La familia y la mierda (a veces)

La familia y la mierda (a veces)

Deberíamos hacernos un replanteo sobre qué pensamos que es —y que debe ser— la familia, cuáles son sus límites, cómo entendemos los lazos que se dan en ella.

Una familia, jugando en su casaImgorthand via Getty Images

La familia se ha concebido de diferentes maneras a lo largo de la historia, del mismo modo que el tipo de relaciones afectivas que se debían tener o no tener dentro de la misma. En un tiempo, la familia estaba al servicio del patriarca, es decir, los hijos, la mujer, los esclavos y la hacienda formaban parte de ese constructo social denominado ‘familia’: todo al servicio de uno. Actualmente, hablar de familia es más complejo: los límites son más difusos, se podrían enumerar diferentes tipos e incluso intentar extraer una relación de dinámicas intrafamiliares más o menos tóxicas.

Independientemente de cómo entendamos eso de ‘familia’, es importante recordar una cosa: se puede disentir de esa estructura, de esa institución. Muchos de los conflictos que tiene el ser humano tienen su origen en la aparente imposibilidad de remover esos patrones, de deshacerse de esos nudos. Y uno de los grandes argumentos para sostener a toda costa la institución de la familia es el de la sangre: tengo que querer a mi padre, tengo que querer a mi madre, tengo que querer a mi hijo. Con el sufrimiento que esa obligatoriedad afectiva lleva en muchas ocasiones.

La realidad es bien distinta a todos esos mandatos presuntos: no estamos obligados a querer a nadie ni a mantener una relación en el tiempo con aquellas personas que nos humillan, nos insultan, nos desprecian, sean madres, padres, hijos, hermanos o tengan con nosotros cualquier otro tipo de parentesco. Los afectos son un proceso consciente y bidireccional, se den donde se den. No se trata de tirar la toalla ante la primera discusión que tengamos, ni tampoco se trata de pensar que la familia debe estar exenta de conflictos —esto sería problemático de por sí—; de lo que se trata es establecer límites.

La familia de nacimiento debe ser un lugar seguro y cuando esto no ocurre, lo más inteligente —también emocionalmente— es construir ese lugar seguro al margen de ataduras y convenciones sociales

Muchas veces en las familias no están del todo claros esos límites, o incluso se puede llegar a pensar que no existen y que todo vale. Y no, no todo vale. La familia no es un destino ni biológico ni siquiera social de inevitable escapatoria. La familia es —y debe ser— removible y dinámica: hay amigos que son familia y hay padres, madres e hijos que no lo son. Y no tienen por qué serlo. Liberarnos de las ataduras que nos obligan asentir afecto, que nos anclan a relaciones que nos intoxican, se vuelve algo urgente cuando la autoestima y la ansiedad entran en escena.

Lo más frecuente es que queramos a nuestros padres, madres e hijos. Pero la familia en la que naces no se elige, así que disentir de ella es, en muchos casos, un acto de madurez. Ligarnos a afectos y personas que no nos cuidan, que entienden el amor de una manera tóxica o que nos instrumentalizan, por muy ‘familia’ que sean, no hace otra cosa que empequeñecer nuestra propia vida y limitarla.

Muchas veces en las familias no están del todo claros esos límites, o incluso se puede llegar a pensar que no existen y que todo vale. Y no, no todo vale. La familia no es un destino ni biológico ni siquiera social de inevitable escapatoria

La familia que uno construye y elige —entre la que suelen estar también padres, madres e hijos— debe hacernos sentir que podemos ser nosotros mismos; si necesitamos disfrazarnos de otros para no discutir o para evitar el conflicto, entonces deberíamos plantearnos si seguir aferrándonos a esos afectos es el camino que queremos transitar para ser felices.

Y es que felicidad no depende casi nunca de lo que hagan otros, sino que está más ligada a cómo entendemos nosotros el mundo, a cómo nos contamos que es, y a las expectativas que tenemos sobre el mismo. Por eso, deberíamos hacernos un replanteo sobre qué pensamos que es —y que debe ser— la familia, cuáles son sus límites, cómo entendemos los lazos que se dan en ella. La familia de nacimiento debe ser un lugar seguro y cuando esto no ocurre, lo más inteligente —también emocionalmente— es construir ese lugar seguro al margen de ataduras y convenciones sociales. Muchas veces va la vida en ello.

La familia es casi siempre un lugar maravilloso en el que habitar, un lugar seguro al que poder volver, pero si esto no te ocurre, no sufras y libérate: no existe obligatoriedad en los afectos en ningún espacio, tampoco en este.

MOSTRAR BIOGRAFíA

Doctorando en Psicología por la Universitat Autònoma de Barcelona, en la línea de investigación "Poder, Subjetividad y Género". Activista por los Derechos Humanos. Máster en Intervención Psicológica por la UDIMA y Experto Universitario en Trastornos de la Personalidad por la misma universidad. Máster en Formación del Profesorado en UNED. Diplomado en Perspectiva de Géneros y Bioética Aplicada por la Universidad de Champagnat, Mendoza, Argentina. Formación de posgrado en violencia de género y participación en congresos internacionales de temática feminista, bioética, diversidad sexual y género. Dos veces portavoz de derechos del Organismo Internacional de Juventud para Iberoamérica, único organismo internacional público en materia de juventud en el mundo. Premio Cristina Esparza Martín 2020 en la categoría de Activista del año por su defensa de la igualdad de género y a favor de los derechos del colectivo LGTBI. Ha sido uno de los observadores internacionales coordinados por el centro de Derechos Humanos Zeferino Ladrillero para velar por el cumplimiento de la Ley de Amnistía del Estado de México.