¿Por qué aceptamos los síntomas físicos de nuestros miedos como algo normal?

El sentido biológico del dolor es el de obligarnos a parar, descansar, permitir que se regeneren los tejidos y retomar la actividad de forma optimizada.

Sería fabuloso que tuviéramos un interruptor con el que conectar o desconectar la mente del cuerpo.

Muchas personas viven como si lo que piensan y lo que se dicen por lo bajini no tuviese repercusión en su cuerpo. Como si el cuerpo fuera sordo o tonto, vamos.

Se pasan la vida enfrascadas en monólogos infinitos de reproche, culpa y enfados hacia sí mismas o hacia cualquiera que se ponga por delante. Esas conversaciones solitarias son la forma perfecta de mantenerse en un mundo hostil del que se quiere salir (¿quién querría vivir en un sitio así?), pero del que no se hace nada por salir.

Y no se hace nada por salir porque para eso habría que buscar el motivo por el que se vive allí.

Una forma muy práctica de tapar los miedos es focalizarse en lo mal que está todo, y de ahí a culpar y reprochar a todos lo mal que lo hacen hay un paso.

Esa estrategia suele funcionar durante un breve tiempo. Como cualquier técnica low cost que se precie.

Al miedo que se genera nuevo cada día, y al que lleva como compañero de camino toda la vida, se le prohíbe salir. Absolutamente prohibido. A cambio se permite disfrutar de la rabia y de todos sus derivados.

Y como el interruptor no existe, todo el esfuerzo que se hace por no acceder a los pensamientos de miedo ni a las vivencias terroríficas del pasado lo paga el cuerpo.

“Si estás aquí hoy es porque superaste lo de ayer, así que el mañana no es tan peligroso”

La energía con la que bloquear recuerdos e imaginaciones sale de él. El cuerpo también está implicado en este proceso. Todo el estrés que produce vivir de esa forma pasa factura porque todos tenemos un límite tolerable de estrés. No sabemos cuándo se rebasa porque no tenemos una pantalla que nos avise, pero podemos intuirlo.

En el momento en el que nuestra capacidad de reprimir el miedo y proyectarlo en forma de rabia se ve superada, nuestra biología toma medidas.

No hay forma de que percibamos por nosotros mismos lo necesario que es cambiar esta actitud, así que el cuerpo nos manda un aviso en forma de dolor.

Primero es un dolor leve, luego pasa a ser leve pero constante, después es constante e incapacitante y puede llegar a acabar contigo… si no te das cuenta del mensaje que tiene para ti.

El sentido biológico del dolor es el de obligarnos a parar, descansar, permitir que se regeneren los tejidos y retomar la actividad de forma optimizada.

El síntoma no tiene como función la de amargarte la vida por capricho, pero es más sencillo pensar que el cuerpo se ha vuelto loco y que con un par de pastillas podrás pasar el día, que ponerse a analizar la infancia traumática según Freud, por supuesto.

Al fin y al cabo, a todo el mundo le duele algo, todo el mundo se queja de los achaques de la edad y todo el mundo va a la farmacia a por su dosis de alivio. Y qué suerte tenemos de contar con farmacias en cada esquina, desde luego, pero qué débiles nos volvemos al mismo tiempo.

“No tenemos interruptor, pero tenemos la capacidad de escuchar lo que nos decimos y decimos a los demás”

Aceptamos los síntomas físicos como algo normal y nos empeñamos en tapar emociones y sentimientos que consideramos incómodos, cuando lo incómodo es no poder trabajar por un dolor de espalda, una ciática o una migraña.

Habernos sentido abandonados, rechazados o desprotegidos en el pasado no era lo que queríamos pero el miedo a volver a sentirnos así (o incluso peor) no nos hace la vida más fácil. Si fuéramos capaces de mirar al pasado para comprenderlo y liberarlo, el miedo a lo que pueda pasar mañana no sería tan incapacitante. Si estás aquí hoy es porque superaste lo de ayer, así que el mañana no es tan peligroso.

Nos engañamos aceptando los síntomas como algo normal y rechazando el miedo que nos da la vida, la muerte o el vacío de después. Y si algo es normal, es el miedo. Es incluso necesario.

No tenemos interruptor, pero tenemos la capacidad de escuchar lo que nos decimos y decimos a los demás. Cuerpo y mente están conectados para que aceptemos lo que pasa en ambos con el fin de evolucionar como seres humanos y vivir lo mejor posible, que a eso hemos venido, no a sufrir.