las luces del progreso resplandecen con el tacto, nuestra fragilidad es una herida para el orgullo de la razón. No ha sido el pathos del mosquito universal lo que nos ha enviado a casa, sino algo más diminuto, un virus. Entre el exagerado optimismo por la razón y el pesimismo de quienes proponen el olvido de la razón, después de veinticinco siglos, todavía nos queda el termino medio. El islote aristotélico.

Día 3

El barniz de la civilización. El orgullo y el conocimiento se han convertido en la niebla que ha cegado nuestros ojos e infectado a los demás sentidos, eso nos recuerda Nietzsche en Sobre la verdad y la mentira. Seducidos y engañados construimos un altar para nosotros mismos bajo el firmamento. Si pudiéramos comunicarnos con un mosquito, dice Nietzsche, sabríamos que él también se considera el centro del universo. Un titilante «punto azul pálido» demandando atención. Vanidosa angustia. Para conocer nuestra condición humana es preciso saber el lugar que ocupamos en la naturaleza, porque cuando se quita el barniz de la civilización solo queda el hombre, desnudo y frágil. 

Día 4

La fractura de la convivencia. La vida se renueva en dos tiempos: en el calor del hogar, la fortaleza de lo privado, y en el calor del pasillo, la fortaleza de lo comunitario. Hay una responsabilidad manifiesta que nos vincula a todos. Una red que ha sido sacudida por discursos altaneros que nos ha llevado gradualmente a des-interesarnos por el otro. ¿Quién es el vecino con el que vivimos? Poco importa en la época del olvido del otro y del exceso de individualismo. Hay que restaurar la fracturada convivencia. El individuo aislado agoniza, pero no seremos nosotros quienes terminaremos de matarlo. He aquí la esperanza social straussiana: «Si el individuo ya no está solo en el grupo y cada sociedad ya no está sola entre las cosas, entonces el hombre no está solo en el universo».

Día 5

Responsabilidad inevitable. La responsabilidad comunitaria no es una opción, no podemos atrofiar nuestra herencia humanista por los prejuicios que hemos construido sobre los demás. De repente nos damos cuenta que los otros existen, como si hubieran estado muertos ahora reviven, y se convierten en protagonistas de nuestra existencia. Ya no vivimos en la era la responsabilidad anónima, sino en la responsabilidad inevitable. La solidaridad, frente a lo desconocido, es una ventaja para tumbar el mantente-a-salvo-del-otro. ¿Salvación? La que dice Grossman: «Esto es lo que salva el mundo: la bondad cotidiana de las personas; la bondad en las acciones de unos hacia otros» por pequeñas que parezcan, frente a la monstruosidad de un sistema perverso no podrán vencerla. 

Día 6

Vejez. Los viejos no están solos. La estigmatización del envejecimiento como algo desechable ha salido a brote con el virus. En tiempos en que la brevedad desprecia con tenacidad la lentitud y cautela que llega con la vejez, los viejos son un estorbo: lentos, encorvados y ociosos. En una sociedad, dice Bobbio en De Senectude, «donde todo se compra y se vende, también la vejez puede convertirse en una mercancía» que, cuando ya no da réditos, se convierte en un fastidioso gasto que el estado debe asumir en tiempos de pandemia. ¡Qué cinismo más brutal! ¿Y si hubieran sido los niños y los jóvenes los más afectados? 

Día 7

Restitutio. El nihilismo y el pesimismo son contagiosos, también el optimismo. Todo exceso es peligroso. Pero, cuando se haya inventariado los excesos humanos nadie podrá detener nuestra decadencia. Nadie que no sea él mismo. El hombre es el salvador del hombre. Nada hay más allá de la historia.

Día 8

Minotauro. «El mundo comenzó sin el hombre y terminará sin él» dice Lévi-Strauss. «La historia no comenzó con el hombre y no terminará con él», dice E. Wilson. ¡Qué coincidencia! ¿Para qué necesitamos el hilo de Ariadna si tenemos wifi?

Día 9

Filosofar. Una vida no examinada, dice Sócrates en la Apología, no vale la pena vivirla. Filosofar es una ventaja porque nos lleva a reflexionar constantemente sobre la forma en que estamos viviendo y cómo deberíamos hacerlo. Porque podemos remediar nuestros errores. Enmendar nuestro rumbo. La filosofía es el hábitat de nuestra experiencia reflexiva, es el ecosistema más adecuado para inmunizarnos contra los excesos de la razón. Hay que persistir en filosofar, como aconseja Epicuro a Meneceo, que «nadie por ser joven deje de filosofar, ni por ser viejo se hastíe de filosofar, porque para la salud del alma nadie es joven y viejo.» Es urgente repensar el modo de vida en el que actualmente vivimos. Hay que enfrentarse a un sistema que no se detiene frente a la existencia de nadie, como dice Harari: «En la actualidad, cuando la gente se entera de alguna epidemia nueva, coge el teléfono y llama a su corredor de Bolsa. Para la Bolsa de Valores, incluso una epidemia es una oportunidad de negocio».

Día 10

Pesimismo activo. Cuenta Voltaire que Cándido «aterrado, desesperado y ensangrentado, se decía: Si éste es el mejor de los mundos posibles, ¿cómo serán los otros?» Cándido descubre por sí mismo, luego de los mil infortunios que se da contra la realidad, que el mundo no coincide con el optimismo de Pangloss. ¿Cómo puede ser el mejor de los mundos posibles con toda la miseria y la maldad que ha vivido Cándido? Es cierto, ni es el mejor de los mundos posibles ni todo va lo mejor posible, pero hay que hacer algo. Un llamado a la acción. Como Cándido: “Debemos cultivar nuestro huerto”. Aquí y ahora no hay espacio para los profetas de la desmedida euforia ni para los del colosal fatalismo. Frente al impasible-optimista, el pesimista-activo.  

 

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