Soy culturista y cuando subí esta foto todo el mundo perdió la cabeza

¿Qué clase de madre pone en riesgo el alimento de su hija por la oportunidad de pasearse casi desnuda en un escenario para ganar un trofeo barato?
Jordan Musser dándole el pecho a su hija después de una competición de culturismo en la que ganó en dos categorías.
Jordan Musser dándole el pecho a su hija después de una competición de culturismo en la que ganó en dos categorías.

Imagina esta situación: estás de pie en el escenario bajo unos focos muy intensos, frente a varios cientos de personas. La única ropa que llevas es un bikini diminuto y brillante de 400 dólares adherido al culo y al pecho. Te han pintado de naranja con un spray acre después de desnudarte por completo delante de una desconocida que te pide que abras bien los glúteos para que la pintura llegue a todos tus recovecos. Caminas hasta el centro del escenario con unos tacones de 10 centímetros ante un jurado que va a buscar el mínimo asomo de grasa corporal, celulitis, músculo asimétrico o descompensado para valorar tu cuerpo en comparación con el de tus rivales. La mayoría de las personas del público están en tu contra.

¿Te parece una pesadilla?

Para mí, es emoción, concentración y adrenalina. Es lo que se me da bien.

Llevo en la industria del fitness casi 10 años, la mitad de los cuales me he dedicado al culturismo extremo, un mundo en el que tienes que hipertrofiar tus músculos y acabar con toda reserva de grasa que haya osado permanecer en tu cuerpo. Es duro. Es agotador, extenuante, caro y consume mucho tiempo.

Te duele el cuerpo y la mente te juega malas pasadas: cada mirada en el espejo se convierte en una disección de imperfecciones físicas. Tus músculos crecen y tu ego, aún más. Caminas entre la multitud y piensas: soy la persona más definida, fuerte y musculosa de aquí. Luego llegas a casa, te miras al espejo y piensas: soy enana, soy patética, no tengo ninguna posibilidad. Es una guerra física y psicológica contra mí misma. Me encanta.

Prepararme para una competición de culturismo implica una dieta inflexible, una rigurosa rutina de cardio y largas horas de pesas. En mi época más intensa, pasaba casi tres horas al día haciendo pesas y cardio. Comía pollo, pepino y vinagre dos veces al día durante semanas. Cuando tenía que acudir a una fiesta, me preparaba unos táperes patéticos con comida sosa pero equilibrada con todos mis macronutrientes medidos, apartaba la vista de los macarrones con queso y los postres de la fiesta y le daba un bocado a otra pechuga de pollo fría.

“Te miras al espejo y piensas: soy enana, soy patética, no tengo ninguna posibilidad. Es una guerra física y psicológica contra mí misma. Me encanta.”

Ser competitiva en culturismo depende en gran medida de saber controlar el cuerpo sin perder las riendas de la mente. Cuando estoy en la ducha, pienso en la técnica de mis levantamientos de peso muerto. Cuando me voy a la cama, repaso mis poses en el escenario: “Pose de espalda, pose de frente”. Flexionar espalda, contraer glúteos, marcar abdomen, una y otra vez hasta que me lo sé de memoria. Es agotador en todos los sentidos.

Estaba preparándome para esta competición cuando me enteré de que estaba embarazada. Como te puedes imaginar, embarazo y culturismo de competición no van de la mano, de modo que tuve que renunciar temporalmente a competir. Hice pesas durante mi embarazo, con la tripa sobresaliéndome por debajo de la camiseta mientras hacía dominadas o sufría bajo la barra. Se me veía ridícula caminando de un lado a otro de la sala con el bombo, tratando de mantener el máximo de masa muscular a medida que mi tripa crecía y crecía. Tuve un parto terrible en casa y creo que solo lo saqué adelante gracias a la resistencia y la fuerza que me habían dado mis ejercicios.

“El fitness extremo y la lactancia rara vez van de la mano. Son conceptos inherentemente contraintuitivos”

Y entonces me adapté a mi nueva vida de madre. Perdí enseguida lo que había engordado durante el embarazo y volví poco a poco a mi rutina de ejercicios. De repente, regresar a los escenarios volvía a ser una opción en mi horizonte. Me puse en contacto con mi entrenador y diseñamos un plan. Solo había un problema: estaba dando el pecho y no tenía ninguna intención de renunciar a ello.

El fitness extremo y la lactancia rara vez van de la mano. Son conceptos inherentemente contraintuitivos. Uno implica dureza, agresividad y un desgaste controlado. El otro transmite una imagen de vitalidad, calidez, cariño y capacidad de adaptación como mujer.

Muchas mujeres dejan de producir leche si sufren el más mínimo bajón de grasa corporal. Yo me propuse conseguir una pérdida de grasa casi total. Horas de pesas y de cardio y un estricto control de calorías. Es casi imposible hacer que tu cuerpo se deshaga de toda su grasa sin dejar de producir leche, pero yo estaba decidida a lograrlo.

A la izquierda, dos meses después de dar a luz. A la derecha, dos semanas antes de mi primera competición postparto. Hay un año de diferencia entre las dos fotos. La mitad de ese tiempo la pasé recuperándome del parto y la otra mitad, preparándome para competir.
A la izquierda, dos meses después de dar a luz. A la derecha, dos semanas antes de mi primera competición postparto. Hay un año de diferencia entre las dos fotos. La mitad de ese tiempo la pasé recuperándome del parto y la otra mitad, preparándome para competir.

No me daba vegüenza decir que era una culturista lactante. El primer día que competí siendo madre, le dije a las demás mujeres detrás del escenario que aún daba el pecho. Se hizo el silencio entre ellas y sus cuerpos anaranjados se giraron para mirarme con incredulidad.

En cierto modo, me gustaba la incomodidad que surgía cuando revelaba ese hecho. De forma inevitable, recibía una de estas tres respuestas: estaban los ”¡Bravo, mamá!” de quienes pensaban que esto era una locura pero me animaban. Estaban los “ah, ¿aún le das el pecho?” de quienes probablemente no aprueban la lactancia en ningún caso, y mucho menos teniendo el bebé 10 meses ya. Y también estaban los que se quedaban sutilmente horrorizados (o sin sutileza): “Pero ¿eso es sano?”.

Esa última respuesta me preocupaba porque, sinceramente, es una buena pregunta. ¿Acaso es sano? ¿Puedo pedirle a mi cuerpo que siga produciendo leche para alimentar a mi bebé a partir de las pechugas de pollo y las espinacas que como? ¿Es justo perseguir un objetivo nacido de mi vanidad posiblemente a costa de mi bebé? ¿Merece la pena? Si se me hubiera acabado la leche porque no he mantenido suficientemente nutrido mi cuerpo para dar el pecho, ¿sería un fracaso como madre? ¿Qué clase de madre pone en riesgo el alimento de su hija por la oportunidad de pasearse casi desnuda en un escenario para ganar un trofeo barato? ¿Qué clase de madre saca tanto tiempo para ella misma que puede pasar horas en el gimnasio para esculpir un físico musculoso, pese a que muchas madres no tienen ni tiempo para ducharse tranquilamente? ¿De verdad es tan incompatible el culturismo con la lactancia como para existir juntos? ¿Estoy haciendo algo mal?

Si le preguntas a un médico sobre compatibilizar la lactancia y el culturismo, probablemente dirá que es mala idea. La mayoría de los profesionales de la salud desaprueban el culturismo de por sí. Al fin y al cabo, una gran parte del culturismo se resume en pasar hambre de forma controlada. Es una especie de trastorno alimentario con el objetivo de ganar un trofeo. Es un mundo extraño e incomprendido.

La autora con su hija.
La autora con su hija.

Hay formas responsables de alcanzar unos resultados tan extremos y yo me enorgullezco de estar lo más sana que se puede estar dentro de lo malo que es este estado. La cuestión es que cuando estás trabajando duro para conseguir un cuerpo de escenario sin grasa, a tu organismo le privas de nutrientes que necesita. A veces te faltan vitaminas y nutrientes y notas que te falta combustible.

Y la lactancia se alimenta de ese combustible. La lactancia es más recomendable cuando tu cuerpo tiene una reserva calórica de la que ir chupando. Al final, tu bebé se alimenta de lo que comes tú, y cuando tu dieta consiste en pollo y vinagre, tu leche materna lo refleja. Tu organismo va a priorizar que alimentes a tu bebé y creará la leche más densa en nutrientes que pueda, pero no puede hacer milagros.

En las fechas de mi competición, mi hija todavía se alimentaba principalmente de mi leche. Tengo formación en nutrición y soy consciente de cuánto podría privarle a mi hija si no prestara atención a comer lo suficiente para su desarrollo y para mis objetivos deportivos.

“Traté de encontrar ese delicado equilibrio entre nutrir mi cuerpo para nutrir el cuerpo de mi bebé y vaciar mis reservas de grasa sin vaciar las suyas”

Durante mi preparación para la competición, la grasa fue mi principal obsesión. Seguí una dieta alta en grasas, proteínas y carbohidratos: pollo, pavo, carnes rojas, huevos enteros, lácteos sin desnatar, un montón de verduras y batidos vegetales y, de vez en cuando, batidos de proteínas. Controlaba mi producción de leche con la ayuda de mi entrenador, que guardaba un registro minucioso de mi lactancia y se aseguraba de que, incluso el día previo a la competición, estuviera bien abastecida de grasas. No entraba en mis apuestas que un hombre me preguntara al menos dos veces por semana ”¿Qué tal va tu leche?”, pero lo agradecí.

No pude tomarme ninguno de mis suplementos habituales más allá de la creatina por posibles interferencias con mi leche. Tampoco tomé ningún fármaco o sustancia dopante y evité por completo los diuréticos, que son muy frecuentes días antes de una competición. A menudo, los culturistas se deshacen de la mayor cantidad posible de agua para tener un aspecto más rocoso en el escenario, pero cuando todavía amamantas a tu bebé, estar deshidratada no es una opción.

Sabía que los químicos del spray bronceador no deben ingerirse, sobre todo tratándose de bebés, de modo que me aseguré de cubrir cualquier parte de mi cuerpo que pudiera entrar en contacto con su boca. Mi piel tenía un aspecto menos homogéneo, pero al menos me aseguraba de no hacerle ningún daño a mi hija.

En cierto modo, estaba complicándome la vida a mí misma antes de subir al escenario por el bien de mi bebé. No tuve ninguna ventaja. No utilicé atajos. Traté de encontrar ese delicado equilibrio entre nutrir mi cuerpo para nutrir el cuerpo de mi bebé y vaciar mis reservas de grasa sin vaciar las suyas.

La autora y su hija, tres meses después de la competición de 2019.
La autora y su hija, tres meses después de la competición de 2019.

A menudo tenía que lidiar con el egoísmo propio del fitness extremo solapándose con el altruísmo de la nueva maternidad. ”¿No debería estar sintiendo ese cambio biológico que sienten las madres para centrarse en sus hijos?”, me preguntaba.

Al final, llegué a dos conclusiones que me han acompañado durante mi maternidad:

  1. Voy a hacer todo lo que esté en mi mano para darle lo mejor a mi hija, pero...

  2. ...para mantenerme fiel a mis propias necesidades y, por tanto, ser una madre más física y mentalmente disponible, voy a priorizarme a mí y a mi tiempo para dedicarme al culturismo.

He visto a demasiadas madres enredándose en la potencial monotonía de la maternidad y perdiendo poco a poco su identidad como individuos. Madres que se perdieron por sus hijos. Aunque en cierto modo es admirable, yo sentía que si perdía mi identidad, acabaría gestando un sentimiento de rencor contra esta pequeña criaturita que hizo que yo dejara de ser yo.

El fitness es mi vida. Es una parte tan inherente a mí como respirar o reír. Si la pierdo, me perderé a mí misma. Si no soy la mejor versión de mí misma, mi hija no prosperará. Para darle lo mejor de mí a mi hija, primero debo sentirme realizada. El fitness me llena. Podré lavar los platos, cambiarle el pañal y leerle el mismo cuento 12 veces al día si no tengo que renunciar a mis metas deportivas.

“Si perdía mi identidad, acabaría gestando un sentimiento de rencor contra esta pequeña criaturita que hizo que yo dejara de ser yo”

Con todas esas cosas en mente, publiqué la foto que consta al inicio de este post en mi cuenta de Instagram. En la foto, estoy sentada en unos escalones a la salida del recinto de la competición en la que gané el primer puesto en las dos categorías a las que me presenté. Sigo con la piel teñida de naranja, llevo un bikini de competición morado con cristales engarzados, sostengo en una mano las dos espadas de trofeo y tengo a mi hija apoyada en mi regazo mientras le doy el pecho. Llevo el pelo teñido de rubio y ensortijado y sonrío de satisfacción.

En unas pocas horas, el número habitual de “me gusta” que solía recibir de mis amigos y familiares quedó muy atrás. Como un grifo abriéndose, cientos de desconocidos inundaron mi página de comentarios y “me gusta”. La gran mayoría de ellos eran mensajes positivos. Mujeres de todo el mundo mostrándome su apoyo, impresionadas y defendiendo la lactancia materna. También recibí la desaprobación de unas cuantas personas.

Como madre, la desaprobación te persigue mucho más de lo normal. Te hace reconsiderar cualquier pequeña decisión y pensar dos veces cada conclusión que hayas sacado. Algunos de los miembros de mi familia se mostraron desconcertados e impactados. Algunas mujeres me enviaron mensajes para criticarme por el riesgo que había corrido con la salud de mi pequeña, para decirme que a ellas jamás se les habría ocurrido hacer lo mismo y que les daba repelús. Incluso algunas mujeres de mi comunidad fitness pensaban que lo que había hecho era extraño y poco saludable. Incluso ellas, una minoría entre las minorías, pensaron que me había pasado de rosca.

La decisión de seguir con el fitness extremo sin dejar de dar el pecho fue una decisión mía y de nadie más, y las consecuencias, para bien o para mal, recaen exclusivamente sobre mis hombros. El bienestar de mi hija es mi responsabilidad y siempre procuraré lo mejor para ella. Hice algo que casi nadie más ha hecho jamás. Y lo hice sin descuidar la salud. Lo hice con cabeza. Lo hice de un modo que nos viniera bien a mi hija y a mí, como persona, como mujer y como madre.

El cuerpo de la mujer es increíble. El mío amamantó a un bebé al mismo tiempo que me preparaba para una competición de culturismo, hacía cardio y controlaba estrictamente las calorías. En ningún momento reduje mi producción de leche ni ella dio muestras de estar desnutrida. En el escenario sonreí al recoger mis trofeos de ganadora, cogí a mi bebé de entre el público y le di el pecho ahí mismo. Fue un triunfo para los dos amores de mi vida: este cuerpo musculoso, capaz y cincelado, y mi dulce y adorable niña.

Este post fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

Breastfeeding Photos By Jade Beall