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10/08/2019 10:10 CEST

Por qué las vacaciones molaban MIL veces más cuando eras niño

¿Nostalgia? Pues un poco sí.

Hay mil razones por las que las vacaciones siempre se acaban convirtiendo en una mierda, aunque si hay un motivo de peso que las convierten en un momento deprimente es el recuerdo de lo que sí eran unas buenas vacaciones. Porque, admitámoslo, las comparaciones son odiosas y el verano y el ocio nos deja la mente libre para añorar lo que ya no tenemos: la infancia. Y cuando eres niño, las vacaciones son LA HOSTIA.

Lo de menos era el destino, el poder adquisitivo, si hacía buen o mal tiempo, si tus amigos se iban lejos o cerca... Todo tenía solución. Fueras donde fueras encontrabas algo que hacer, el dinero lo ponían los demás, si llovía otros buscaban planes para mantenerte entretenido y si tus amigos se iban lejos hacías nuevas relaciones en cualquier otro lugar. 

Cuando eres niño tu única preocupación es controlar los nervios que no te dejan dormir antes de una aventura excitante. Y las vacaciones a esas edades, lo son.  

1. ¿A quién le importaba volver rodando al colegio en septiembre o la operación bikini? Toda caloría que pudieras tomar, era poca. Y si podías mancharte la boca, mucho mejor.

 

2. Compartir casa con 20 nunca fue un problema. Todo lo contrario. Era un planazo estar con tanta gente todo el día. No había un segundo libre para el aburrimiento. Hacerlo cuando eres adulto es un drama barato.

 

3. No te daba tiempo a congelarte al salir del mar o la piscina. Ya estaba tu madre esperándote en la orilla con la toalla para envolverte. 

 

4. Ahora, cuando ves una medusa en el agua piensas en la muerte de manera hipocondriaca. Antes despertaba tu curiosidad. Te aproximabas y te atrevías a cogerla con la red para después verla agonizar en la orilla.

 

5. Cualquier amor de verano se convertía en una historia similar a la de Lago azul. Ahora es como Casablanca, solo puedes pensar en la despedida. 

 

6. No existían las batallas en la playa por encontrar la primera línea a las siete de la mañana: cuando tú llegabas, la sombrilla ya estaba puesta. Tu máxima responsabilidad era limpiar de arena todos tus moldes a la vuelta. Y la pelea más grave no era con otro veraneante que invadía tu espacio, sino con un amigo con el que jugabas a pressing catch

 

7. Hacer cola para pasar por la ducha al volver de la playa no era tan desesperante, sencillamente porque te colaban. Tu madre lo tenía claro: los niños primero. 

 

8. Y encima, os duchaban de dos en dos, y eso siempre ha sido mucho más divertido...  

 

9. Podías hacer el ridículo en el agua con tus piruetas, pero toda tu familia te hacía pensar que eras la mismísima Ona Carbonell. Esas pequeñas mentiras para mantener la armonía... 

 

10. Por mucho que discutieras con tus primos, los enfados eran efímeros: eráis un equipo compenetrado hasta en los tropiezos. 

 

11. Eso sí, podían ser muy vengativos y te conocían como a nadie, sabían dónde hacer daño... Que destrozaran tus obras de arena era un drama muy heavy.

 

12. Si el presupuesto no llegaba para unas vacaciones en la playa, con un manguerazo en el patio de la casa del pueblo bastaba para ser feliz. 

 

13. Siempre eran los demás lo que soportaban el dolor de la arena en los pies, como un hierro candente. No ibas a ser tú el que se quemara las plantas... únicamente te dedicabas a esperar que te trajesen la merienda. 

 

14. Incluso tenías el poder de elegir el primer plan de la noche, para no desesperar a nadie recordando una y otra vez lo que querías hacer: directos a la feria, a los coches de choque. 

 

15. Los deportes acuáticos ni siquiera eran tales a tu edad, pero te subías a los hidropedales y te parecía el fiestón del Desalia.  

 

16. No existía el reloj para ti. Los tiempos los marcaban los demás y madrugar nunca fue un problema. La programación matutina de la tele en verano siempre se encargaba de los más pequeños.

 

17. Y te pasabas el día desnudo, dando tumbos por casa y sin pudor.

 

18. Y ahora que eres adulto, te ahogas en un vaso de agua.

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