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19/06/2020 10:14 CEST | Actualizado 19/06/2020 10:14 CEST

Una vez tumbadas las estatuas, ¿qué hacemos?

¿Tiene sentido tumbarlas? ¿Acabamos entonces con todos los monumentos?

Jorge Silva / Reuters
Imagen de archivo del derribo de una estatua de Cristóbal Colón en 2004, en Caracas

A estas alturas del camino ya sabemos que Colón no descubrió América, la historia, apoyada por la antropología y la etnografía, nos enseña que no fue el primer explorador en visitar el continente. Tan claro les quedó a quienes les recibieron que se sabe que las comunidades indígenas les nombraban como personas de paso. Esperaban que, al igual que los anteriores, se marcharan como habían llegado, pero ya sabemos que esto no fue así. 

En la lengua chibcha, que era utilizada en lo que hoy es el altiplano cundiboyasence en Colombia, se cree que la comunidad muisca usaba para referirse a estos la palabra gueva, cuyo significado es “extranjero o viajero, persona de otro lugar”, palabra que casualmente hoy se usa para definir a una persona no muy astuta. Esos curiosos giros del lenguaje... y por favor no me malinterpreten.

Descubridores, lo que se dice descubridores, pues tampoco. Así como decía un antiguo amigo profesor de química, “se descubre la penicilina, por ejemplo, al igual que sus usos. América no fue descubierta, ya estaba allí. Eso no fue un descubrimiento, como mucho un accidente, porque según lo que sabemos de sus planes, ni siquiera iban para allá”.

Y es aquí donde está el quid de la cuestión. 

Se nos ha enseñado la historia como un mero relato de hechos. Una especie de novela, narrada a conveniencia de quienes salieron triunfantes de los grandes eventos, o de quienes, desde su perspectiva, han hecho el análisis y el recuento de estos. 

Será por ello que quizás las mujeres seguimos estando increíblemente invisibilizadas en las narrativas históricas, y es que casi parece que ha sido hasta hace unos pocos siglos que comenzamos a existir, como si al igual que a América, alguien nos hubiese descubierto. Pero sobre todo ignorando. 

Cómo se supone que podría existir este mundo sin nosotras. ¡Por favor! Un poco de sentido común.

Tenemos que hacer un gran esfuerzo para que tanto señor vociferante entienda que la historia, tal y como la han construido, no es sólida como las estatuas que adoran. Ni está inscrita en piedra ni está hecha de bronce. 

Entender la historia como si se tratase de un ente vivo, que nos ayuda a mirar al pasado, nutriéndose del presente para ayudarnos en la construcción del futuro, es la única opción. De lo contrario estaremos eternamente como quien se estrella una y otra vez contra un muro sin importar que se desangre por las heridas que esto le ocasiona. 

No servirá de nada dejar un espacio vacío, sin un relato que ayude a la memoria, aquí y ahora.

Y es que para qué seguir rindiendo homenaje a esos símbolos de piedra o bronce, que perpetuaron las desigualdades sociales a lo largo de los siglos y por todo el mundo. Y es que posiblemente, si hacemos una revisión concienzuda, no quedaría casi ninguna estatua en pie. No tiene sentido que el río de la historia los siga empujando hacia delante, para seguir golpeándonos contra ellos.

Ahora parece que por fin entendemos cómo con su prepotencia, su violencia, su discriminación y su voluntad de exterminar y/o explotar, se construyó este sistema insostenible, que cada día hace más profundas las grietas entre todas y todos por tantas y tan diversas razones.

Pero, ¿se solucionará esto con quitar las estatuas y posiblemente en el futuro poniendo otras? Personalmente, creo que no. 

Creo que no servirá de nada dejar un espacio vacío, sin un relato que ayude a la memoria, aquí y ahora. Pero necesitamos un relato que ayude a explicar en el futuro qué fue lo que paso; es más, que ayude a saber a quienes vienen detrás quién estuvo dignificado allí, por qué y en qué contexto, pero sobre todo por qué se decidió quitarle.

El debate sobre el Valle de los Caídos, en España, es un buen ejemplo de ello. 

Durante años, ese lugar figuró allí imponente en las montañas de la sierra de Madrid como el monumento a la dignificación de la dictadura franquista. Fue la tumba de Francisco Franco construida a costa de la vida y la libertad de muchas personas que se opusieron a su régimen; y que cada semana era exaltada por esos “nostálgicos” que por fin os habéis dado cuenta, no son pocos, como tantos años defendían quienes creían que en España el fascismo ya estaba erradicado.

El Gobierno decidió finalmente sacarle de allí y llevarle al cementerio donde está su parte de su familia, en un lugar donde deje de rendírsele tributo, salvo para ser visitado por su familia y personas allegadas. 

¿Y ahora qué hacemos con la gran cruz y toda esa construcción opulenta que tanta sangre costó? ¿Lo desmantelamos? ¿Lo quitamos como las estatuas? ¿Lo usamos para contar esa parte de la historia que aún se sigue negando? 

A mí me parece más sensata esta última opción y sobre todo necesaria. 

No se puede olvidar la historia. Hay que contarla. Contarla, desde todas las perspectivas. Reescribir la historia.

Usemos el Valle para contar la historia, la de verdad. Si no lo hacemos esos nostálgicos, a quienes prefiero llamar ‘negacionistas’, seguirán alimentando los falsos mitos a lo largo de los años, porque si quitamos las estatuas o los monumentos, se quedará una hoja en blanco para que ellos sigan escribiendo, desde la impunidad que siempre han tenido.

Hace muchos años, cuando mi abuela visitó los campos de concentración de los nazis, me contó lo que allí se sentía; ella lo definió como una mezcla inmensa de dolor y rabia, pero también de agradecimiento para quienes habían decidido mantener aquello en pie y contar a los millones de visitantes que van cada año, lo que allí sucedió. 

No se puede olvidar la historia. Hay que contarla. Contarla, desde todas las perspectivas. Reescribir la historia. Crear narrativas justas y reales de por dónde hemos pasado, para saber a hacia dónde queremos ir y lo que no queremos repetir. 

Tumbar las estatuas o no, es solo una parte del camino, que afortunadamente ya empezamos a recorrer, ahora vamos a trabajarnos el presente, revisando ese pasado y pensando en un futuro que ojalá empiece bien y diferente.

Nos jugamos mucho y por eso la sensatez es clave aquí, o correríamos el riesgo de revivir lo que tuvo que sentir Olympe De Gouges cuando se enfrentó a la “Declaración de los Derechos del Hombre y en Ciudadano” y se dio cuenta de que, una vez más, las narrativas y las reivindicaciones habían dejado fuera nuevamente a las mujeres. 

NUEVOS TIEMPOS