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16/06/2018 14:06 CEST | Actualizado 16/06/2018 14:06 CEST

Dos Colombias: 'Dux versus Petrus'

MicroStockHub via Getty Images

La más alta participación en una primera vuelta en Colombia en número de votos, que no en porcentaje sobre el total del censo, auguraba esta polarización y crispación que vivimos para la segunda vuelta de la presidenciales. Los colombianos, en esta nueva reedición "light" del bipartidismo sangriento, pasan de las telenovelas de la noche a los sesudos análisis electorales, para evitar lo que cada cual considera que puede ser un desastre trágico. Para unos, la victoria de Iván Duque y la vuelta de Uribe con el establecimiento de este nuevo Ducado del terror policial represivo. Para otros, la llega al poder de Gustavo Petro y el riesgo de abrir la puerta a un "castro-chavismo" a la colombiana:...Et in Petrus FARC edificaren ecclesia sua, palabras bíblicas para expresar que Petro es el Caballo de Troya de las FARC.

Éste es el tono demagógico fruto de dos imaginarios sin posibilidad de reconciliación, el magma político electoral en el que históricamente los hermanos hispánicos nos sentimos como en casa: el de punch político de "colmillo retorcido" y siempre teniendo la referencia político electoral de "enemigos" a los que insultar. Ambos elementos, claramente heredados del ADN enfermizo de la colonia. Lo de las Dos Colombias no es nuevo, ya estaba en la herencia histórica bipolar recibida.

El enfrentamiento entre posiciones extremas que muchos temían para esta segunda vuelta, también todas las encuestas -parece ser el único país en donde aciertan- es un hecho que contagia exponencialmente el tejido social para teñirlo todo de visceralidad demagógica; incluidas también las relaciones personales y familiares. Y de esta forma, el futuro de la puesta en práctica de la Paz recién conseguida se regirá por los viejos parámetros politiqueros frentistas que llevan a esta bipolaridad enfermiza entre los ciudadanos y no por la nueva política que debería haber supuesto el escenario deseable en el post Acuerdo de Paz.

Mucho más cuando después de varios meses -años si contamos el plebiscito del Acuerdo de Paz- los estados de opinión se han movido por las bajas pasiones de la política tradicional del voto "anti". Ya tenemos delante la duda hamletiana: mantenemos el Acuerdo y lo suscrito con su ambición reformadora o, por el contrario, le pegamos una revisada grande antes de cumplir, pase lo que pase después.

Las opciones que pudieran suponer una diversificación del espectro ideológico electoral y más próximas al Acuerdo y a su estricto cumplimiento, dentro de un país que no sea tan polarizado, capaz de superar el síndrome bipolar histórico, se han quedado en el camino. Sin embargo, parece necesario antes o después, rescatar esa idea del profe Sergio Fajardo, para establecer un gran Pacto Nacional entorno al Acuerdo de Paz y entre algunas de las grandes políticas de Estado para conseguir lo que nunca se ha logrado en el proceso político colombiano: líneas de continuidad y coherencia a medio y largo plazo para sacar a esta Nación del "síndrome de Penélope" tejiendo en el día lo que vamos a descoser de noche.

En definitiva, una segunda vuelta con Duque destacado, ya no es decir sí o no al Acuerdo de Paz, sino la impresión generalizada de que dicho Acuerdo, así planteado y gestionado por un gobierno instalado en la improvisación y por una guerrilla reconvertida pero que mantiene nombre y presuntamente algunos de sus viejos hábitos, camina hacia el fracaso sin que vaya a suponer un nuevo proyecto de futuro para ese país, en donde raro es el día en el que no es asesinado un líder social o un defensor de los derechos humanos. Y ya van más de trescientos desde la firma del Acuerdo.

Las clásicas dinámicas de bipolaridad, también en esta representación electoral en dos actos, demuestra que lo más fácil, incluso después de más de tres años de negociación, era firmar y lo más difícil es cumplir lo rubricado; aun así, el principal objetivo en esta apuesta para superar la violencia era que los colombianos asumieran el proceso como un reto personal y colectivo; este objetivo último de pedagogía y de nueva identidad colectiva dialogante por y para la reconciliación, no se está cumpliendo, y de esta forma, es muy difícil avanzar hacia una Paz firme y duradera.

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