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02/06/2020 10:35 CEST | Actualizado 02/06/2020 10:35 CEST

Teatro de títeres con garrote

El ministro del Interior ha sido, como mínimo, inoportuno y un punto irreflexivo.

Europa Press News via Getty Images
Fernando Grande-Marlaska.

Está claro que al magistrado Fernando Grande Marlaska le pudo el ‘tic’ del ‘martillito’ tan propio de su profesión como las puñetas bordadas, cuando empezó a destituir a jefes de la Guardia Civil. Los jueces cuando dictan sentencias lo tienen que hacer atendiendo solamente a las circunstancias judiciales; pero los políticos, sin pasarse, deben combinar distintas circunstancias. En ambos casos la ‘ponderación’ es fundamental. 

Por lo general, las sentencias del Tribunal Supremo (TS) o del Tribunal Constitucional (TC), por ejemplo sobre el derecho de información o las libertades de expresión y opinión, suelen recoger la palabra ‘ponderar’. Todo debe de ser ponderado. Hay que enmarcar los hechos en su contexto y en la jurisprudencia. Como político, y no solamente como impartidor de justicia, es conveniente para evitar males mayores evitar la extemporaneidad y considerar la oportunidad. Si los jueces tienen no solamente que ser imparciales, sino parecerlo, el servidor público no puede zafarse tampoco de esta exigencia. Y el ministro del Interior ha sido, como mínimo, inoportuno y un punto irreflexivo. Siempre quedará la duda de si esos cambios tan drásticos no fueron una represalia del Gobierno por la investigación ordenada por una jueza sobre la manifestación feminista del 8-M. Lo que sí está fuera de toda duda razonable es que el presunto remedio ha sido mucho peor que la enfermedad, y sus efectos, de enorme gravedad aunque por ahora ésta esté semi-sumergida.

Pero por su parte el PP tremendista de Pablo Casado, convertido en una especie de Ricardo Corazón de León cuando tras dejar en shock a su reino parte orgulloso y ufano para la Tercera Cruzada a matar infieles a mandoblazo, ballesta y lanza, tampoco se caracteriza por la reflexión y la coherencia. El presidente del PP no está ponderando las circunstancias; y al no hacerlo se está convirtiendo en un saco de incoherencias. Porque el ayer existe. No admitirlo es cosa de poetas o de locos, o  de ambas cosas a la vez. 

El ministro del Interior del PP Jorge Fernández Díaz, el mismo que a la vez que condecoraba a la Virgen con una medalla al mérito policial cometía el pecado de crear  la ‘policía patriótica’, un hecho de extrema gravedad que ha tenido devastadoras consecuencias para la imagen policial y para la credibilidad democrática de su propio partido, destituyó a tres comisarios generales de la Policía Judicial... ¡en dos años! Busquen, prueben y comparen en san Google bendito. 

Hubo una coincidencia: todos investigaban casos de corrupción del PP y no habían informado al Ministerio. 

THIERRY CHARLIER via Getty Images
Imagen de archivo del ministro del Interior del PP, Jorge Fernandez Díaz.

Los populares parecen cegados, o llevados por la prisa. Desoyen la voz que les advierte “que nada es verdad salvo la muerte”, como figura en el frontispicio del viejo cementerio de Vegueta en Las Palmas de Gran Canaria. No es lógico, desde el punto de vista de su propio interés estratégico, tanto empecinamiento visceral en mantener el fuego de una ‘guerra santa’ contra el Gobierno en tiempos de pandemia. Sobre todo cuando los argumentos empleados para cada batalla resultan ser tormentas en una copa de agua, o de whisky. Las severas acusaciones de las compras directas de mascarillas, de los engaños chinos en la venta del material sanitario, de la contabilidad mortuoria, han sido como las ‘verduras de las eras’ de la coplas de Jorge Manrique a la muerte de su padre. Las comunidades autónomas del PP, como la de Madrid, regida por la ‘Juana de Arco’ Ayuso, también han sido estafadas, ni más ni menos que el Ministerio. Y los demás estados que descuidaron las reservas estratégicas y las soberanías sanitarias, alimentarias, energéticas y de investigación y se dedicaron locamente a la deslocalización y al trabajador ‘low cost’.

La obsesión que ya parece enfermiza contra las prórrogas de la alarma está teniendo secuelas. Casado y su núcleo duro han renunciado a las propuestas enriquecedoras, a la negociación, a la unidad ante el enemigo invisible para anclarse en el NO. De esta manera parece preferir que sean ERC y PNV quienes se lleven el mérito y la mención en los libros de sacrificar su táctica a favor de salvar vidas, porque de eso se trata, hasta que se demuestre lo contrario con hechos y no con encendidos discursos. 

Los tratos con ERC y PNV han permitido que de verdad las comunidades autónomas cuenten con protagonismo y poder para intervenir en la modulación de la desescalada. El impetuoso líder conservador podía haberlo planteado y negociado él, pero sacrificó el interés de las regiones al de su técnica de desgaste y demolición del adversario, que se le puede volver en contra a las primeras de cambio, en cuanto pase lo peor y se acabe eso de lanzar muertos como lanzas. Está dentro de lo posible que los suyos se cansen de tantos fantasmas que han resultado ser simples sábanas y empiecen a pedirle cuentas.

También se ha dicho que aparte de eso, las prórrogas son importantes para mantener los ERTE. Y hay cientos de miles de trabajadores y miles y miles de empresas que dependen de eso. Ellos, los interesados, lo saben a ciencia cierta. 

Sin duda Vox, más ultramontano cada día, está siendo blanqueado por los herederos de Aznar y FAES.

Luego están las mastinas y los mastines de presa como Cayetana Álvarez de Toledo y ese señor de Murcia –como él mismo se definió una vez– Teodoro García Egea, experto campeón en escupir a distancia pipas de aceitunas que es secretario general del PP. Cayetana Álvarez de Toledo llamó terrorista al padre de Pablo Iglesias, que estuvo en el FRAP, porque Iglesias la había llamado marquesa –que lo es– con retintín. 

El problema es que meterse con los padres o los abuelos en esta España es peligroso. Si mira a su alrededor, la portavoz del PP puede encontrarse con padres y abuelos de ocupantes actuales de los escaños de la derecha que no son precisamente ejemplares, ni en la república, ni en la guerra civil, ni después. Ahora estoy terminando de leer la Historia de la Guerra Civil Española de Antony Beevor y me he encontrado con algún nombre curioso que valida el dicho de que “de casta le viene al galgo”. 

Y García Egea, como insiste con el arcabuz y hace grandes esfuerzos por mejorar, no puede faltar en este relato: dice que Sánchez quiere que jueces y Guardia Civil sean como el CIS de Tezanos o la TVE de Mateos. ¿Pero quién demontres tiene la culpa de que TVE no sea como fue después de Aznar y antes de Rajoy, con autonomía y una dirección que necesitaba ser consensuada por una mayoría cualificada del Congreso? Fue el PP quien cambió la ‘inspiración BBC’ y aquellas normas para poder ejercer a su arbitrio el ‘derecho de manipulación’ y tiro porque me toca. Y luego, cuando llegó, Sánchez ha mantenido la fórmula PP. 

Todo lo cual se agrava porque sin duda Vox, más ultramontano cada día, está siendo blanqueado por los herederos de Aznar y FAES. Pero basta con reunir una detrás de otra sus declaraciones, sus insultos, sus mentiras contra los inmigrantes, los ‘peligros’ que anuncia, sus ‘caceroladas’ pidiendo ¡libertad! para comprobar que son extrema derecha pura y dura. 

Por ahora el espectáculo recuerda aquellos teatrillos de títeres en que el malo, provisto de un gran garrote, no paraba de perseguir al bueno.

Los dirigentes del PP deberían recomendar a su huestes la visualización de unas apasionadas palabras de la canciller alemana Ángela Merkel en 2019. Dijo, en un momento del debate, cuando una diputada neonazi hizo el gesto de cortarle el cuello a otro diputado, lo siguiente: “Hay libertad de expresión en nuestro país. A todos aquellos que dicen que no pueden expresar sus opiniones les digo: si das tu opinión debes aceptar el hecho de que te puedan llevar la contraria.(…) Pero la libertad de expresión tiene sus límites. Esos límites comienzan cuando se propaga el odio. Empiezan cuando la dignidad de otra persona es violada. Esta cámara debe oponerse al discurso extremista. De lo contrario nuestra sociedad no volverá a ser la sociedad libre que es”. 

¿Lo diría Pablo Casado?.

Igual me gustaría que Sánchez reaccionara con rotundidad ante los discursos de activista taimado de Iglesias, sus enredos, su jesuitismo preconciliar y su zafiedad dialéctica, que están contribuyendo notoriamente a frustrar con efectos secundarios un experimento que la lógica de los tiempos parece haber condenado al fracaso.

Por ahora el espectáculo recuerda aquellos teatrillos de títeres en que el malo, provisto de un gran garrote, no paraba de perseguir al bueno, mientras la chiquillería al borde de un ataque de nervios gritaba para avisar a la pobre víctima, que siempre salía ilesa de las trampas.