Cartas marcadas

Cartas marcadas

Tristes o alegres, escabrosas o virtuosas, formales o gamberras, las cartas eran, por encima de todo, humanas.

Cartas marcadasCARLOS ALEJÁNDREZ 'OTTO'

No me refiero a las de aquel casino de pueblo, cruzados sus lomos por tantas y tan conocidas cicatrices que los socios terminaron por jugar con la baraja al descubierto (para arruinarme, me bastan los caballos que se recortan sobre cartones de hierba), sino a las que en nuestra juventud cuartelera nos alegraban la tarde aportando nuevas de la familia o ternezas de la novia que, con ingratitud e injusticia, tachamos ahora de cursis. ¡Qué distinta sabía la amarga cerveza de la cantina después de haber bebido con los ojos el corazón dibujado con poco pulso y desgastado con caricias el nombre en el remite!

Las viejas misivas cumplían con un ritual que el correo electrónico, siempre aséptico y aburrido por más dramático y urgente que sea el mensaje que transmite, no conocerá (misterios informáticos, cuando quise encontrar un poema de Gonzalo Rojas del que solo recordaba el verso “cuando la carne fulge”, la desnortada pantalla, me escupió: “Carnicería Fulgencio, Archena, Murcia”. Aún no me ha mandado el buen matarife el libro que le pedí). Comenzaba con la elección del papel; aunque nosotros siempre tirábamos del menesteroso folio cuadriculado arrancado del cuaderno, habíamos oído hablar de un papel de carta ligero, levemente colorido, que susurraba al recibir la plumilla; e imaginábamos al dependiente de la papelería extrayéndolo de la caja que lo atesoraba con el cuidado con el que se coge el más preciado diamante. En él no cabían las faltas de ortografía, la palabra soez o el borrón siempre indiscreto.

La carta siempre era tentación y peligro. Las de amor se guardaban para ser releídas en la garita de guardia, a la luz del mechero, hasta que las lágrimas abrillantaban el “chopo”. No hay mayor dolor que recordar el tiempo feliz en la miseria, escribió Dante, seguramente tras una noche de vino y correspondencia marchita.

Y si alguna vez me atreví a enviar unas cuantas palabras a aquellas señas de otro tiempo, el cartero, con cruel eficiencia, me las devolvió cruzadas por el tampón más triste: rechazado por el destinatario.

En la España de luto, de la que muchos escaparon en busca de cuanta fortuna se pudiera conseguir apretando tornillos en una fábrica alemana, sirviendo caña en colmados de Buenos Aires o despachando arepas en baretos de Caracas, las cartas servían para hacer llegar a las familias unos cuantos billetes ahorrados con denuedo junto a unas pocas frases tranquilizadoras en las que el emigrado daba razón de la vida confortable que, probablemente, él no llevaba.

Tantos eran los analfabetos, sobre todo las mujeres (sacadas de la escuela antes de tiempo porque para parir, pimentonar el ajocano, acarrear leña y cavar en el huerto no hay que saber leer), que los pocos que sabían descifrar los rayajos adquirían un poder inesperado sobre vecinos y parientes: ejercían, a un tiempo, de intérpretes, confidentes y jueces. Como el cura, estaban comprometidos con el secreto de lo que leían a los demás. Como el cura, en no pocas ocasiones eran indiscretos.

Leían siempre anticipando la siguiente frase por el rabillo del ojo, para poder saltarla si lo que decía resultaba doloroso o inconveniente, por lo que muchos noviazgos rotos y algún que otro negocio fracasado se quedaron en el zurrón de la vergüenza, confiando en que la posterior falta de correspondencia aclararía las cosas.

Cuando el imperturbable lector llegó al funesto párrafo: “y sepa usted, madre, que Jacinto se ha quitado para siempre del tabaco”, lo espetó con frialdad de funcionario. Amparo sintió un retortijón y emitió un gemido de animal malherido. Contuvo las lágrimas, que no pudo reprimir mientras, encorvada sobre el fuego, iba diluyendo, junto a los recuerdos de su hijo el maqui, los nogones (piel verde de la nuez que propicia un tinte oscuro y perdurable como la pena).

Aquella misma tarde la sorprendieron pintando sobre la fachada el listón de luto por su hijo.

-Pero...¿qué haces, Amparo? Si a ti todavía te quedan muchas siegas?

Ella, sin soltar la brocha, respondió impasible:

-Para ir ganando tiempo.

(Casos hubo en que los padres supieron que su hijo había pasado a mejor vida -no cabía otra peor- por una escueta nota en El Alcázar).

Tristes o alegres, escabrosas o virtuosas, formales o gamberras, las cartas eran, por encima de todo, humanas. En ellas nos comprometíamos a registrarnos sin artificio ni doblez. Quizás por eso la correspondencia rescatada entre los grandes genios nos decepciona las más de las veces, porque no muestran el fulgor del estilo ni la aventura extraordinaria, sino las noticias pertinentes, los agradecimientos y los buenos deseos que se intercambian dos amigos.

Siempre me he preguntado si la fama justifica ese expurgo en la intimidad de otros. Poca información relevante se extrae de su publicación, pero no puedo dejar de sentir cierto pudor ante el desahogo amoroso o a la picardía intencionada de quien pensó que escribía en secreto. Nada ganamos por conocer los requiebros, algunos muy subidos de tono, que Emilia Pardo Bazán dirigía a su amado Galdós.

De lo que respondiera el canario, nada sabemos. Dice la leyenda que La Collares quemó las cartas de este cuando las encontró en el pazo usurpado.

Mi tío Feliciano hacía la mili en un beligerante Sidi-Ifni, y le escribíamos un par de cartas al mes. De repente, subieron los franqueos (en ellos no cabía mejor nombre, sí la cara del gallego) para aliviar a los damnificados de una riada del Turia que puso en remojo la ciudad de Valencia.

Mi madre, con un mohín de resignación dijo:

-¡Qué le vamos a hacer! Le escribiremos una vez cada treinta días.

Leí recientemente que han subido los sellos. Confío en que la guerra no sea la coartada (En mi última visita, el callista me cobró diez euros más. “Coño, que no tengo seis dedos” le dije. “No, hombre, es por la invasión de Ucrania”, respondió sin ruborizarse)

Hoy, en el buzón solo nos esperan documentos requisitorios que nos exigen dinero a cambio de no sabemos muy bien qué; tan solo cambia el remitente: puede ser el banco, el Ayuntamiento, la Dirección General de Tráfico o Hacienda. Junto a las notas de rescate, propaganda aburrida e ineficaz de comida rápida (y más aún en salir).

Tengo ganas de conocer al provocador que me deja folletos de pizza industrial en el casillero del restaurante.

Estos, los restaurantes digo, son el último refugio del género epistolar. En sus cartas (el nombre no es en vano; las escribimos esperando agradar a un destinatario que aún no conocemos) se alternan la alta literatura de los nombres, recuerdo de la Arabia que fuimos y de la América que pudimos llegar a ser, con la vacuidad que aún se empeña en aires y espumas (tan leves estas últimas que parecen hechas para el correo aéreo). Otras optan por el tratado de química infernal y las hay que no dudan en caer en la más sonrojante cursilería.

La mía abunda en versos de Pessoa, homenajes a Pla y citas de Oscar Wilde (incluso una aclaración para el delicado flan de leche de coco y cabra: “tembloroso como las tetas de verdad”, aunque nada tengo en contra de las de mentira), con la esperanza de que el comensal, entretenido en la lectura, se olvide de la columna de los precios.

Aunque donde la fantasía llega a ciencia ficción es en las notas de cata que completan las etiquetas de algunos vinos. Recuerdo una, de un tinto de ennoblecido pago, que aseguraba que las uvas habían sido recogidas en noches sin luna.

-Joder, serán robadas -malicié.

Yo, del sumiller (un brindis por Custodio Zamarra, que ya es Gran Reserva), agradezco la información práctica: datos sobre añada, uvas, elaboración... y detesto los fuegos fatuos.

Así que vaya mi aplauso para cierto compañero de fatigas que, al leer la reseña anotada en la carta de vinos de un restaurante emperifollado, no pudo por menos que exclamar:

-¡Este hombre no ha catado un vino! ¡Se ha comido un coño!

Y me contaron como verídico que, en la cosecha del treinta y seis (la vendimia fue temprana...), en alguna de las añoradas cooperativas anarquistas de Aragón, los esforzados milicianos cambiaron la marca del tintorro agarnachado que aludía a la patrona, y Nuestra Señora de las Virtudes pasó, en un abrir y cerrar de hojas a llamarse Nuestra señorita de las virtudes.

Muchas cosechas después, cuando un vecino que había escondido algunas botellas quiso vendérselas a un incauto, este, esperando una rebaja argumentó:

-Añejo porque tú lo dices. No tiene ni denominación, ni añada ni hostias.

-¿Te parece poco viejo, si es de cuando la Virgen era soltera?