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14/02/2019 07:22 CET | Actualizado 14/02/2019 07:22 CET

La mala educación

Getty Images

El mundo ha perdido la buena educación. Bien por dejadez, por apatía, por desentreno o por reservas personales, lo cierto es que en los últimos tiempos percibo un profundo desapego hacia el respeto ajeno, no sé si se habrán percatado de ello.

Acudo con frecuencia al cine, es obvio, pero lo que sucedió la semana pasada no tiene parangón. Cuatro personas en fila: una pareja lejana, mi acompañante y yo. Tras observar la cartelera, esperaba canónicamente nuestro turno, cuando la pareja decidió aprovechar la disposición en zigzag de la cola para colocarse delante. Con asombro, nos instalamos de nuevo en nuestro sitio, a lo que ellos respondieron situándose, otra vez, en cabeza de la fila. Siendo solo dos personas, parecían dispuestos a luchar con uñas y dientes por el primer puesto. Nos resignamos, aunque mi acompañante lanzó un "los últimos serán los primeros" que, por algún motivo, surtió efecto. Cuando iban a ser atendidos, su taquilla cerró y tuvieron que esperar turno. Sorpresas del karma.

Esa misma tarde, al ir a acomodarnos en nuestras butacas, otra pareja, esta vez mayor que la anterior, estaba plácidamente sentada en nuestros asientos. Se lo hicimos saber y, con mirada displicente, el hombre musitó: "me es indiferente, si queréis buscamos otro sitio, pero vamos, que no nos importa lo que decidáis". La respuesta era surrealista, de haber sido yo quien ocupara su puesto, jamás se me habría ocurrido negociar con los legítimos 'propietarios' de la butaca. Volvimos a ceder. Dado que la sala tenía varias filas libres, resultaba del todo absurdo iniciar disquisiciones que no conducían a ninguna parte. Buscamos otro sitio y allí visionamos nuestra película.

En menos de dos meses, bien por la crispación social, la alineación de los astros o la subida del carburante, me he visto envuelta en las más extrañas circunstancias a causa de la pésima educación.

No obstante, el asombro educacional no termina aquí. En menos de dos meses, bien por la crispación social, la alineación de los astros o la subida del carburante, me he visto envuelta en las más extrañas circunstancias a causa de la pésima educación.

Otra semana, otra sala de cine. Un grupo de millennials toma asiento. Me congratula que la juventud acuda a la gran pantalla y, en cierto sentido, me reconforta que no se pierda la afición al cine. Comienzan los trailers y, con ellos, el adelanto de Cuestión de género, de Mimi Leder. Felicity Jones aparece como única alumna en la facultad de Derecho y un caballero reprocha: "¡Qué hace una mujer aquí quitándole un puesto a un hombre!". Algunas chicas entran en cólera, con razón, y, a pesar de estar ubicadas en el lado opuesto de la sala, sus comentarios se distinguen sin mayor dificultad: "Ay va, tronca, qué fuerte lo que ha dicho", vocifera una; "pero ¿qué me están contando?" replica la otra. Desconozco si fue el vocabulario o la inexperiencia respecto a esa situación (no tan inhabitual como piensan), pero lo cierto es que en ese mismo momento pensé en Leder, en su cine, en Cadena de favores, en Deep Impact o en El pacificador, y yo misma quise ser como George Clooney para no levantarme y pedirles, por favor, que se instruyesen más; que aprendiesen a argumentar y que no se asombrasen por una realidad no tan lejana del presente; yo misma he tenido que soportar razonamientos semejantes varias veces.

Otra sesión, otro conflicto. Por enésima vez me acerqué a ver Green Book, mi apuesta personal para los Oscar, merecedora de los más sinceros elogios. Una madre y su hijo, menor de lo que el rating de la cinta permite, se sientan en mi misma fila. Llevan el mayor combo de palomitas y bebida dentro del nivel minorista, a un punto por debajo de la venta al por mayor. Durante toda la película la madre ofrece, gratuitamente, un sistema de traducción emocional simultánea, indicándole con todo detalle cada elemento que aparece en la cinta. Pienso, en ese momento, que realmente deberían contratarla por su labor educativa, aunque las malas formas que ambos muestran con la comida y la bebida interrumpen más que su propia voz.

Resulta inconcebible es que perdamos el sentido de respeto que conllevan las buenas formas, algo tan sencillo como reconocer al prójimo y no agotar su paciencia.

La favorita, de Yorgos Lathimos, tampoco queda excluida de esta lista. Me veo en la necesidad de encomendarme a Los Panchos para que el reloj no marque las horas, no por la película en sí, sino por el espectador de enfrente, facebookero y whatsappero a más señas, quien consulta tan a menudo el móvil que, desde la distancia, se puede ver la hora a la perfección. Móviles inteligentes los llaman.

En el cine, como en la vida, se pueden sobrellevar determinados desmanes, se puede desplegar una paciencia bíblica o se puede tolerar que la historia sea mejor o peor. Lo que resulta inconcebible es que perdamos el sentido de respeto que conllevan las buenas formas, algo tan sencillo como reconocer al prójimo y no agotar su paciencia.

No esperemos que sea el otro el que siempre ceda, ante la duda, pensemos que a nadie le gusta que se cuelen, le estropeen una proyección, se sienten en su sitio o se engulla durante una película. Es algo tan sencillo como tener educación.

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