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14/05/2018 07:31 CEST | Actualizado 14/05/2018 07:31 CEST

El increíble partido menguante

EFE

En El increíble hombre menguante, un clásico de Richard Matheson adaptado al cine, Scott Carey se ve envuelto en una nube que provoca extraños cambios en su cuerpo. Poco a poco, pierde peso y altura hasta hacerse casi invisible y su vida se convierte en una tragedia. Es la historia de una lucha constante por la supervivencia.

Cataluña ha sido, aunque no sólo, el cirro que ha hecho del PSOE una marca menguante. Y desde que en septiembre el conflicto catalán se convirtiera en exclusivo protagonista del debate nacional, los socialistas no han vuelto a ver -salvo las encargadas por ellos mismos- una encuesta favorable.

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Lejos queda ya aquel CIS de agosto de 2017, en el que todo el mundo hablaba del "efecto Sánchez". El secretario general acababa de renovar su liderazgo orgánico y el Centro de Investigaciones Sociológicas le otorgó entonces de golpe un subida de cinco puntos en intención de voto hasta situarle en el 25%, a menos de cuatro de distancia del PP.

Desde entonces, y a punto de cumplirse la próxima semana un año de aquellas primarias, el PSOE y Sánchez han ido diluyéndose en la escena pública. Tanto que Ciudadanos y Albert Rivera han conseguido arrebatarle, sin demasiado esfuerzo, no sólo la segunda posición del tablero en la mayoría de los sondeos, sino también la condición de jefe de la oposición a efectos parlamentarios y de opinión pública.

¿La explicación al deterioro está sólo en Cataluña y en Ciudadanos? En absoluto. Que los socialistas sean hoy actores secundarios de la política y que su marca no capitalice el desgaste de un PP calcinado por la corrupción y sin una mayoría holgada en el Parlamento, es un fenómeno con más de una causa. Aunque es un hecho que el debate territorial nunca le reportó un sólo voto y le abrió no pocas fisuras internas.

¿Es Cataluña? ¿Es el líder? ¿La falta de proyecto? ¿La estrategia? ¿El equipo? ¿La comunicación? ¿La conjura mediática?

Depende a quien se pregunte. Si quienes hablan son los actuales inquilinos de Ferraz, no hay estancamiento, tan sólo estamos ante la consolidación de un mapa político fragmentado con un triple empate en el que el PSOE aún tiene opciones de victoria en las generales. Esto, y que hay una conjura mediática y empresarial para ignorar al socialismo de Sánchez en favor de Ciudadanos, es el análisis más repetido en la dirección federal.

Las causas de la menguante presencia política y electoral del PSOE son otras para quienes no se alimentan sólo de los argumentarios de la versión oficial. La primera es que conquistar el liderazgo orgánico no tiene por qué traducirse inmediatamente en un liderazgo social, y que en las primarias no siempre se elige al mejor aspirante desde el punto de vista electoral.

Pero hay muchas más, además de la que sostiene que el líder del PSOE no tira ni empatiza. Por ejemplo, que los miembros de la Ejecutiva Federal, en lugar de ser primeros espadas con las que suplir las carencias del líder, son grandes desconocidos, que están ausentes de la escena y, además, carecen de peso político.

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Cuando se habla del manifiestamente mejorable equipo que asiste a Sánchez como secretario general, siempre salen los nombres de Margarita Robles y Adriana Lastra, cuyas apariciones públicas producen en sus propias filas una mezcla de amargura, vergüenza ajena y nostalgia de quienes les precedieron a ambas en sus respectivos puestos, la portavocía de la Cámara Baja y la vicepresidencia del PSOE.

Lo que para Sánchez fue un valor en las primarias se ha convertido hoy en una rémora, ya que no tener escaño en el Congreso le obliga cada semana a ceder ese espacio a segundos niveles que no dan la talla. Y su agenda como secretario general, ya sea en España o fuera de ella, tampoco ha conseguido imponerse a los espacios parlamentarios en blanco, lo que indica que, de haber conservado el escaño, tampoco es seguro que hoy tuviera una valoración distinta entre la ciudadanía.

Salvo excepciones como la de Ábalos, Narbona, Calvo, Escudero o Tezanos, poco a poco se completa el círculo de un partido instalado en la irrelevancia no sólo en los sondeos. Esto sin entrar en detalles sobre la escasa o nula presencia de la inmensa mayoría de los 50 miembros de la Ejecutiva, empezando por un portavoz, Óscar Puente, que ni porta ni tiene voz sobre muchos de los asuntos que ocupan la actualidad política, salvo en su cuenta de Twitter. Y no porque no quiera tenerla, sino porque en Ferraz han decidido que no la tenga. Ni él ni otros muchos, que también integran la dirección federal pero hace meses que no se sabe de ellos.

Salvo Sánchez, Lastra, Ábalos y desde hace meses, con más intensidad Carmen Calvo, en Ferraz han decidido que el resto de la Ejecutiva carezca de protagonismo alguno en los medios. Ni siquiera quienes más experiencia acumulan y deberían estar en primera línea por el tema catalán como Patxi López, en su calidad de secretario de Política Federal, o Guillermo Fernández Vara, como presidente del Consejo Territorial.

Claro que no todo es cuestión del líder y del equipo. La marca PSOE está tan ajada, la estrategia es tan errática, el proyecto tan indefinido, la política de comunicación tan nefasta y la falta de unidad interna tan clamorosa, que con estos mimbres el milagro sería ser primera fuerza política.

Todo se resume en que el PSOE no inspira confianza. Un drama para una marca con casi siglo y medio de historia y la que más tiempo ha gobernado España en democracia. Y que hoy no está en la escena, salvo cuando Rajoy le agradece los servicios prestados y pide a Ciudadanos que siga su ejemplo.

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Igual que hay amores que matan, hay elogios -como el regalado por Rajoy a Sánchez después de que éste dijera en una entrevista que el PP no estaba tan mal como dibujan las encuestas- que es mejor no escuchar nunca. Y el que el presidente brindó al líder del PSOE la semana pasada en el Congreso era puro veneno para un partido al que si algo deterioró fue que se le acusara en su día de practicar las mismas políticas que la derecha ante la crisis económica y que, años después, se abstuviera en la investidura de Rajoy.

En el fondo, Rajoy y Sánchez se necesitan mutuamente en un escenario multipartidista en el que a los dos les ha salido un competidor en su mismo espectro ideológico que trata de desplazarles. El mapa político que salga de las urnas en 2020 obligará a trazar alianzas más allá de los bloques izquierda-derecha, ya que ni la suma PP-Ciudadanos ni la alianza PSOE-Podemos de momento son suficientes para garantizar la gobernabilidad. Y la de socialismo menguante es ya sólo una lucha por la supervivencia.

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