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16/01/2019 07:26 CET | Actualizado 16/01/2019 07:26 CET

Morir y renacer

Getty Images

Para renacer es necesaria una muerte previa, pero puede haber muerte sin renacimiento. No me refiero a la muerte biológica, a la que todos llegaremos algún día, me refiero a los grandes episodios de dolor a los que muchos nos enfrentamos, a esos momentos que suponen un frenazo en nuestra vida, que la ponen patas arriba, en los que se desmorona no sólo nuestro presente sino también ese futuro que fuimos construyendo. Me refiero al dolor físico y al psicológico, incluso, como consecuencia de ellos, al dolor moral, a esa herida que se abre en nosotros y que supone un abismo al que da terror asomarse. Bueno, pues tras esa muerte es posible renacer, llegar a ser un hombre nuevo, tras haber mirado a la muerte de frente es posible perderle el miedo y descubrir que nada nos llevaremos a ella, que todo lo que acumulamos luego después será un peso que sólo logrará hundir la barca de Caronte y que el tiempo al que a ello hemos destinado será un tiempo desperdiciado. Es posible sobrevivir tras esa muerte y despertar en nuevos amaneceres, elaborar nuevos sueños más pequeños y tímidos pero que nos permitirán sonreír de nuevo, transitar nuevos caminos más cortos pero más entrañables, más sombríos a veces pero en los que respiraremos con más profundidad y en los que nuestra mirada no estará vacía sino que despertará vibraciones hasta entonces desconocidas y nos hará repensar toda nuestra vida.

Este es quizá el objeto de nuestra vida, saber aprovechar cada muerte para enderezar nuestro camino y saber aprovechar cada renacer de los otros para hacerlo nuestro.

Sí, hay un importante peligro, construirnos la gran burbuja en la que habitar en solitario, pensar que nuestro dolor es todo el dolor del mundo, valorar que no hay cuestión prioritaria más allá de nuestra salvación, pensar que ese caparazón que nos separe mitigará nuestro sufrimiento, que ya no hay más vida que esa muerte lenta y tenebrosa a la que parecemos condenados y que todo lo demás ha dejado de tener importancia. Pero el dolor sigue más allá de nuestra ventana y nuestras paredes y a menudo es mucho mayor. Levanto los ojos y veo el tormento al que personas queridas se ven sometidas, no hablo de un dato estadístico, sino de una realidad corpórea, conocida, con nombres y apellidos a los que pongo cara, de un daño que puede ser no tan llamativo como el mío pero más insidioso, ese lento gotear de una tortura que te deja vencido, desarmado. Hablo de unas penas ante las que me siento impotente, de unas muertes que son también las mías y con las que, si quiero renacer, he de cargar, de alguna manera, con ellas. No hay mañanas idílicas en las que nunca habrá nubes que las ensombrezcan, ni despertares siempre con el sonido de un arpa. No hay renacer sin muerte en un diálogo constante en el que la segunda no tiene fin porque no ha de tenerlo el primero. Este es quizá el objeto de nuestra vida, saber aprovechar cada muerte para enderezar nuestro camino y saber aprovechar cada renacer de los otros para hacerlo nuestro. Morir sí, pero para después vivir.

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