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06/05/2021 08:08 CEST | Actualizado 07/05/2021 15:37 CEST

La balsa de la medusa, en Canarias

Solo me cabe esperar que se abra de una vez paso nuestra reclamación de vías humanitarias de entrada regular a la UE.

Juan Fernando López Aguilar
El naufragio de la Medusa.

Cuando la realidad se acelera y son muchos los asuntos de la actualidad política que se aglomeran en la bandeja de entrada de cada semana que arranca, en esta primera semana de mayo de 2021 no es fácil centrar la vista en aquéllos que mejor puedan ayudarnos a capturar el estado de cosas (state of the play) de la agenda política europea. Otras ocasiones habrá de comentar, como merecen, episodios y sucesos de política nacional (e incluso subestatal, como es claramente el caso de las elecciones autonómicas en la Comunidad de Madrid del pasado martes 4 de mayo) cuyo debate y resultados suscitan también reflexiones de alcance supranacional por su amplia resonancia en toda la UE.

Al lanzamiento de la Conferencia sobre el Futuro de Europa de la Comisión Von der Leyen —con retraso respecto de su calendario inicialmente anunciado, pero lanzamiento al fin—, coincidiendo por cierto con la celebración del Día de Europa que cada 9 de mayo conmemora la Declaración Schuman de 1950 (pistoletazo de salida de la integración europea), se superpone la reanimación del debate sobre los fondos europeos para la recuperación (NextGeneration EU) que, junto a la decisión sobre los recursos propios UE, se encontraban aún pendientes de una (pronta) decisión favorable del TCF alemán (en realidad, un auto sobre una medida cautelar de suspensión contra el recurso interpuesto en su contra, con pronunciamiento favorable a la viabilidad de los fondos adoptado por su Sala II, conocida en Alemania por su denominación de Segundo Senado). Un auto que, nada menos, viene a desbloquear la accesibilidad de las partidas financieras de ayudas directas y préstamos por parte de los Estados miembros de la UE —entre ellos España (140.000 millones euros)—  que las ansían como agua de mayo.

Pero si hay un asunto en que fijar la vista, sea éste uno cuyo dramatismo contrasta con su raquítica, dolorosamente escasa visibilidad mediática en los grandes noticiarios españoles y europeos, por su impacto casi nulo en los medios convencionales (primeras páginas, titulares, tertulias y comentarios) como si le hubiese revestido a lo imposible con una espesísima niebla de insensibilidad.

Y es que se trata, sin embargo, de una tragedia que expresa, como un triste epítome, la persistencia de todas las contradicciones de un mundo extremadamente desigual en que la pandemia de la covid no ha hecho sino recrudecer hasta la exasperación todas las injusticias derivadas de la desigualdad global de la humanidad en derechos y en oportunidades.

Hace apenas dos semanas, el 27 de abril, una patrulla rutinaria del SAR con base en Canarias detectó casi por casualidad, a unos 500 km al sur de la Isla del Hierro, un cayuco a la deriva con cerca de 20 cadáveres (llegaron a sumar 25) amontonados entre sus maderos. Casi indistinguibles de entre tantas personas fallecidas, apenas tres supervivientes agonizantes tras 21 días de extravío en medio de ninguna parte en una travesía imposible hacia la UE por la ruta atlántica a Canarias. Una ruta que es, de lejos, la más peligrosa —y por ende más mortífera— en coste de vidas humanas, con un balance de pérdidas de cuantificación imposible, y al que tan solo cabe acercarse siquiera por estimaciones y reportes de personas desaparecidas según sus lugares de origen en algún punto remoto de la geografía africana.

“¡Tan lejos de Dios, pero tan cerca de Canarias... y, por tanto, de la UE!”. Acaso cabría parafrasear así ese destino trágico de cuantos migrantes africanos pierden la vida en el intento de cambiar sus horizontes (y los de sus seres queridos y cuantos confían en ellos), usando para ello la cita del legendario presidente azteca Benito Juárez para referirse con ella a la malhadada proximidad de México con su gigante vecino, los Estados Unidos de América.

Todo en el horrendo destino de tantos seres humanos, indeciblemente desdichados —en su arrojo y su coraje de intentar cuanto estuvo en su mano para cambiar el rumbo de sus vidas—, parece condensarse en la estampa de ese cayuco a la deriva, divisado de soslayo a merced del oleaje lejos, muy lejos del Hierro, la más pequeña y occidental de las Islas Canarias que integran el mapa político de esta comunidad autónoma y región ultraperiférica de la UE (RUP), la única de entre las regiones de España mencionada por su nombre en el Derecho primario de la UE (art. 349 del TFUE según el Tratado de Lisboa).

Solo me cabe esperar que se abra de una vez paso nuestra reclamación de vías humanitarias de entrada regular a la UE

 

De la imperiosa reflexión que un drama tan conmovedor impone a la negociación del Nuevo Pacto Migratorio y de Asilo (New Migration & Asylum Pact) impulsado por la Comisión VDL y actualmente en tramitación en la Comisión de Libertades, Justicia e Interior (LIBE) del Parlamento Europeo (PE), y de cuyo reglamento de crisis tengo el honor de ser ponente, tiempo tendremos de ocuparnos. Y solo me cabe esperar que se abra de una vez paso nuestra reclamación, largamente sostenida, de vías humanitarias de entrada regular a la UE (incluidos los visados humanitarios que eximan a los más desesperados de arrojarse a las fauces de las mafias que trafican con personas desde el corazón de las tinieblas del continente africano), además de un Marco Europeo de Salvamento y Rescate y Desembarco Seguro, regido por los principios de solidaridad vinculante y responsabilidad compartida (art. 80 TFUE).

Pero, además de esto, hay algo aún más asfixiante en tan impactante episodio. ¡Porque estremece, en primer término, imaginar de lejos la angustia y los padecimientos de las personas embarcadas en esa barcaza, condenadas a la tortura de ver fallecer uno/a a uno/a los compañeros/as de infortunio, por deshidratación, hipotermia, hambre y sed, una vez que se agotaron las escasas reservas para unos contados días con las que los traficantes los lanzaron a la mar!

¡Y estremece, aún más, la escarnecedora indiferencia (a juzgar por la escasísima atención que mereció la revelación de su agonía) con que la opinión pública europea sobrevoló olímpicamente el heroico rescate ejecutado por apenas un puñado de profesionales del salvamento en alta mar! Removidos de los brazos de una muerte tan segura como inminente por dos héroes que —según su propio testimonio, abriéndose malamente paso entre travesaños— cargaron con los tres supervivientes a duras penas y pugnando por no tropezar, tenerse en no caer al mar en el intento de engancharlos al arnés que los llevase a la aeronave que les conduciría a la atención médica urgente de cuyo hilo pendía su fragilísima esperanza de supervivencia.

En 1819, un entonces joven pintor Théodore Géricault expuso en el Salón de París un cuadro llamado a hacer historia: El naufragio de la Medusa. En un lienzo portentoso, el artista impactó al  público con su representación de una tragedia que conmovió a Francia en 1816 (Restauración monárquica de Luis XVIII, tras el colapso de Napoleón y el Congreso de Viena) y con ella a Europa entera: el naufragio de un buque francés en ruta hacia Senegal en el que, tras un sálvese quien pueda, se abandonó a su suerte en una balsa de madera a un grupo trágico de supervivientes diezmados por mil sufrimientos hasta su inesperado rescate cuando descontaban su muerte.

En aquel momento un óleo monumental sacudió la conciencia de Europa sobre una crisis material y de valores muy profunda. Quizá un relato literario, una obra de arte inspirada como tantas otras en los rincones más oscuros de la condición humana, pudiera abismarnos de nuevo a esa comprensión que falta en no pocas latitudes de la opinión pública europea acerca de qué motivos y cuánta desesperación pueden compeler a tantos hombres y mujeres de toda edad y condición a arriesgar tanto y perder tanto, arrastrando incluso en ese sino a menores indefensos que no pudieron elegir.

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