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07/09/2015 07:02 CEST | Actualizado 07/09/2016 11:12 CEST

Apología de la imperfección

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Es agotador. Vivimos unos tiempos en que la perfección está tan sobrevalorada que sucumbimos sepultados por su peso. Ser perfectos se ha convertido en una deber que la sociedad nos ha impuesto, una dura tarea cuya presión es de tal magnitud que nos atrapa en un imposible y suicida intento de llegar a todo y además hacerlo bien. Se espera de nosotros que tengamos un cuerpo perfecto y una salud perfecta (convirtiendo la salud en una obligación y no un derecho que nos haga más rentables a las arcas del Estado); que seamos la pareja, el amante y el padre perfectos, al mismo tiempo que trabajadores perfectos (aunque su conciliación con la vida familiar sea una fantasía). Que seamos socialmente perfectos en una sociedad de ciudadanos perfectos, perfectamente sometidos.

Y esa búsqueda de la perfección en todo lo que somos y hacemos puede llegar a ser tan estresante, si no cejamos en el empeño de tanto en tanto, que podemos acabar enfermando al convertirse ese propósito en una fuente de conflicto interno insoportable. Menos mal que tenemos las tentaciones como válvula de escape y paramos con frecuencia a echar unas cañitas en ellas (por algo somos imperfectos). Es más, por favor, ¡avisadme si no caigo en la tentación de pecar! Porque a la postre, si la imperfección y el conflicto inherente nos define, la tentación nos humaniza tanto como aquélla.

Es la obsesión por la perfección la que nos daña. Sin embargo, reconocer nuestra imperfección y asumirla es el recurso indispensable que nos ayuda a evolucionar. Decía Rita Levi-Montalcini en su exquisito Elogio de la imperfección, que la ventaja de creer en ella en todo lo que emprendemos representa el estímulo para mejorar y superarse. Y aceptar esta premisa necesariamente nos acerca a los demás y nos hace más humildes, en un viaje donde la esperanza en la mejora de nosotros mismos lo llena todo.

También decía que "en lugar de añadir años a la vida, es mejor añadir vida a los años". Lo dijo a sus 103 años, convencida de ello y de las imperfecciones que le impulsaron a llegar a esa meta y a lo que fue. Así que apliquémonos el cuento y empecemos a tomar las nuestras como oportunidades de mejora y esencia de nuestra personalidad; sin más agobio impuesto que el crecimiento personal, asumiendo su relevancia como motor para perfeccionarnos y sin miedo de pecar cuando el camino se nos hace demasiado cuesta arriba. Porque la imperfección, la equivocación, no llegar a todo y aceptarlo, al fin y al cabo, no solo forman parte de la existencia, sino que llenan en gran medida el vaso que la contiene, convirtiendo la vida, paradójicamente, en una experiencia perfecta.

El plato de hoy, como todo en esta vida, se puede perfeccionar, en tu mano está el hacerlo, pero te aseguro que te saca del paso con solvencia y a mí me dejó en buen lugar. Es una versión libre de lo que entendemos por un cuscús, que se ajusta perfectamente imperfecto a la idea ortodoxa que tenemos de mismo: cuscús al 'libre albedrío'; es decir, cuscús elaborado con lo que pillas por la nevera y lo que tengas por los armarios. Y he de reconocer que el resultado sorprende gratamente por lo buenísimo que está. Si "con diez cañones por banda, viento en popa, a toda vela, no corta el mar, sino vuela, un velero bergantín (...)", con un puñado de granos de cuscús, dos berenjenas y dos codornices deshuesadas, esta receta despega como el Apolo XI en vuelo directo a los órganos sápidos del placer. Un plato original, ligero y sabroso, que sorprenderá a todos, incluso a aquellos que tienen en la ortodoxia y la perfección su única bandera.

Que lo disfrutes.

NECESITARÁS (para 4 personas)

  • 300 g de cuscús.
  • 1 lata de codornices en escabeche.
  • 2 berenjenas grandes.
  • El mismo volumen de caldo de pollo que de cuscús.
  • Harina de tempura.
  • Sal y pimienta.
  • Aceite de oliva virgen extra.

ELABORACIÓN

  1. Vierte el cuscús en un bol, calienta el caldo y échaselo. Remuévelo con frecuencia para que vaya soltándose poco a poco. Añade sal y pimienta al gusto y un chorrete de aceite de oliva virgen extra para que quede perfectamente suelto y suave.
  2. Pela las berenjenas y córtalas en discos de medio centímetro de grosor aproximadamente. Salpimienta y pásalas por la harina. En una sartén, con abundante aceite muy caliente, ve friéndolas por tandas. Pásalas por papel absorbente para eliminar el exceso de aceite.
  3. Deshuesa las codornices.
  4. Emulsiona el caldo del escabeche con el trocito de puerro o la hortaliza que presente la lata en la batidora.
  5. Emplatado: en un tajine o fuente apropiada, dispón en el fondo el cuscús. Sobre el mismo, la berenjena, formando círculos concéntricos y en el medio la codorniz deshuesada. Añádele parte de la salsa al hilillo por encima.

Umm, facilísimo y espectacularmente delicioso. A disfrutar.

NOTA

Puedes hidratar el cuscús sólo con agua o hacer el caldo tú, yo he utilizado uno de tetrabrik y ha salido perfecto. Por supuesto, la perdiz, el pollo o el conejo en escabeche deshuesados le irán del mismo modo perfectos. Un par de huevos fritos por encima y después rotos le dará un toque insuperable.

MÚSICA PARA ACOMPAÑAR

Para la elaboración:Don't stop til you get enough, Anthony Strong

Para la degustación: Creep, Vintage Postmodern

VINO RECOMENDADO

Marqués de Chivé tinto crianza 11. DO Utiel-Requena

DÓNDE COMER

En mesa grande, rodeado de amigos o familiares que propicien la buena cháchara. Sírvelo en el centro, rompe y mezcla todos los ingredientes, sirve y que alucinen.

QUÉ HACER PARA COMPENSAR LAS CALORÍAS

Apenas nada, salvo unos cuantos aspavientos para elogiar la pitanza, y tal vez bajar al sótano con algo más de energía de lo habitual a por algo más de vino.