El poder de las agencias literarias

El poder de las agencias literarias

Entrevista con Laura B. McGrath.

Libros.Getty Images

En la industria editorial hay unos mediadores del poder literario poco conocidos: las agencias literarias. Estos intermediarios están infraestudiados, aunque la crítica literaria Laura B. McGrath se ha acercado a esos representantes desde una perspectiva académica. Su intención es publicar un libro sobre los entresijos de esa relación contractual entre autores y agentes. Esta entrevista podría ser un buen punto de partida para escritores debutantes, sociólogos de la literatura… y también para futuros editores o agentes literarios.

Un debut literario no es solamente una primera novela, sino una promoción para el autor y para su agente literario. ¿Cuándo empezó este fenómeno?

Un debut es un acontecimiento publicitario coordinado y diseñado para presentar al libro y a su autor al público lector. Y una “novela debut” es la novela cuando está en el centro de ese acontecimiento (suele ser el primer libro del autor, pero no siempre es así). El fenómeno del debut se desarrolló a mediados de los años cincuenta con la publicación de En la carretera de Jack Kerouac. Hasta esa década, los novelistas que publicaban por primera vez suponían un riesgo significativo para los editores porque rara vez sacaban beneficios. Y esto ya es como el huevo y la gallina: ¿los autores primerizos vendían poco porque recibieron poca promoción y publicidad o se les dieron pocos recursos porque apenas vendían?

Eso empieza a cambiar en los años cincuenta. Editoriales como Doubleday empiezan a promover la figura de “nuevo novelista” para desarrollar campañas promocionales en sus debuts. Y justo en aquel momento, el fenómeno del debut empieza a tomar forma en torno a la novela de Kerouac porque obtuvo un presupuesto generoso en publicidad por parte de Viking. En la carretera fue ampliamente reseñado y Kerouac se volvió famoso. Le hicieron grandes semblanzas, fue a la tele e hizo lecturas en el Village. Aunque En la carretera no era su primera novela, fue una especie de debut para Kerouac y el comienzo del fenómeno del debut, cuando por primera vez un novelista se vio como una gran inversión para los editores, que eran capaces de generar una forma especial de publicidad. Por primera vez, la juventud de un autor y la inexperiencia se vieron como una característica sin más, no como un defecto (ni como la evidencia de un libro mediocre).

No es casualidad que En la carretera fuera la primera novela de agencia de Kerouac. La vendió el legendario Sterling Lord. Su primera novela, El pueblo y la ciudad, se vendió directamente a Robert Giroux sin la ayuda de un agente literario. El debut aparece solamente cuando los agentes consiguen una fuerza significativa en la industria editorial, apoyando enérgicamente a sus clientes, aunque estos puedan ser inexpertos. Desde la perspectiva del agente, un debut es una forma de lanzar la carrera del autor, no solamente de vender su libro, y un debut exitoso puede poner a un joven agente literario en el mapa junto a su cliente.

Entiendo la utilidad de las agencias literarias para los autores, pero no sé por qué las editoriales necesitan a esas agencias. Me esperaba, por decirlo de algún modo, más fricción entre ellas que cooperación.

Me parece que no es esa la manera adecuada de enfocar la situación. Los agentes literarios no trabajan para los editores ni su negocio está diseñado para conocer las necesidades de los editores. Los agentes literarios trabajan para los autores. Los autores necesitan agentes literarios y los editores necesitan autores.

La profesión del agente literario surgió en torno al 1890. Cuando los agentes irrumpieron, se dieron bastantes fricciones. Los editores pensaban que los agentes estaban metiéndose en su terreno, entrometiéndose en el trabajo entre autor y editor, y que se estaban aprovechando de los autores. Sin embargo, agentes como AP Watt en Reino Unido y Paul Revere Reynolds en Estados Unidos pelearon por los intereses de los autores; en realidad los editores podían, y a menudo lo hacían, aprovecharse de los escritores. Los autores merecían cobrar bien por su trabajo y que se representaran sus intereses.

Aunque inicialmente esto causó bastante conflicto, al final los editores vieron que los agentes no estaban interfiriendo en sus relaciones con los autores, sino que más bien ayudaban a crear buenas relaciones al encargarse de la desagradable cuestión del dinero. Los agentes pueden ayudar a suavizar el proceso de tal forma que pueda ser beneficioso para los editores; encuentran a escritores interesantes, por ejemplo, ofrecen un nivel de supervisión editorial, impiden que los malos manuscritos lleguen a la mesa del editor y ayudan a educar al escritor sobre cómo funciona el mundo editorial. Todas esas cosas son buenas para los editores, pero no se hacen para los editores.

Los agentes trabajan para los autores. Representan los intereses del autor: tienen en cuenta la carrera del autor a largo plazo, luchan por el autor cuando es necesario y sobre todo se aseguran de que el autor sea compensado por su trabajo. El trabajo del editor, por otro lado, es buscar lo mejor para la editorial, considerar las metas a largo plazo de los grupos editoriales y asegurarse de que la editorial cobra. A veces los intereses del autor y del editor no están perfectamente alineados. En esos casos, la lealtad de los agentes está muy clara: están del lado del autor. Editores y agentes pueden ser amigos, compañeros o colaboradores… y a menudo lo son. Y un agente puede hacer que el proceso de publicación vaya bien asegurándose de que todo el mundo esté contento. ¿Hay fricciones? Desde luego. No obstante, si los editores necesitan a los agentes es porque los editores necesitan a los autores y los agentes son quienes los representan.

Se dispone en su investigación a abrir una especie de caja negra de las agencias literarias. ¿Qué reacción espera?

¡Espero que sea positiva! La idea central de mi futuro libro es que los académicos han ignorado a los agentes durante demasiado tiempo, y en consecuencia solo tenemos una comprensión parcial de la historia literaria. ¿Quién no quiere oír que su trabajo es importante? Los agentes tienen mala reputación y mi objetivo es mostrar la importancia que han tenido para la comprensión de la literatura estadounidense.

Creo que una parte del éxito que tienen los agentes se explica por el secretismo. Con esto no estoy tratando de insinuar nada retorcido. Lo cierto es que el trabajo de un agente requiere que se quede entre bambalinas. De hecho, si los agentes hacen bien su trabajo, el público lector no debería tener ni idea de quiénes son o qué hacen. Su trabajo es hacer que sus autores parezcan brillantes, genios que toman decisiones de forma independiente, que se mantienen gracias a su visión artística y a su dominio del oficio. En otras palabras, la labor del agente es hacer que el trabajo del escritor parezca fácil. Ni qué decir tiene que si le preguntas a cualquier escritor, te dirá que su trabajo no es nada sencillo. La noción del genio artístico solitario es un mito tan viejo como el sueño americano o como el absurdo de querer levantarte tirando de tus cordones. Comprendo que los agentes no vean con buenos ojos que se revele el alcance de su participación en el proceso artístico porque minusvalora a sus clientes.

Si estoy abriendo algún tipo de caja negra, esta tiene que ver con el privilegio. Al igual que el resto de la industria editorial estadounidense, la mayoría de los agentes son blancos. Tienen educación superior y a menudo se les contrata porque están bien conectados. Además, es caro vivir en Nueva York con el salario de un auxiliar. Por eso muchos agentes son de clase adinerada: esa es la única forma de sobrevivir con un salario tan bajo durante tanto tiempo. Esos problemas son consustanciales a la edición, y las agencias no son distintas. Puede que algunos agentes se enfaden al decir esto, pero los animaría a pensar en qué pueden hacer por los futuros agentes para así mejorar el sistema.

Dicho esto, mi investigación tiene sus limitaciones. Nadie ha escrito tanto sobre los agentes literarios hasta ahora, pero no puedo cubrirlo todo. Mi libro se centra en lo más granado de la agencia literaria, es decir, en los agentes más prestigiosos del mundo editorial neoyorkino. Los agentes que trabajan por su cuenta, en agencias más pequeñas o que representan a menos autores pueden no verse reflejados en el libro que estoy escribiendo. Para mí esto es una especie de provocación: invitaría a otros académicos a que hablaran con esos agentes y que continúen la investigación.

¿Cuándo verá la luz el libro? Y no sé si es una pregunta maleducada: ¿ha necesitado a un agente literario?

Saldrá a finales de 2024 o ya en 2025. Y no es una pregunta desconsiderada: la publicación académica es una bestia extraña. Las editoriales de las universidades no precisan de agentes literarios y la gran mayoría de académicos envía sus obras a los editores académicos directamente. Dicho esto, como los académicos escriben cada vez más para audiencias orientadas al público general, hay muchos que tratan con agentes que hacen de asesores y de representantes. Yo me siento increíblemente afortunada de trabajar con mi agente Alia Hanna Habib de la Gernert Company.

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Andrés Lomeña Cantos (Málaga, 1982) es licenciado en Periodismo y en Teoría de la Literatura. Es también doctor en Sociología y forma parte de Common Action Forum. Ha publicado 'Empacho Intelectual' (2008), 'Alienación Animal' (2010), 'Crónicas del Ciberespacio' (2013), 'En los Confines de la Fantasía' (2015), 'Ficcionología' (2016), 'El Periodista de Partículas' (2017), 'Filosofía a Sorbos' (2020), 'Filosofía en rebanadas' (2022) y 'Podio' (2022).