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27/10/2018 08:46 CEST | Actualizado 27/10/2018 08:46 CEST

La soledad del rey

Jonathan Ernst / Reuters
Felipe VI durante su encuentro con Donald Trump, el pasado junio.

Intentemos ver esta historia como un cuento infantil. Pensemos en un sastre simbólico, tan simbólico como sería el traje que elaborase para el emperador, un traje que no es sino la metáfora de la imagen de Felipe VI. Ese sastre, desde su despacho y en algún momento, tomó la decisión de que se reuniese el 20 de junio con el hombre más odiado del planeta, que por aquellos días ejercía de tirano de ficción separando a niños inmigrantes de sus padres. Mientras tuiteaba sobre el buen ejemplo que deben dar a los niños (imagino que solo a los residentes, claro) la reina Letizia compartía té y sillones estampados con una Cruela de Vil rediviva: en definitiva, un desastre de imagen. Nuestro rey llegaba a aquella cita en horas muy bajas y alguien pensó que esa cumbre mostraría su peso internacional, como se intentó en 2013 defendiendo la candidatura de Madrid 2020. Si no lo recuerdan, fue el año del "relaxing cup". Madrid fue vapuleado y Felipe, por extensión, fue vapuleado. Los que tomaron esas decisiones lo expusieron innecesariamente. Hemos tenido que ver sendas derrotas y asumir que el rey, en lo que a asesores, respecta, está solo.

Sobre esto podemos ir sumando la actuación después del 1-O y su desafortunado discurso del 3 de octubre. Desde entonces el sastre administra las presencias el rey en Cataluña siempre en tono de concordia. Él no provocó la catastrófica situación pero jugó un papel desdibujado al que hemos ido añadiendo los escándalos familiares que no hará falta recordar aquí, desde su padre a su cuñado. La monarquía hoy pasa por sus momentos más bajos si bien nadie se atreverá a llevar a cabo una encuesta que daría un resultado al que todos, de Pablo Casado a Pablo Iglesias, temen en el fondo. En todo esto hay culpables. Tiendo a considerar que la responsabilidad es más del sastre que del propio monarca pero alguien de la casa tomaba la decisión. Hoy se vislumbra un problema que puede alcanzar unas dimensiones insospechadas: la voluntad de la Iglesia de enterrar a Franco en La Almudena si es sacado del Valle de los Caídos.

Uno de los grandes espacios simbólicos de Madrid lo será ahora más con un capital poco deseable para el monarca, que estará más solo que nunca

Suena extraño. Aparentemente el damnificado de esto sería una Iglesia que saldría reforzada entre sus miembros más extremistas y debilitada frente a los que piensan que la Iglesia del año 2018 no es la de 1939 y que, de hecho no debe serlo por su propio futuro. Sin embargo esto, sobre el papel, no debería afectar al estado ni a nuestro sistema político, acabará minando de forma decisiva al rey y a la monarquía.

La Almudena es una continuidad visual con el Palacio Real, al que Felipe VI ha dado un nuevo significado, o al menos lo ha intentado. En el patio de armas se dan desfiles, comitivas y actos reales que a partir de ahora irán de la tumba de Franco al espacio ceremonial de la Corona. Los miles de peregrinos que buscarán una tumba ahora lejana e inhóspita irán del Palacio al enterramiento. Si algo ha buscado casa reinante es distanciarse del dictador y esto ya no será posible. Su tumba se enclavará en el espacio ceremonial deseado para revindicar viejas glorias, una idea de España que muchos comparten.

Uno de los grandes espacios simbólicos de Madrid lo será ahora más con un capital poco deseable para el monarca, que estará más solo que nunca. Tal vez el sastre debiera llamar al cardenal primado, al arzobispo o, mejor al propio Papa. Lo que se juega aquí no es tanto la desnudez de un rey de cuento como el futuro de una monarquía parlamentaria.

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