POLÍTICA
17/08/2021 21:04 CEST | Actualizado 18/08/2021 08:48 CEST

La rabia de los militares españoles en Afganistán: "Nuestro esfuerzo no puede quedar en nada"

Veteranos de la misión denuncian el "error" de la salida precipitada y claman por ayuda para un pueblo "que sólo quiere prosperidad y calma, como todo el mundo".

MINISTERIO DE DEFENSA / Flickr
Miembros del Escuadrón de Apoyo al Despliegue (EADA), en su despedida de Afganistán.

La seguridad de España empieza muy lejos de sus fronteras. Convencidos de ello y siempre a la orden, más de 27.000 profesionales, miembros de las Fuerzas Armadas, la Guardia Civil y la Policía Nacional participaron durante 19 años en la misión internacional de Afganistán, impulsada por la OTAN y avalada por Naciones Unidas. Ahora ven el regreso al poder de los talibanes y no pueden más que repetir palabras como “rabia”, “impotencia” o “estupor”. “Nuestro esfuerzo no puede quedar en nada ni los afganos pueden verse abandonados”, coinciden a coro. 

Manuel -nombre ficticio, como los de los demás uniformados que aparecen en este reportaje- es un sargento que estuvo en la zona en 2006 y 2012, cuando estaba destinado en Figueirido (Pontevedra). Ahora en la reserva, confiesa que tiene “el teléfono echando humo, tres radios y dos teles andando” cada día para escuchar noticias sobre Afganistán. “No de ahora, eh, que esto ha sido rápido pero no cuaja en dos días, aunque nadie mirara hacia allá, y menos en los medios de aquí”, apunta. Califica su experiencia en la misión más larga y costosa de España -104 vidas, 3.500 millones de euros, la del séptimo país más comprometido- como “una experiencia de enorme intensidad en lo profesional y en lo personal”, que le permitió sentirse ”útil” en unos niveles “que hasta entonces no había visto” en su labor como militar. 

Habla a golpe de flashbacks: el polvo masticado nada más poner un pie en la rampa del Hércules tras tomar tierra, el “alucinante” golpe de calor, la aridez del paisaje, el blindaje de las instalaciones y, tras el aterrizaje, la calle, el agradecimiento de la gente, su cercanía pese a las diferencias. “Cuando vas patrullando y ayudando, cuando la gente te da el alimento que no tiene para recibirte, cuando te sonríe una cría a la que otros querrían tapada y sometida, cuando la ves yendo a la escuela porque gracias a gente como tú puede hacerlo sin miedo... entonces no hay política ni más preguntas que hacer. Estábamos en el sitio correcto”, sostiene. 

Manuel no entra a valorar la necesidad o no de que España se metiera en el avispero afgano, porque “los compromisos internacionales están para asumirlos”, pero desde luego sí reflexiona largo sobre la salida de la zona de las tropas internacionales, encabezadas por EEUU, que fue quien pidió ayuda a sus socios de la Alianza Atlántica para combatir una agresión común como la de los islamistas del 11-S. “Es un error”, dice tajante. “No se ha apuntalado correctamente el país, centrándose en lo puramente militar y policial. Ha faltado verdadero interés en levantar un estado y eso lo ve hasta alguien que tiene la mirada muy centrada en lo suyo, que sí es lo militar. Y cuando algunos logros se estaban viendo, hay desbandada porque así la ha planeado (Donald) Trump y así le ha venido bien a su relevo. ¿Dónde queda la gente? No veo a nadie llorar por ellos, sólo preocupan los afganos que van a llegar a Europa como refugiados. ¡No los podemos dejar solos!”, se indigna. 

Reuters Photographer via Reuters
Funeral en Madrid, en agosto de 2005, por los 17 militares muertos al caer un helicóptero Cougar en Herat. 

Emilio, también retirado, llegó a teniente coronel destinado en la base de El Copero (Sevilla). “En otra vida” estuvo destinado 12 meses en Afganistán. En la mochila, también, Líbano y Bosnia. Él va más allá sobre la necesidad de ir “de los primeros” al país asiático. “No había más remedio, había que estar porque nos obligaba el artículo 5 del Tratado de la OTAN y el principio de defensa colectiva, pero es que objetivamente Afganistán era un foco de conflicto islamista que podía hacer daño a Europa”, explica. 

Justo Joe Biden, el presidente de EEUU, dice que salgamos del encantamiento, que Washington nunca prometió a los afganos un estado democrático y que estaban allí sólo la amenaza terrorista. Punto. Para este militar de quinta generación es “indignante” escuchar eso. “Pacificar y reconstruir y estabilizar. Son las palabras que están en nuestro mandato, dado por el Ministerio de Defensa y por los organismos internacionales que había detrás. ¿Eso significa dejar el país como lo están abandonando? No”, se contesta a sí mismo.

Las misiones debieron mantenerse más tiempo y acabarlas de forma controlada y escalonada. Los talibanes sabían de la marcha masiva de efectivos y lo aprovecharon

¿Cree, entonces, que se está dejando atrás al pueblo afgano? Responde sin duda: “sí, las misiones debieron mantenerse más tiempo y acabarlas de forma controlada y escalonada. Los talibanes sabían de la marcha masiva de efectivos y lo aprovecharon. Ellos tienen dinero y armas, mientras que esos 300.000 soldados y mandos locales de los que habla EEUU están mal pagados y desarbolados en medios, comandados por jefes que en muchos casos son señores de la guerra ascendidos y crecidos, pero que han mirado por su interés. Es entendible que deserten o se marchen a otros países. La estructura no permitía mantener en pie el fuerte”, señala. 

Estabilidad, gobernanza y reconstrucción

Estabilidad, gobernanza y reconstrucción es lo que ha hecho España en la zona en estos años, concentrada especialmente en la zona de Badgis (con sede en el cuartel de Qala i Naw) y, más tarde, en Herat y su aeropuerto, hasta que Barack Obama anunció en 2015 la marcha de los suyos y el grupo se fue reduciendo hasta tener apenas un retén de operaciones en Kabul, que se replegó por completo el pasado mayo.

Sólo las Fuerzas Armadas han realizado 28.000 patrullas, recorrido tres millones de kilómetros y efectuado más de 1.400 misiones de desactivación de explosivos en la Operación Libertad Duradera y la misión Resolute Support. Se ha dado apoyo médico y logístico a los locales, se ha adiestrado a su ejército, se ha permitido el movimiento de personas, se han levantado infraestructuras básicas, se ha ahondado en la convivencia entre grupos distintos, se ha dado seguridad a los niños y niñas para que regresen al colegio.

Como escribe Lorenzo Silva en Donde los escorpiones -una de las pocas obras de ficción dedicadas a una misión internacional española- “sólo los imbéciles creen que es la victoria lo único que retribuye la lucha”. Emilio escucha la frase y se remueve. “No podíamos hablar de victoria ahora, no había un Gobierno democrático, sino uno fallido, corrupto, con muchas lagunas, alimentado con dinero occidental pero... ¿y todo lo que se va a perder, las pequeñas victorias diarias que ayudamos a lograr? Hablo de dar seguridad al más expuesto o devolver su humanidad a dos generaciones completas de niños. ¡Niños! Nuestro esfuerzo no puede quedar en nada”, lamenta. 

Julio, a quien enviaron desde su acuartelamiento en Vitoria en 2011, tampoco valora la actuación de los sucesivos Gobiernos españoles y se refiere a la misión internacional en su conjunto. “Necesaria” pero “mejorable”, dice de entrada. A él le tocó perder a un compañero tiroteado por los talibanes. “Vas a una misión así y te enfrentas de verdad a un combate abierto. Si no estás convencido de tu presencia, todo cuesta más. Yo estaba convencido. Frenar a los islamistas era y es bueno para España y el mundo civilizado que nos hemos dado entre todos”, sentencia.

Elude la visión doméstica y remarca, firme: “Frenarlos allí suponía ayudar a las personas que más lo sufren, que son los afganos, aunque sólo nos quedemos con los blancos asesinados en atentados aquí. Servirlos y servirnos ha sido un honor. Dejarlos de esta forma ignominiosa es incomprensible”.

Los afganos merecen la pena, por si alguien cree que no. Han ganado en estos años en esperanza y no podemos hacer que pierdan eso, que es el motor del mundo. Yo estoy dispuesto a volver y sé que somos muchos los que estamos igual

Le duele “muchísimo” que Biden afirme que esta es una guerra “que los afganos no están dispuestos a luchar por sí mismos”. Se pregunta “dónde se ha ido algún dinero” dado a gestores “poco fiables” o por qué no se ha invertido más en “tejido social, asociativo, educativo, sanitario, legal” en el que se pueda apoyar la población. “Los afganos merecen la pena, por si alguien cree que no. Han ganado en estos años en esperanza y no podemos hacer que pierdan eso, que es el motor del mundo. Yo estoy dispuesto a volver y sé que somos muchos los que estamos igual”, se ofrece. 

Relata que estos días repasa fotos y recuerdos. Se ve con el turbante y se ríe. Se ve levemente herido y no tanto. Se acuerda de canciones populares y de gestos que ahora “se van a borrar”, como una boda sin imposiciones. “Quieren prosperidad, como cualquier otro. No son ni menos listos ni menos buenos y no los hemos atendido de forma global”, ahonda.

Felix Ausin Ordonez via REUTERS
Ingenieros militares, en 2003, preparándose en Burgos antes de ir a Afganistán. 

José Luis es guardia civil, destinado hoy en Logroño. De pocas palabras, relata que ha estado en 2012 y 2015 en la zona. No quiere hablar de lo que allí vivió. “Es servicio”. Sí aborda el fin de la misión y la ofensiva relámpago de los últimos tres meses, que ha acabado con los talibanes en Kabul. “La misión debió durar más, por dos razones: una, que los islamistas pueden dar cobijo a otros islamistas y tener, en un tiempo, un nuevo gran foco de reclutamiento y formación de yihadistas mayor que el que ha tenido el Estado Islámico. Y dos, que los ciudadanos lo necesitan. El fallo es verlos con distancia, que los dehumanizamos. Humanitariamente ha de haber una respuesta intensa para ayudarles”, reclama. 

Avala lo dicho por sus compañeros sobre el dolor por lo que se puede perder y las dudas sobre el futuro del país, pero sobre todo aprovecha “estar en los medios” para reclamar atención para los trabajadores afganos que estuvieron con el contingente español en estos casi 20 años. Hace silencios largos al hablar de sus traductores, por ejemplo. “Yo me perdí por esa misión el nacimiento de mi hija pequeña. Yo no estuve en la boda de mi hermano por esa misión. Yo perdí casi 18 kilos en esa misión. ¿Y qué? Es mi trabajo y mi obligación, convencido. Ellos se están ahora jugando la vida porque nos ayudaron a estar allí. España no los puede abandonar. Ni a su gente ni a ellos, que son nuestros. El último gesto digno que debemos a Afganistán es cuidarlos y estar para la asistencia humanitaria, abriendo fronteras si hace falta. Hicimos lo que nos dejaron, pero hacía falta más”, concluye. 

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