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20/11/2013 07:25 CET | Actualizado 19/01/2014 11:12 CET

Solidaridad racional

Nos sentimos en la obligación de correr en la ayuda de otros. Y tan encomiable acción nos viene devuelta en forma de gran elogio por parte de los medios de comunicación, en forma de narcisismo colectivo. Preferimos una solidaridad que todavía tiene ecos de limosna, que la solidaridad de racionales cuotas.

La respuesta de la solidaridad de los españoles a las causas del tifón que asoló Filipinas ha vuelto a ser ejemplar. Ni la crisis económica ha podido detenerla. Sin embargo, los expertos dedicados a la ayuda se quejan del carácter impulsivo de esta sociedad, de manera que solo arranca cuando las catástrofes abren los informativos y los periódicos.

Hay que reconocer que la introducción de la racionalidad en las emociones no es tarea fácil. Y la solidaridad tiene un fuerte componente emocional. Es más, la introducción de la lógica de la racionalidad en general en una cultura tiene enormes dificultades. Es un proceso de años y años, que tiene menos que ver con los estereotipos culturales -el somos de esta manera o de aquella- que con los procesos de modernización social, cultural, institucional y económica experimentados por una sociedad, y con la configuración de su estructura social cuando se habla de solidaridad internacional. Proceso de modernización y forma de estructura social que, hasta ahora, han estado articuladas entre sí. Hay que tener en cuenta que esa solidaridad internacional, basada en unos valores que tienen en su centro la asunción como semejantes de todos los seres humanos, radica especialmente en las clases medias; frente a la solidaridades de sangre, tribal o comunitaria. Y forma parte de un proceso civilizatorio del que podemos sentirnos orgullosos como especie. Un proceso que, sin embargo y como otra cara, puede leerse como un proceso de progresivo control de las emociones, como nos apuntó el gran Norbert Elias.

Por un lado, las impulsivas emociones. Por otro lado, la necesidad de canalizarlas, de convertirlas en proyectos, de engarzarlas con la prevención. La necesidad de su institucionalización. Entendemos la solidaridad cuerpo a cuerpo; pero no la estratégica.

La modernización española todavía está en un punto en el que sigue siendo recelosa de las instituciones. Tienen que ver los años acumulados de falta de democracia a lo largo de nuestra historia, de manera que hemos tendido a mirar las instituciones como impuestas, como algo ajeno. A sospechar de la institucionalización. Ello no quiere decir que se sospeche de las ONG, que actualmente están entre los actores sociales que reciben mayor confianza de los españoles, según las encuestas. Es la propia institucionalización de lo que se recela. Las ONG prefieren socios, constancia, institucionalizar la relación. Aquí se recela del asociacionismo. Seculares son las quejas sobre la debilidad de nuestra sociedad civil, más sostenida por arriba -por los poderes públicos y las subvenciones de la Administración- que por la convencida acción de los de abajo, que es lo que, en definitiva, da independencia.

El asentamiento del proceso de modernidad está también vinculado a una temporalidad, la del futuro. El alcance de nuestra modernidad todavía aparece dominado en buena medida por una temporalidad del presente. Cuestión que, además, ha podido agravarse con la crisis, cuando las incertidumbres sobre el futuro crecen. En tiempos de futuro evanescente, es más difícil que calen mensajes de implicación con el desarrollo de los países, del futuro de otros países. Nuestras ayudas son del presente, para el presente. Se nos explica en términos racionales: las inversiones en desarrollo de los países terminan siendo menos costosas que la atención y el esfuerzo de recuperación tras la catástrofe que se podría haber evitado con tales inversiones, además de, claro está, evitar las muertes que la propia catástrofe conlleva. Pero para asumir tales razones, hay que tener otra racionalidad. La de la previsión, la del proyecto. La de la mirada hacia el mañana. Miremos a nuestro alrededor: ¿la tienen los empresarios españoles que apenas alcanzan a mirar más allá de la obtención del beneficio de hoy, aun cuando sea hambre para mañana? ¿la tienen los políticos, a los que se venía avisando de que el mañana podría tener crisis y peores días y que, por lo tanto, había que ir preparando el mañana? Aquí el futuro son solo sueños y promesas, pero no proyectos.

Para lo malo y para lo bueno, tenemos casi todos incorporado la misma cultura de la modernidad. Bien es cierto que en distinto grado, según miremos en la estructura social. Ambos aspectos son los que nos configuran como sociedad diferenciada, tanto de unos, los denominados países más desarrollados. Como de otros países. También cuando se trata de poner en marcha la donación. Nuestra lógica del don sigue estando dominada por el gran ceremonial, ahora representado en los medios de comunicación, y del socorro reactivo. Nos sentimos en la obligación de correr en la ayuda de otros. Y tan encomiable acción nos viene devuelta en forma de gran elogio por parte de los medios de comunicación. Se nos devuelve en forma de narcisismo colectivo. Preferimos una solidaridad que todavía tiene ecos de limosna, que la solidaridad de racionales y racionalizadas cuotas.