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01/06/2021 07:13 CEST | Actualizado 01/06/2021 07:13 CEST

La crisis como protección de las mujeres

El confinamiento se han comportado como una máquina del tiempo que nos ha llevado 50 años atrás, para hacer de la situación un instrumento de control de las mujeres.

ArtistGNDphotography via Getty Images

El fracaso de una sociedad democrática y la evidencia de que el machismo está por encima de las instituciones, se demuestra al comprobar que el factor que se ha traducido en la mayor protección para las mujeres, y en el descenso más significativo del número de homicidios por violencia de género, ha sido la crisis social y económica generada por la pandemia.

La conclusión es clara, en tiempos de bienestar y normalidad las mujeres son asesinadas por los hombres con quienes comparten una relación de pareja, mientras que en épocas de crisis y precariedad las mujeres sobreviven bajo el control y el sometimiento de los hombres y su machismo.

El carácter estructural de la cultura androcéntrica se demuestra en la reacción contra el cambio del modelo establecido y sus protagonistas, es decir, contra el feminismo y las mujeres. El machismo quiere que todo sea como siempre ha sido, con los hombres como referencia, la masculinidad como inspiración y su cultura como normalidad, de ese modo no hay desigualdad ni injusticia porque todo encaja en la propia definición de la realidad desde esa normalidad machista.

El machismo quiere que todo sea como siempre ha sido, con los hombres como referencia

La pasividad institucional y la distancia social ante una violencia que maltrata a 600.000 mujeres y asesina a 60 de media cada año, refleja esa misma normalidad androcéntrica. Si se produjeran 60 homicidios cada año en cualquier otro grupo de población, por ejemplo, 60 joyeros, 60 taxistas, 60 o repartidores… habría una revolución social, que llevaría a que todos los días se plantearan iniciativas políticas para abordar esta situación. Pero el asesinato de 60 mujeres no produce esa reacción. Solo cuando los homicidios se concentran en un periodo de tiempo corto o se produce un asesinato de forma especialmente cruel, nos paramos a preguntar qué ha pasado, pero nunca nos preguntamos qué está pasando entre cada uno de los homicidios.

Y no es casualidad, mientras que los ejemplos de violencia que no se admitiría (joyeros, taxistas, repartidores...) forman parte de la violencia externa, es decir, de aquella que se produce contra el orden establecido y las normas de convivencia, la violencia de género es de carácter estructural y nace de la propia convivencia para mantener el orden impuesto por la cultura machista, tal y como lo interpreta cada maltratador. La violencia de género no se presenta como una amenaza para toda la sociedad, sino como una amenaza para las mujeres, y no para todas las mujeres, solo para las consideradas “malas mujeres” por no hacer lo que sus maridos y parejas les imponen.

La violencia de género no se presenta como una amenaza para toda la sociedad, sino como una amenaza para las mujeres

El ejemplo más cercano de esta construcción social y la demostración más clara y directa de que la violencia de género es diferente al resto de las violencias interpersonales, lo tenemos en lo ocurrido durante la pandemia. El confinamiento y la limitación de la movilidad se han comportado como una máquina del tiempo que nos ha llevado 50 años atrás, para hacer de la situación social un instrumento de control de las mujeres.

El control material que se ha vivido durante 2020, tanto por las restricciones de movilidad como por la falta de oportunidades para salir de la relación violenta, ha dado lugar al mayor descenso del número de homicidios de toda la serie histórica, con un total de 45. Y en el trimestre del confinamiento los homicidios machistas fueron cuatro, también el menor de todos los recogidos hasta ahora.

El final del estado de alarma, tal y como adelantamos en su día en el artículo Confinamiento y violencia, se ha traducido en una pérdida de la percepción del control mantenido por los agresores y en una percepción de liberación para las mujeres. Todo ello ha originado un aumento del riesgo de letalidad y un incremento de los homicidios. De hecho, si comparamos los homicidios ocurridos en los meses de marzo, abril y mayo en los tres últimos años, vemos que en 2019 supusieron el 52,2% de todos los homicidios cometidos hasta mayo; en 2020 representaron el 38%, y en 2021 suponen el 76,9 %. Es decir, este año se observa una tendencia creciente en el número de homicidios cometidos en los últimos meses, por encima, incluso, de la situación anterior a la pandemia, lo cual refleja ese aumento del riesgo que hemos comentado.

El otro factor que revela el cambio de las circunstancias que atrapan a las mujeres en la violencia de género es la situación económica y la disminución de oportunidades. El pasado año se produjo una concentración de homicidios en agosto bajo las dos mismas referencias: aumento de la movilidad tras el confinamiento y un descenso del paro femenino en el julio. Y este año la concentración de homicidios en mayo mantiene las mismas circunstancias, por un lado, la finalización del estado de alarma, y por otro, una disminución en el paro femenino de un 1’82% en los meses de marzo y abril.

El machismo quiere a las mujeres sometidas a su cultura, a su orden y a los hombres que velan por una y por otro. Intentar resolver la situación bajo la referencia del machismo y con los instrumentos establecidos por él, como si se tratara de una violencia más, como ocurre con la insistencia casi exclusiva en la denuncia, no resolverá nunca el problema. Todo lo contrario, facilitará, como ocurre ahora, que el 75% de la violencia de género en la pareja permanezca invisible. Pero invisibilidad no es igual a inexistencia.

La violencia de género está muy presente entre la invisibilidad, y cada día más de 1.600 mujeres la sufren y que caminan hacia los homicidios en los que nunca antes se supo que había violencia, que representan el 80% del total. Y esa misma invisibilidad también actúa como escenario idóneo para normalizar el aprendizaje de la violencia para los más de 11 millones de niños y niñas que viven bajo su normalidad (Macroencuesta 2019).

Lo escribí hace siete años, concretamente en un artículo titulado Ellas están cambiando, ellos no, y lo suscribo hoy: “El precio de la libertad de las mujeres no puede ser la muerte, ni el de la vida la sumisión”.

Este artículo se publicó originalmente en el blog del autor.

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