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05/03/2018 07:36 CET | Actualizado 05/03/2018 11:22 CET

Tonya o la acumulación de la violencia

@itonyamovie
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Fácilmente llego a las lágrimas cuando veo el video de la primera vez que Tonya Harding logró un salto triple axel en un campeonato de patinaje artístico sobre hielo de Estados Unidos en 1991. Quizás es porque conozco el final de esa historia: tres años después su carrera terminó estrepitosamente tras ser señalada de cómplice del ataque físico contra la patinadora Nancy Kerrigan.

La acusada tuvo que pagar una multa de miles de dólares, vivir tres años de libertad condicional y fue expulsada de la Asociación de Patinaje Artístico de los Estados Unidos. En pocas palabras: se le impidió volver a relacionarse de forma alguna con lo único que había dado sentido a su vida. Los medios de comunicación hicieron una cobertura rapaz de los eventos y su imagen se vino al suelo.

La película Yo, Tonya, dirigida por Craig Gillespie y escrita por Steven Rogers, cuenta esta historia desde una perspectiva que permite ver más allá del evento biográfico. A manera de un falso documental, mezclado con recreaciones de los hechos, el guion da cuenta de múltiples formas de violencia que afectaron la vida profesional de Harding. Como no quiero arruinar los detalles de la trama para quienes todavía no han visto la película, voy a sugerir aquí únicamente la relevancia de la condición social y el género para narrar esta vida.

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En el mundo del patinaje artístico sobre hielo (al menos en los años 90) había varios acuerdos implícitos que necesitaban cumplirse para pertenecer. Si eras mujer, debías tener una sensibilidad clásica al elegir la música de las coreografías; tus movimientos debían ser acordes con los de la danza clásica; el vestuario, discreto; el peinado, poco extravagante. Detrás de esta ilusión del "buen gusto" y la "elegancia" había una serie de prejuicios que asociaban las preferencias personales con ideas sobre la moral. Cada uno de estos elementos eran marcadores de una clase social determinada. Si, además, tus padres se habían divorciado o tu madre era mesera de turno completo, tus posibilidades de ser parte del grupo disminuían.

Una patinadora no podía llevar una mala relación con sus padres, denunciar abusos físicos de su esposo ni estar divorciada. Las buenas mujeres viven felices dentro de familias funcionales. O al menos ese debía ser el mensaje de una representante nacional en las competencias deportivas. Si encima de usar atuendos baratos, hacer movimientos exagerados y provenir de una casa monoparental, tenías un cuerpo grueso y musculoso, más valdría la pena considerar otras opciones.

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I, Tonya se detiene a detallar las caras y las actitudes con las que una mujer podría recibir críticas de esta naturaleza: una Tonya de cuarenta años rememora su juventud y una Tonya con la mitad de esa edad protagoniza los hechos. Hay que decir que ambas actuaciones corren a cargo de la maravillosa Margot Robbie. En sus gestos corporales y en las inflexiones de su voz, puede sentirse la desesperación de su personaje ante la acumulación de las injusticias. Su cuerpo es un territorio donde la violencia deja huellas.

En cada presentación de Harding, sus copetes abultados, sus trajes remendados por mano propia y sus movimientos enérgicos eran mal vistos por jueces y compañeras. Conforme mayor era la mejora en su desempeño físico, peores eran las valoraciones del medio hacia ella. Nunca logró satisfacer la imagen sublime y delicada de una patinadora.

El final de su carrera fue un punto culminante del desprecio por su clase social y de la violencia de género que sufrió. La reconstrucción del ataque a Kerrigan es propia de una película policiaca. Solo que el verdadero crimen no fue ese golpe por encima de la rodilla que la inhabilitó por unos meses. El fondo de la narración es cuestionar con avidez quiénes fueron las víctimas, quiénes los criminales y cuál el crimen de esa historia.

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Ahora que la sensibilidad pública frente a la violencia contra las mujeres va en aumento, I, Tonya subraya que no por ser exclusiva del género es esa la única forma de discriminación que opera en todo momento. Al contrario, factores como la clase social y la moral que vigila determinadas prácticas (ya sea patinar, tener hijos, representar a un país o cualquier otra) son relevantes para analizar las acciones de una mujer y juzgarlas.

El logro del filme consiste en revisitar una de las historias más famosas en la historia del deporte y, sin obviar las condiciones materiales que contextualizaron los hechos, evitar una mirada simplona. La película no se detiene a elegir entre contar el testimonio de una violencia brutal ligada al género o hacer una denuncia del clasismo en el deporte. Considera ambas y las integra en una argumentación sólida y compleja que algo añade a nuestra comprensión en estos días tristemente cifrados por el movimiento #MeToo.

Trailer de 'Yo, Tonia' (2018)

Este artículo se publicó originalmente en el HuffPost México.

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