INTERNACIONAL
09/03/2021 16:23 CET | Actualizado 09/03/2021 19:07 CET

Isabel II, la intocable

En su polémica entrevista, Harry y Meghan salvaron de la quema a la monarca del Reino Unido, que sigue ganando en popularidad y ni se plantea abdicar.

ADRIAN DENNIS / POOL / AFP a través de Getty Images
Isabel II, en una visita a una depuradora de agua en Norfolk, el 5 de febrero de 2020.

La prensa de Reino Unido ya no sabe qué metáfora usar para explicar lo que la polémica entrevista a los duques de Sussex ha supuesto para la Casa Real patria: “una puñalada en el corazón de la monarquía”, “un disparo casi mortal”, “un bombardero B-52 soltando su arsenal sobre Buckingham”, “una carga de proyectiles como para hundir una flotilla”, “una agresión para la que no hay cota de malla o chaleco antibalas que resista”... Todo muy bélico. Todo muy verdad. Y, sin embargo, en mitad de la onda expansiva de este escándalo que zarandea a la institución y deja en shock a quienes la componen, una figura sale indemne de entre los escombros: la de la reina Isabel II.

El príncipe Harry y su esposa, Meghan Markle, se cuidaron mucho de no citarla expresamente para mal en ningún momento. El dibujo general de “comportamientos personales y negligencias colectivas”, como dice la BBC, obviamente salpica a la capitana del barco, pero aún así se salva. Para ella sólo hubo buenas palabras. “Siempre fue estupenda conmigo (...), es fácil y adorable”, afirmó la duquesa. El duque confirmó que con su abuela tiene una “muy buena” relación, que hablan con frecuencia y que “entiende” lo que está sucediendo con la pareja.

La pregunta sería, entonces, por qué no ha mediado en favor de su nieto, como ha hecho en otras ocasiones, para proteger por ejemplo a su hijo Andrés, pero ese es un tema tan peliagudo que ni los guionistas de The Crown podrían aún ponerlo en claro.

Este martes, el Buckingham Palace ha emitido un comunicado en el que muestran los “preocupantes” problemas revelados por Harry y Meghan. Además, han señalado que la familia abordará estas declaraciones en privado. 

 

Lo que es indudable es que Isabel es amada y temida, en su casa y por su pueblo, y ni siquiera esta nueva crisis, de las incontables a las que ha tenido que hacer frente en su reinado viejo de casi 70 años, la va a tumbar. Según el instituto demoscópico YouGov, su popularidad supera hoy el 70%, pero ha llegado a alcanzar cotas del 83% en lo peor de la pandemia de coronavirus y en el primer año de aplicación del Brexit. Apenas un 12% de los ciudadanos la desaprueba. 

Tras una convulsa etapa -cuando hasta ella misma reconoció en 1992 aquello del annus horribilis- cuajada de divorcios, escándalos y hasta incendios, después de un tiempo en el que se hablaba de que había perdido el hilo con sus súbditos mientras otras se convertían en “princesas del pueblo”, Isabel II remontó y hoy es indiscutible. Un 55% de los sondeados señala que la reina y el modelo monárquico con buenos para el país, frente a un 27% que opina lo contrario. 

Trabajadora, profesional y símbolo de unión

Las respuestas a las encuestas evidencian de dónde viene ese aprecio: los ciudadanos creen que se ha convertido en el “centro de unidad del país”, en una tierra diversa y hasta con tensiones separatistas, y es “la mejor representante de Reino Unido ante el mundo”. La monarca más fotografiada de la historia, la incansable viajera que vio cómo se redimensionaba su imperio y optó por ser avanzadilla diplomática en un mundo globalizado. 

Lo que le aplaude la opinión pública es su capacidad de trabajo y su profesionalidad. “El deber, siempre por encima”, le decía su padre, el rey Jorge VI, y a rajatabla lo cumple. Da cuenta de ello su agenda, por ejemplo: 295 compromisos públicos en el último año de la vieja normalidad (2019) y 133 en el pasado año pandémico. Más que sus hijos y nietos juntos. Cada día, dedica a los documentos de su famosa caja roja, que tanto protagonismo tiene en la serie de Peter Morgan, al menos tres horas. Sus discursos para levantar a la nación en tiempos sombríos y hasta para animar a la vacunación han batido récords de audiencia. 

A todos lados asiste con los pies firmemente plantados en la Historia y siendo “un ejemplo de protocolo, ejemplaridad y trabajo bien hecho, cordial con un toque distante que no hace sino acrecentar su aura”, la describía el Times en noviembre, con motivo del 73º aniversario de su boda con Felipe de Edimburgo. Es popular por patearse de la ciudad al campo, por la agudeza de sus observaciones y su discreción, dicen sus asesores. Los analistas menos cariñosos defienden que es buenísima en “no hacer nada” y que eso, a la larga, le funciona. 

Chris Radburn / REUTERS
La entonces Familia Real británica, celebrando el centenario de la Royal Air Force en Buckingham, en 2018.

Ni abdicación ni república

Claro que hay quejas sobre los gastos de su institución, claro que hay revelaciones sobre cómo ha intentado (y logrado) redactar leyes en su favor, pero no hacen mella en exceso. Hay cierto debate social sobre la necesidad de ir a una república, pero nada serio, no pasa del 10% de la población. Algunas tribunas, un poco de cansancio en la calle, pero también ella se salva de esa quema.

En el plano institucional, es un melón que no se abre. Imposible en Reino Unido un debate como el que el vicepresidente del Gobierno español, Pablo Iglesias, plantea sobre la República a pocos minutos de que hable en el Congreso Felipe VI. Cuando algún laborista ha enseñado un poco la patita, como pasó con Jeremy Corbyn y su negativa a poner la rodilla en tierra ante la reina, rápidamente se le ha echado tierra encima. No pasó del gesto. 

¿Y la posibilidad de una abdicación, está sobre la mesa tras tantas décadas de reinado? No. Profundamente religiosa, Isabel encuentra ahí parte de la fortaleza que necesita en los malos tiempos, convencida como está de que no es reina sino por designación divina. Por tanto, irse es romper ese mandato supremo. No le va mal con esa estampa fuertemente espiritual, siendo como es la cabeza nominal de la Iglesia anglicana. Incluso en un país de descreídos -sólo el 27% declara que cree en algún dios-, esa faceta le añade entereza y valía.

Rozan el 60% los que le piden que no abdique bajo ninguna circunstancia, según la encuesta de YouGov. Y en el caso de que diera el paso, un 41% de los ciudadanos de Reino Unido preferiría que fuera relevada por el príncipe Guillermo, su nieto, y no por el príncipe Carlos, su hijo. El 37% prefiere que la sucesión siga su curso natural. No parece que, en breve tiempo, la institución vaya a cambiar tanto como para que se ponga en peligro ni tan siquiera con un salto en la sucesión. Otra cosa es que la dinamiten ellos mismos; los ciudadanos no parecen tener prisa. 

La onda expansiva

La reina aún no ha valorado la entrevista con Oprah Winfrey y que ha generado “el mayor cisma en la monarquía desde Enrique VIII”, según el canal de televisión ITV. Dicen sus allegados que está preparando cuidadosamente un comunicado, aunque crecen las presiones para que sea claro y llegue cuanto antes. La prensa más amarilla ha filtrado que trató de parar la entrevista, pero lo único tangible que tenemos es que la contraprogramó con un discurso por el Día de la Commonwealth, que es lo último que aparece en sus redes sociales. 

Enfatizó la necesidad de “estar juntos” en estos malos tiempos, lució a su hijo, su nuera y sus nietos y familias respectivas (sin Harry ni Meghan ni Archie, evidente), y trató de mostrarse si no risueña (no va con ella), sí optimista. ”¿No pueden todos callarse y seguir con su trabajo diario?”, es la frase que un miembro de su equipo dijo anónimamente a The Sunday Times como resumen de cómo ha sentado la entrevista a la monarca. 

El primer ministro, el conservador Boris Johnson, salió al auxilio de la reina de inmediato, se negó a valorar el programa de televisión y dijo tiene “la mayor admiración” por la jefa de estado y el “papel unificador que juega” en el país. No habrá debate por ese flanco. 

Jonny Dymond, corresponsal de la cadena pública BBC para la Casa Real británica, ha escrito un análisis en el que, aunque insiste en que a la reina se la ha protegido con una vitrina, la institución que lidera sale tocada de este terremoto. “Toda la institución real fue retratada como si nada se hubiera aprendido de los días en los que la princesa Diana, madre de los príncipes William y Harry, estaba viva”, señala. 

Queda lanzada la acusación, abunda, de que la casa real es “incapaz de cambiar, amar y comprender”, ante algo tan esencial como la igualdad entre las razas o la necesidad de preservar la salud mental. Y el lamento de Harry de que ve a su padre y a su hermano “atrapados” en el modelo actual de institución, hasta generarle “compasión”, es una llamada a la modernización y la apertura que obliga también a la reina a pronunciarse. 

“No sé cómo ellos podrían superar que, después de todo este tiempo, simplemente nos quedemos callados si La firma [el término que se utiliza para referirse a la casa real británica, como si fuera una empresa] está jugando un rol activo para perpetuar mentiras sobre nosotros. Y si eso viene con el riesgo de perder cosas, hay mucho que ya se ha perdido”, lanzó Meghan días antes de la entrevista. 

Dicen en Reino Unido que todo puede fallar, menos Isabel II. Ahora está por ver si, tras décadas de gestión, también sabe abordar este nuevo reto y seguir saliendo a flote. 

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