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08/11/2012 08:32 CET | Actualizado 07/01/2013 11:12 CET

Triple nacionalidad: centrifugado

El nacionalismo es una ideología conservadora, aunque algunos se proclamen nacionalistas de izquierdas, que persigue la identificación de las personas con causas que les son ajenas o hasta contrarias a sus intereses.

Nací en el País Vasco, de donde era mi madre, pero he vivido la infancia y

el resto de los más de 50 años que ya tengo en una Cataluña española.

"Igual en un tiempo tendrás la triple nacionalidad", bromea mi mujer.

Nada que me emocione, pues dejé de creer en las patrias ya en la

adolescencia, al tiempo que decidía que tras la muerte no hay cielo ni

infierno.

Así que desde el escepticismo patriótico y el pensamiento de izquierdas,

en este momento de efervescencias nacionalistas de toda índole, me

pregunto por qué tantas otras personas dedican su tiempo y energía, su

vida, a buscar argumentos divisores, diferenciadores..., fronteras

mentales que antecedan a las físicas. Al fin y al cabo, encontrar

semejanzas o diferencias es solo una cuestión de atención, de selección

de ciertos aspectos entre los infinitos aconteceres de lo humano.

Junto a esto, también es evidente que la argumentación sobre la hacienda

y el déficit fiscal es definitiva en este momento en Cataluña, lo que añade

confusión a las proclamas de gobiernos y acólitos. Es realmente difícil

distinguir actualmente el nacionalismo pecuniario, sin duda aupado por la

crisis, del nacionalismo esencialista y así no hay manera de saber a

dónde pretenden llevarnos, cuál puede ser la estación de destino.

El gran recurso de las propuestas independentistas es no desvelar cómo

será el paraíso, posponer los detalles hasta que sea imprescindible

definirlos, una vez la gran partida haya sido ganada. El éxito colosal de

sus consignas es que tras pocas palabras y símbolos cada cual puede

imaginar el futuro como mejor le complazca. Y ni tan solo es necesario

imaginar, ya que se impone un sentimiento eficaz que transporta a algo

mejor que la realidad cotidiana. Y eso, en tiempos en que lo cotidiano es

ciertamente devastador, reconforta.

Pero a mí los detalles sí me importan, pues son esenciales para

vislumbrar si se trata de avanzar hacia un estado de mayor justicia social

o si será más de lo mismo o incluso peor. No creo que haya que descartar

esta última posibilidad, un proceso de independencia liderado por un

partido cada vez más claramente decantado hacia el ultraliberalismo, no

me parece que vaya a desembocar en mejores condiciones de vida para la

mayoría.

En el otro extremo de la cuerda, el nacionalismo español aviva miedos

ancestrales y otros más modernos, como la maldita economía, en una

mezcla despistada sobre a quién conviene dirigirse primero, si a los

catalanes que han de votar en breve o al resto de los españoles, en

previsión de acontecimientos futuros.

Pero el despiste mayúsculo se lo lleva la izquierda tanto en Cataluña

como en España. Intenta encontrar un ideario que la ubique pero carece

de programa creíble y sigue el paso de una actualidad política marcada

por intereses que se corresponden con el pensamiento neoliberal y el

nacionalismo conservador.

Intentaré no centrifugarme. El nacionalismo es una ideología

conservadora, aunque algunos se proclamen nacionalistas de izquierdas,

que persigue la identificación de las personas con causas que les son

ajenas o hasta contrarias a sus intereses. La creencia en la comunidad de

pertenencia ordena las acciones de cada uno en la dirección que unos

pocos disponen, en la defensa de intereses que casi nunca son comunes.

Aunque no soy anarquista, pues para ello tendría que asumir demasiadas

incómodas contradicciones, en el ni dios, ni patria, ni rey, sí estoy de

acuerdo. Una sociedad que aspire a una mayor justicia social no puede

permitirse reyes, ni dioses que dicten leyes o rediman culpas, ni fronteras

como conchas de molusco. Supongo que para algunos será una

atrocidad pensar que prefiero eliminar fronteras a crearlas. No me

supondría ningún problema la desaparición de España como país,

integrado en Europa, África u Oceanía, o mejor con todos a la vez. No

albergo esperanza de que esto suceda, así que no he pensado en cómo

gestionarlo, pero no creo que organizar una nueva Pangea conllevara

tantos desastres como nos ha costado dividirla.

Por ahora, tomada la república por IKEA, las alternativas no son fáciles,

pero como para llegar a acuerdos habrá que cambiar la Constitución, bien

podríamos aprovechar para barrer a fondo.

Aunque, bien pensado, tener tres nacionalidades no estaría tampoco mal.

Por ahora, lo más cercano a ser apátrida o, simplemente, ciudadano del

mundo.