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02/03/2019 12:02 CET | Actualizado 02/03/2019 12:49 CET

1984: nos controlan y lo permitimos

Telecinco

Vivimos en una sociedad hiperconectada en la que la imagen aparente prima siempre a la realidad. Si eres, es por lo que muestras. Por lo que dices ser. Por el número de seguidores que tienes en las redes sociales. Por el tipo de persona que el resto ve reflejada en una imagen. George Orwell, en uno de los libros cumbre del género distópico, 1984, dijo aquello de "el Gran Hermano te vigila". Esa afirmación con la que comienza su texto, nos sirve para conocer cuál es el germen de la sociedad en la que vivimos.

"El Gran Hermano te vigila", George Orwell en 1984.

Gran Hermano, uno de los programas televisivos con mayor target de audiencia de las últimas décadas, se creó como un programa a modo de estudio sociológico en el que más de diez personas anónimas dejaban de serlo al ser controladas las 24 horas del día por las cientos de cámaras que se instalaban dentro de la casa de Guadalix de la Sierra, Madrid. Ese experimento sociológico, de la era anterior a las redes sociales, nos condujo a cambiar, en primer lugar, uno de los cánones más importantes de la sociedad anterior: la fama, como tal, ya no costaba. Pasamos de tener como referente al cantante de éxito para que contase más qué tenía que decir una persona que había estado encerrada más de dos meses en una casa por una cantidad no desdeñable de dinero.

El modelo del reality show se transformó en un objetivo, en un punto a seguir dentro de cualquier formato televisivo. Cuando estaba en la carrera de Periodismo, hubo un profesor que en una ocasión me aseguró que la información sólo se fabrica en la prensa escrita y en la radio. La televisión, en cambio, se estaba convirtiendo en un lugar en el que la subjetividad y el amarillismo tomaban partida.

Comenzaron con el periodismo rosa. ¿Quién no recuerda cómo se trataba al famoseo en Hola o Semana? El corazón se convirtió en un escaparate perfecto para sacar los trapos sucios de los nuevos famosos. Aquellos concursantes de Mujeres, Hombres y Viceversa que destacaban más por su nivel físico que por su altura intelectual; los Grandes Hermanos que habían conseguido una silla desde la que comentar qué ocurría con Pantoja o la hija de la Esteban.

En segundo lugar, lo hicieron con la literatura. Y las grandes editoriales comenzaron a publicar a grandes estrategas (no me negaréis que no es estrategia vivir de un universo en el que destacas por haber tenido una relación sexual con tal o cual persona). Cayó casi en el olvido el elenco de escritores y escritoras que, para soñar con el mundo que fabricaban con sus palabras viajaban, leían y vivían. Vendía más la Esteban con un libro discutible que Antonio Molinas, con todos mis respetos para sendas figuras dentro de sus campos.

Por último, lo han hecho con el campo de la política. Han convertido al Congreso y al Senado en el plató perfecto para una caza de brujas constante. La banalización frente al respeto institucional. El insulto a cambio de las buenas palabras. Cadenas que producen contenido para ensalzar ciertas candidaturas, carentes de derecho y, en ocasiones, contrarias a nuestro marco jurídico.

Los cánones de la sociedad, gracias al impacto de las redes sociales están cambiando.

El movimiento produce cambio. Todo movimiento lo hace, lo consigue y lo ejecuta. Los cánones de la sociedad, gracias al impacto de las redes sociales están cambiando, han experimentado una modificación acelerada de lo anterior. Un retorno a la idea del sujeto individual parte de una sociedad separado del concepto de masa anterior. Vigilados y puestos en tela de juicio, las personas de este siglo XXI nos enfrentamos al reto ético de saber qué está bien y qué está mal en cada momento. Una decisión difícil en un momento en el que estamos sobreinformados.

Distintas campañas políticas se han diseñado en torno a la utilización de la red de redes como lugar en el que captar a las personas más vulnerables. Bajo la idea del 'difama que algo queda', el anonimato de las redes nos ha permitido ver cómo algunas de las cuestiones que se han llevado en los últimos tiempos a debate o bien no procedían de una fuente fidedigna o simplemente eran mentira.

La ineducación del pueblo, a la contra, ayuda a que aquellos que no contrastan la información, aquellos que son más vulnerables, sufran en sus propias carnes el duro sabor de la manipulación. Y en muchas ocasiones no lo saben. A manipular, por tanto, se aprende manipulando. Y ¿es quien manipula el culpable o quien cree lo que le dicen? Sinceramente, es una pregunta a la que no debemos responder.

Hace poco, en una entrevista de trabajo, hablaba con el recruiter sobre la deontología y el periodismo relacionados con el cambio social que estamos viviendo. En concreto, hablábamos de la irrupción de las redes. Esas que muchos ven como canal y que, en mi caso, las utilizo como un producto. Esa delgada línea entre canal y producto es la que debe diferenciarnos a quienes nos dedicamos a la comunicación. Mía es la labor de hacer del producto un producto útil, del que puedan nutrirse las necesidades que tiene el consumidor de la información tanto como derecho fundamental que esta es como deber que tiene el ciudadano de mantenerse informado.

Suyas son las ganas de que absorbamos sus ideas. Nuestra es la necesidad de que no nos la cuelen.

No debemos olvidar que nos vigilan. Realizan impresionantes bases de datos en las que aparecen todas nuestras preferencias. Estudian toda nuestra interacción e intentan sacar sus propias conclusiones para poder hacernos moldeables. Quieren que seamos su propio ejército. Suyas son las ganas de que absorbamos sus ideas. Nuestra es la necesidad de que no nos la cuelen. Una información rápida puede ser buena o mala. Una información elaborada por profesionales con un sentido marcado de la ética y la honestidad jamás tendrá un resultado negativo. Los médicos operan. Los arquitectos diseñan. Los periodistas informamos.

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