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03/02/2015 18:32 CET | Actualizado 05/04/2015 11:12 CEST

Cuando el éxito no se mide sólo en beneficios

El 1% más rico del mundo tendrá más del 50% de las riquezas en 2016. A día de hoy, 80 individuos poseen la misma riqueza que 3500 millones de personas. ¿Imaginas lo que ocurriría si esos 80 individuos decidieran donar una parte de sus bienes antes de morir? ¿Cuánto se progresaría?

Heinrich van den Berg via Getty Images

En el Foro Económico Mundial de Davos del pasado mes, me uní a los 2500 líderes internacionales de los ámbitos financiero, institucional, académico y artístico congregados para discutir sobre el estado del mundo. Era mi decimocuarta visita a Davos y, como en los años anteriores, nuestra agenda estaba plagada de sesiones sobre la economía global, los riesgos medioambientales, la geopolítica y la sanidad.

No resulta sorprendente que la tecnología haya pasado de ser una de las muchas conversaciones a una parte fundamental de los coloquios en Davos. Cada día el mundo está más conectado y abierto. Ericsson predice que para 2020, el 90% de la población mundial de más de seis años tendrá un teléfono móvil. El móvil permite que todo vaya más rápido y democratiza la comunicación, la información, el conocimiento e incluso el comercio. Como decía la Fundación Gates en su carta anual, tener un móvil ofrece un gran repertorio de posibilidades para el progreso económico, como tener una cuenta bancaria por primera vez y acceso a la educación online.

No obstante, los efectos debilitantes de la desigualdad económica y los peligros crecientes del cambio climático han ido ocupando un primer plano en las charlas. El aumento del desempleo juvenil es una fuente constante de inestabilidad, que se ve incrementada por la oleada de inteligencia artificial y robótica. La ONU estima que hay más de 200 millones de desempleados en todo el mundo; 33 millones en Estados Unidos y Europa. El desarrollo del talento, el aprendizaje continuo y la reinvención profesional serán cruciales para hacer frente al problema global del paro.

El capitalismo, tal y como lo conocemos hoy, se convierte con demasiada frecuencia en una carrera descendente. En las economías de bajo crecimiento, centrarse en el beneficio por acción (BPE) provoca más desempleo y una desigualdad más profunda. De acuerdo con Oxfam, el 1% más rico del mundo tendrá más del 50% de las riquezas en 2016. De hecho, a día de hoy, 80 individuos poseen la misma cantidad de riqueza que 3500 millones de personas. ¿Imaginas lo que ocurriría si esos 80 individuos decidieran, simplemente, donar un amplia porción de sus riquezas antes de morir? ¿Cuánto progresaríamos?

Se estima que las concentraciones de gas de efecto invernadero en la atmósfera están a su máximo nivel de los últimos 800.000 años, y hay pruebas fehacientes de que el cambio climático puede tener efectos profundamente adversos en el desarrollo económico y humano. El nivel del mar ha subido hasta cifras récord, creciendo una media de 3,2 milímetros al año, aproximadamente el doble de la media de los pasados 80 años.

El Secretario General de la ONU, Ban Ki-moon, afirmó en Davos: "Somos la primera generación que puede acabar con la pobreza y la última generación que puede dar los pasos necesarios para evitar el peor impacto del cambio climático. Las generaciones futuras nos juzgarán con dureza si somos incapaces de asumir nuestras responsabilidades morales e históricas".

Ahora tenemos la obligación de hacer frente a la creciente disparidad económica y a los riesgos del medio ambiente -que están aumentando las tensiones geopolíticas en el mundo- y de reevaluar el papel que pueden tener las empresas para mejorar el mundo de las generaciones futuras.

El célebre economista Milton Friedman defendía que el negocio de los negocios es realizar actividades destinadas a incrementar los beneficios. Se equivocaba. Lo que tienen que hacer los negocios no es sólo generar ganancias para los accionistas, sino también mejorar el estado del mundo y generar valor para los stakeholders.

Esta era la visión del profesor Klaus Schwab cuando fundó el Foro Económico Mundial en 1971 y sigue siendo el principal núcleo subyacente del encuentro anual en Davos. Cree que tenemos la obligación de pasar de conseguir remuneración para el accionista a incrementar el valor para todos los agentes implicados o stakeholders. Según su "teoría del stakeholder", los gestores no sólo tienen que rendir cuentas a los accionistas, sino que las empresas también tienen que servir a los intereses de todos los implicados, es decir, clientes, empleados, colaboradores, distribuidores, ciudadanos, gobiernos, medio ambiente y cualquier otra entidad afectada por sus operaciones.

Para tener éxito en los negocios, hay que estar dispuestos a adoptar esta teoría. Cuando lancé Salesforce, creamos la Fundación Salesforce, una organización sin ánimo de lucro de tipo 501c3 que sigue el modelo 1-1-1 de filantropía integrada, que dona el 1% de capital, el 1% del tiempo de sus empleados y el 1% del producto a nuestras comunidades y causas. Está integrado a nuestra compañía y a los valores de nuestros empleados, y se adhiere a la noción de que ninguna empresa debería entrar en contradicción con su comunidad... ya sea un pequeño pueblo o el mundo entero.

Tenemos más por hacer. Tenemos que construir niveles más elevados de confianza y transparencia con todas las partes interesadas. Necesitamos legiones de activistas con intereses que quieran crear empresas responsables con sus componentes, más allá del papel de los inversores que se centran en responsabilizar a los directivos del precio de las acciones.

Básicamente, la forma más efectiva de crear valor para los accionistas es servir a los intereses de todas las partes implicadas.

Los analistas de Wall Street preguntaron hace poco a Mark Zuckerberg si las iniciativas de Facebook para conectar a la gente de países menos desarrollados con internet debería preocupar a los inversores. "Importa al tipo de inversores que queremos tener, ya que somos una empresa con una misión clara. Nos levantamos cada día y tomamos decisiones porque queremos contribuir a conectar el mundo. Es lo que estamos haciendo aquí", decía Zuckerberg. "Si sólo nos centráramos en hacer dinero, podríamos invertir toda nuestra energía en aumentar simplemente la publicidad en Estados Unidos y en otros países desarrollados, pero eso no es lo único que nos preocupa". Con el tiempo, llevar internet a otras zonas desfavorecidas será un buen negocio para Facebook.

Como escribí en mi libro de 2004, Compassionate Capitalism, inspirado por el profesor Schwab, "la ventaja competitiva que ganas de ser una empresa comprometida y solidaria es considerable; infunde en tu gente un mayor nivel de integridad. A su vez, las partes interesadas quieren asociarse con una compañía con corazón. Servicio a la comunidad: lo haces porque es lo que hay que hacer, pero además porque es lo más beneficioso".

Este post fue publicado originalmente en la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Marina Velasco Serrano.