Life

Como mujer, no puedo ni correr por la calle sin que me acosen

No soy yo quien tiene que cambiar su estilo de vida. Son los acosadores quienes tienen que callarse, aprender modales y empezar a respetar a las mujeres.

Hace unas pocas mañanas, mientras me ataba las deportivas, me di cuenta de que se me había olvidado cargar los auriculares. Bueno, no pasa nada, pensé. Meditaré o haré lo que sea que hace la gente sana cuando intenta no vomitar en un parque público la barrita energética que se acaba de comer.

Solo estaba a cuatro manzanas de mi casa cuando oí: ”¡Bonitos tatuajes, nena!”.

Después, otro hombre empezó a hacer sonidos de besos y a saludar.

Más adelante, un hombre fingió ponerse a correr conmigo y gritó: ”¡Corre, Forrest, corre!”. No es broma, de verdad dijo eso.

Todo esto me pasó en el tiempo que tardé en recorrer 8 kilómetros. Sin la música punk que me suelo poner a tope, lo pude oír todo.

Quizás te preguntes si de verdad estos comentarios fueron tan terribles. O sea, ¡el primer tío me dijo que le gustan mis tatuajes y puede que los siguientes solo me estuvieran animando! Además, si soy mujer, son las 7 de la mañana y estoy corriendo por Brooklyn en sujetador deportivo, sudorosa y llena de tatuajes, ¿no me lo estoy buscando?

NO.

Según Runner’s World, el 43% de las mujeres sufren acoso ocasionalmente cuando salen a correr en comparación con el 4% de los hombres. Y esa estadística no entra a valorar la cantidad de mujeres a las que siguen, a las que acosan físicamente o algo peor. No debemos olvidar a Karina Vetrano, Vanessa Marcotte y Molly Tibbetts, mujeres que fueron asesinadas en los últimos años cuando habían salido a correr.

“El acoso callejero es un juego de poder; quienes lo realizan lo hacen porque piensan que las corredoras son objetivos sencillos”

¿Por qué es tan dañino el acoso callejero? Todas las corredoras y no corredoras merecen sentirse seguras. El acoso callejero nos arranca esa seguridad y nos recuerda que nosotras también podemos convertirnos en víctimas de un crimen violento. Y, sinceramente, que unos hombres desconocidos te griten de forma rutinaria no le hace demasiado bien a tu salud mental. La cosa es que los acosadores lo saben. El acoso callejero es un juego de poder; quienes lo realizan lo hacen porque piensan que las corredoras son objetivos sencillos.

A mí me hizo falta salir a correr sin cascos para recordar cuánto acoso ignoro a diario.

Me encanta correr por Nueva York y, por lo general, me siento segura, pero mentiría si dijera que no hay tramos en los que tengo que acelerar por muy cansada que esté. No hay nada como tener que saltar por encima de una pila de basura para que los tíos que hay a la salida del bar tengan menos tiempo para desnudarme con la mirada.

Este otro es un escenario especialmente incómodo que tengo que soportar cada vez que salgo a correr: hay un coche parado en un semáforo y yo me paro también porque se va a poner verde enseguida. El conductor se da cuenta de que estoy ahí de pie, sudando y jadeando, y empieza a mirarme. Finjo que no me doy cuenta. Se pone verde. El conductor no se entera porque no me quita la mirada de encima. Otros coches empiezan a tocar el claxon con impaciencia. El conductor me indica con gestos de enfado que cruce, como si tuviera yo la culpa de que el tráfico esté detenido. El conductor empieza a acercarse a mí a medida que cruzo la calle, incapaz, al parecer, de esperar un poco más. Ahora, aterrorizada, sigo corriendo.

Os lo aseguro: me pasa SIEMPRE.

Antes pensaba que si me tapaba un poco más, evitaría las miradas y los comentarios. Cuando empecé a correr por la ciudad, me puse un montón de normas. Las pocas veces que llevaba pantalones cortos, tenía que llevar camisetas holgadas para no enseñar demasiada carne. Si llevaba tops, tenían que cubrirme la tripa y tenía que llevar mallas largas.

“La triste verdad es que quien quiera acosarme lo va a hacer independientemente de la ropa que lleve puesta”

En verano entreno para una maratón y estas normas también había que cumplirlas en pleno calor y humedad. He perdido la cuenta de la cantidad de fotos de turistas que he estropeado mientras me tambaleaba por Battery Park aferrada a mi botella de Gatorade luchando por no desplomarme. (Aparte, apenas puedo pensar ni respirar cuando llevo más de 10 kilómetros, así que no es el mejor momento para probar un nuevo piropo conmigo).

He renunciado a esas normas y ahora llevo sujetador deportivo y pantalón corto casi siempre, porque la triste verdad es que quien quiera acosarme lo va a hacer independientemente de la ropa que lleve puesta. (¿Me oís? ¡Llevad la ropa que queráis! ¡Enseñad vuestro cuerpo como os apetezca!).

Lo más importante es que esa es la ropa con la que más cómoda me siento cuando corro, pese a los malditos acosadores.

He estado pensando en preparar alguna respuesta cortante la próxima vez que me cruce con un acosador, pero hay dos inconvenientes. Para empezar, cuando corro, mi cerebro no reacciona lo suficientemente rápido para comprender los comentarios que me sueltan de repente y responder. Además, es posible que el acosador me responda de vuelta, tal vez de forma violenta.

Es triste, pero ya estoy tan acostumbrada a encontrarme con estos individuos que a veces no he querido chocar los cinco con otros corredores.

¿Hay alguna otra forma de evitar el acoso callejero aparte de ignorarlo con música a tope? Quizás. Podría correr en una cinta, pero odio las cintas. Podría correr con mi novio (a él nunca le acosan, así que es una opción viable). También podría dejar de correr (es broma, eso no va a pasar).

Lo que me encanta de correr es la libertad de hacerlo cuando quiero y donde quiero. No soy yo quien tiene que cambiar su estilo de vida. Son los acosadores de todo el mundo quienes tienen que callarse, aprender modales y empezar a respetar a las mujeres. Eso y dejarme sudar tranquila por la ciudad.

Este post fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.