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31/03/2020 10:51 CEST | Actualizado 31/03/2020 11:15 CEST

Había una vez...

Denis Doyle via Getty Images

“Los únicos bienes intangibles son los que acumulamos en el cerebro y en el corazón; cuando ellos faltan ningún tesoro los sustituye.

(José Ingenieros)

 

Resulta curioso cómo nuestro paternal Gobierno, y no me entiendan mal, que me refiero a este porque es el que toca ahora aunque quiero decir cualquier gobierno, el que sea, diferentes osos buscando la misma miel, ese que nunca estuvo, nunca está ni se le espera porque se fue a por tabaco, ha aparecido esta vez para pedirnos, luego casi rogarnos y, por último, obligarnos a quedarnos en casa. Y nosotros, la masa normal, dignos por no rebajarnos a hacer política ni a delinquir con corbata y que nos mantenemos sin pervertir o apestar y sufrimos carestías y problemas, como sabemos más de sentido común, de coherencia y de filantropía que ellos, nos quedamos en casa. Y aquí, en Lavapiés, el barrio en el que habito y que tiene la solidaridad como su arché, ejem, con más motivo si cabe, que para eso somos de izquierdas.

Sin embargo, qué paradoja, muchos de los que ahora se quedan en casa, cuando se supere la situación actual, se tendrán que ir de ella, invitados de aquella manera a largarse donde puedan, pues estos payasos tienen ya el traje descolorido y hay que dar paso a los nuevos payasos, los de vivos colores. Vienen de la mano de grandes circos como Muflina Investments S.L., pantalla del fondo buitre de inversión estadounidense Ares Magement, empresa, una de tantas, que lava con Micolor y especula con impunidad. Estos han decidido acampar y montar sus carpas en el centro de manera unilateral comprando edificios y locales al por mayor sin dar ni tener que dar explicaciones y sin negociaciones previas. En los nuevos circos exigen unos números tan complicados que los acróbatas se pierden en sus propias piruetas, los funámbulos no pueden guardar el equilibrio sobre cuerdas, no flojas sino aflojadas, los contorsionistas ya no tienen cabida en ninguna urna por más que se doblen o partan el lomo, a los malabaristas les lanzan tantas pelotas que se les caen, los tragasables no pueden abrir la boca porque nadie les escucha y los tragafuegos arden por dentro, el mimo ya no puede estirar más el hilo invisible a riesgo de quedarse desnudo, al hombre bala le han puesto tanta pólvora en el cañón que ya no podrá volver y al forzudo Sansón le han cortado el pelo en una barbería hípster mientras los filisteos toman un brunch por diez Euros y Dalila se compra ropa en Kling. Todos los actores son ahora escapistas forzados. Así, sólo quedan zanqueros, con zeta o con be, que miran desde arriba como la pista se descompone, y ventrílocuos tan malos que hacen bueno a José Luis Moreno. Son los abogados de los verdaderos protagonistas, las bestias hambrientas y salvajes tigres que actúan en connivencia con su domador, quien desde el Congreso azota el suelo con látigos de papel moneda, abre las puertas de sus jaulas y les pone aros de enormes diámetros para que puedan saltar a través sin mayor dificultad.

Los payasos ya no llevan zapatones y se han desvirtuado hasta los andares. Lejos quedaron esos tiempos en los que sabías quién llegaba a casa oyendo tan solo un caminar, viéndolo, reconociendo una silueta a lo lejos o prestando atención al sonido de un manojo de llaves. Ahora, el taca-taca de las maletas suena siempre igual, el calzado para las paseatas por Madrid es cómodo e insonoro y las siluetas temporales miran siempre hacia abajo, al móvil, y hacia arriba, a las placas de calle y a los números de los portales.

Lejos quedaron esos tiempos en los que sabías quién llegaba a casa oyendo tan solo un caminar; ahora, el taca-taca de las maletas suena siempre igual.

Mesié Loyal, casero ambicioso pero payaso al fin y al cabo, se ha vendido. Ya no presenta el espectáculo sino que señala la puerta de salida al payaso triste de maquillaje corrido por lágrimas que ahora sí son de verdad. No puede permanecer en su tráiler de treinta metros cuadrados  por setecientos euros al mes, cobrando novecientos. Mesié puede sacar al mismo tráiler, dos mil quinientos euros al mes alquilándoselo a payasos augustos.

Es el precio de lo mal llamado gentrificación pues nada de lo que llega es “gentry” ni se acerca a la nobleza en ninguno de sus sentidos; más bien son parásitos oportunistas que se introducen en la burbuja de jabón y se dejan llevar, que, mientras alguien sople, la pompa seguirá subiendo. Da igual. Para cuando ésta explote y caigan, con suerte tendrán unos cuantos ahorros rápidos a costa de un barriocidio

Pero Lavapiés mola. Según la revista Time Out, una revista cool, Lavapiés es el barrio más cool del mundo. Las casas de comida dan paso a los bistrós, las cafeterías a cafés, las magdalenas a los muffins, los bocatas a las hamburguesas de TGB, los almuerzos a los brunch, las cervezas a las lager, los pisos a los Airbnb, los hostales a los hostels y los de siempre, a los nuevos. Y éstos no le dedican ni el tiempo suficiente ni el corazón a preservar una esencia que el dinero ni tiene ni da y que ha sido construida a fuego lento por los verdaderos inquilinos, por Petra y su hija del Museo de la Radio, por el Baobab, por Bodegas Lo Máximo, por el FM, por Paco, por el Mercado de San Fernando…

Por tantos y tantos payasos que siempre han vivido rozando el fracaso pero que nunca han querido formar parte de él.