Cada vez que una postura se reduce a una fobia no se está argumentando contra ella.
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No es verdad que Vladimir Putin haya acumulado tropas en la frontera ruso-ucraniana con el fin de preparar una invasión del país que evite la adhesión de éste a la OTAN. Lo que verdaderamente ocurre es que Putin es ucraniófobo, es una persona que odia y no ama, y por eso quiere negar a los ucranianos su derecho a existir. Tampoco es cierto lo que se dice de Biden: su respuesta a la crisis internacional más importante de los últimos tiempos, su envío de contingentes militares a los países aliados cercanos al punto de conflicto, no obedece a intereses de alta estrategia internacional. Biden, y con él todos los dirigentes internacionales que le apoyan, son rusófobos. Es la vieja rusofobia interiorizada lo que explica buena parte del conflicto que tiene al mundo en vilo.

Las autoridades sanitarias están enfocando mal el problema de los antivacunas. No son antivacunas, son vacunófobos. No es que estén en contra de algo en el ejercicio de su razón o de su sinrazón, es que lo odian. Por eso no se vacunan, por el odio. Djokovic no sólo es vacunófobo, sino que también es opendeaustraliófobo. Y las llamadas de los dirigentes internacionales a la vacunación y el seguimiento de las medidas sanitarias no es el resultado de lo que poco a poco la ciencia va conociendo sobre el virus, sino de su negacionismofobia. La ministra de Sanidad odia a las personas negacionistas y quiere negarles su derecho a existir. Si amaran en vez de odiar… Por cierto, basta ya de tanta borisjohnsonfobia —es que se me había quedado un poco corto este párrafo y aproveché para meter esto de Johnson—.

El inicio de la campaña de las elecciones autonómicas en Castilla y León este fin de semana nos ha traído una avalancha de discursos de odio. Bovinofobia, españavaciadafobia, macrogranjafobia, sanchezfobia, libertadfobia, nuevecircunscripcioneselectoralesfobia, quioskofobia, ruralfobia, pensionesfobia, mañuecofobia. Basta ya de creer que aquí se están enfrentando programas electorales, modelos de desarrollo económico o alternativas ideológicas. Aquí lo que se enfrenta, como siempre ha sido, es el amor contra el odio. Durante las próximas dos semanas vamos a asistir a mítines, debates, visitas de los líderes nacionales. Todo son excusas para disimular la vacafobia, la despoblaciónfobia o la descentralizacióndelaadministracionfobia que hay de fondo.

Han convertido el debate democrático en el debate de La isla de las tentaciones. Han arruinado toda posibilidad de construcción común sobre la base de la racionalidad y la objetividad que nos une. Han reducido todo a filias y fobias, y ni se les pasa por la cabeza que no seamos completamente idiotas, que podamos ir un poco más allá de nuestras reacciones emocionales básicas y actuemos como perros de Pavlov. Cada vez que una postura se reduce a una fobia no se está argumentando contra ella, sino intentando desautorizar emocionalmente al rival y expulsarlo del debate. Han ido colando la trampa, viendo cómo todo el mundo huye ante la posibilidad de ser acusado de padecer una fobia. He ahí la única fobia real que está extendida en la sociedad actual: la fobofobia.