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16/04/2014 07:08 CEST | Actualizado 15/06/2014 11:12 CEST

¿Está Europa a la altura de Ucrania?

Europa no se puede reducir a una sola visión: abarca, desde puntos de vista nacionalistas hasta ideas como la égaliberté, "igualibertad", la única contribución de Europa al imaginario político mundial, aunque cada día las instituciones europeas la traicionen más.

Ahora que se acercan las elecciones al Parlamento Europeo, que tendrán lugar a finales de mayo, deberíamos recordar los últimos acontecimientos ocurridos en Ucrania. Las protestas que acabaron derrocando al presidente Víktor Yanukóvich y a los suyos en febrero fueron provocadas por la decisión que tomó el Gobierno de favorecer las buenas relaciones con Rusia por encima de la posible integración del país a la Unión Europea.

De manera predecible, la reacción de muchas personas de izquierdas ante la noticia de las protestas masivas fue de condescendencia hacia los pobres ucranianos: "¡Qué engañados están; todavía siguen idealizando a Europa! No se dan cuenta de que está en decadencia ni de que, si entran a formar parte de la Unión Europea, se convertirán en una colonia económica de la Europa occidental, más o menos como Grecia".

No obstante, lo que esas personas ignoran es que los ucranianos no desconocen en absoluto la realidad de la Unión Europea; son completamente conscientes de sus problemas y de sus desigualdades. Pero querían enviar el mensaje de que su situación es mucho peor. Los problemas de Europa (su inestabilidad económica, su implacable paro) no dejan de ser problemas de ricos. Conviene recordar que, a pesar de la terrible situación de Grecia, siguen llegando refugiados africanos en masa, lo que desata la ira de muchos patriotas derechistas.

La cuestión es: ¿cuál es esa "Europa" que defienden los manifestantes ucranianos? Europa no se puede reducir a una sola visión: abarca, desde puntos de vista nacionalistas (e incluso fascistas), hasta ideas como lo que Étienne Balibar llama égaliberté, "igualibertad", la única contribución de Europa al imaginario político mundial, aunque cada día las instituciones europeas la traicionen más. Entre esos dos polos, solo los ingenuos confían en el capitalismo democrático liberal. Lo que Europa debería ver en las protestas ucranianas es, por tanto, lo mejor y lo peor de sí misma.

El nacionalismo de la derecha ucraniana forma parte de un populismo renovado anti-inmigrantes y prorreligioso que se presenta como la defensa de Europa. Ya en el siglo pasado, G.K. Chesterton percibió el peligro de esta nueva derecha y en su obra Ortodoxia explicó el punto de no retorno al que llegan los detractores de la religión: "Los que empiezan luchando contra la Iglesia en nombre de la libertad y de la Humanidad acaban dejando de lado la libertad y la Humanidad si solo pueden centrarse en derrotar a la Iglesia". ¿Acaso no se cumple lo mismo con los propios defensores de la religión? ¿Cuántos fanáticos religiosos comenzaron atacando con ferocidad la cultura secular contemporánea y al final se olvidaron de toda experiencia religiosa? ¿Acaso no se cumple también lo mismo con el reciente ascenso de los defensores de Europa frente a la "amenaza inmigrante"? En su fervor por proteger el legado cristiano de Europa, los nuevos fanáticos están dispuestos a renunciar al verdadero núcleo de dicho legado.

Entonces, ¿qué podemos hacer en una situación así? La mayoría de los liberales nos dicen que, si los valores democráticos básicos están en peligro por culpa de fundamentalistas étnicos o religiosos, todos nos deberíamos unir bajo el ideal democrático liberal en defensa de la tolerancia cultural, salvar lo que se puede salvar y abandonar el sueño de una transformación social más radical. Pero, ¿qué hay del sueño europeo capitalista democrático liberal por el que luchaban los manifestantes ucranianos? No se sabe del todo bien qué es lo que le espera a Ucrania dentro de la Unión Europea, pero está claro que las medidas de austeridad entran en el paquete.

Hay una broma que se hizo muy famosa durante la pasada década en la Unión Soviética sobre Rabinovich, un judío que quiere emigrar. En la oficina de inmigración, el funcionario le pregunta por qué y Rabinovich le contesta: "Tengo dos motivos. El primero es porque tengo miedo de que los comunistas pierdan poder en la Unión Soviética y entonces el nuevo poder nos eche la culpa a los judíos de los crímenes comunistas y vuelva a haber programas antijudíos...". "Pero", le interrumpe el trabajador, "no tiene ningún sentido; no hay nada que pueda cambiar en la Unión Soviética, ¡el poder de los comunistas durará para siempre!". "Bueno", responde Rabinovich con calma, "ese es mi segundo motivo".

Podríamos imaginarnos con facilidad una conversación similar entre un ucraniano crítico y un administrador financiero de la Unión Europea. El ucraniano se quejaría: "Hay dos cosas que nos atormentan en Ucrania. La primera, tememos que la UE nos abandone ante la presión rusa y deje que nuestra economía se derrumbe...". El administrador le tranquilizaría diciendo: "Pero puedes confiar en nosotros, no os abandonaremos; os controlaremos estrictamente y os aconsejaremos qué hacer". "Vale", respondería el ucraniano, "esa es la segunda cosa".

Efectivamente, los manifestantes del Maidán en la plaza de la Independencia de Kiev fueron héroes. Sin embargo, la verdadera lucha empieza ahora: la lucha por lo que será la nueva Ucrania. Este combate será mucho más duro que la lucha contra la intervención de Putin. La pregunta no es si Ucrania se merece a Europa, es decir, si es lo suficientemente buena para entrar en la UE; la pregunta es si la Europa actual es merecedora de las más profundas aspiraciones de los ucranianos.

Si Ucrania acaba como una mezcla de fundamentalismo étnico y capitalismo liberal, siendo los oligarcas los que muevan los hilos, al final será tan europea como lo es Rusia (o Hungría). Los analistas políticos afirmaron que la UE no estaba apoyando lo suficiente a Ucrania en su conflicto con Rusia y que la respuesta de la UE ante la ocupación rusa y la anexión de Crimea fue bastante tímida. Pero, además, faltó otro tipo de apoyo, incluso a mayor escala: a Ucrania nunca se le ha ofrecido una estrategia factible para acabar con su estancamiento socioeconómico. Para hacerlo, Europa debería primero transformarse y renovar su compromiso con la esencia emancipadora de su legado.

En sus Notas para una definición de la cultura, el gran conservador T. S. Eliot señalaba que hay momentos en los que la única posibilidad es la que se encuentra entre el sectarismo y el descreimiento, en los que la única forma de mantener viva una religión es llevar a cabo una ruptura sectaria del cadáver. Esta es nuestra única opción ahora: solo mediante una "ruptura sectaria" del cadáver en descomposición de la vieja Europa podremos mantener con vida el legado europeo de la égaliberté. Una ruptura así haría que nos replanteáramos las premisas que tendemos a aceptar como nuestro destino, como la prueba innegociable de nuestros apuros: el fenómeno llamado Nuevo Orden Mundial y la necesidad, a través de la "modernización", de acomodarnos a ello. Por decirlo sin rodeos, si el Nuevo Orden Mundial emergente es el destino innegociable de todos, Europa está perdida. Por tanto, la única solución para Europa es arriesgarse y romper el hechizo de nuestro destino. Ucrania solo podrá encontrar su lugar en una nueva Europa. No son los ucranianos los que deberían aprender de Europa, sino la propia Europa la que tiene que aprender a integrar el sueño que motivó a los manifestantes del Maidán.

Este artículo apareció por primera vez el día 8 de abril en la revista In These Times y se encuentra disponible en inthesetimes.com.

Traducción de Marina Velasco Serrano