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14/11/2015 08:52 CET | Actualizado 14/11/2016 11:12 CET

Lo (no) natural

Si alguien opta por la monogamia, debe ser consciente de que tendrá que luchar contra parte de su biología. Pero no es imposible: las personas luchan con su biología todo el tiempo. Pero ojo, el hecho de que la fidelidad no sea algo natural no implica que sea un comportamiento negativo o perjudicial.

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Close-up of woman removing wedding ring from finger

Hace unos años, en el programa Redes para la ciencia de Televisión Española, me topé con una emisión que tenía un título muy sugestivo: "La monogamia no es natural". En ese episodio, Eduard Punset, el director, sostuvo una conversación con una pareja de investigadores --la siquiatra Judith Lipton y el psicobiólogo David Barash-- acerca de la sexualidad y las relaciones, desde el punto de vista biológico, antropológico y primatológico.

Después de muchas consideraciones sobre la fidelidad y la atracción, concluyeron que la monogamia no es una conducta natural en el hombre, sino que se trata de una conducta aprendida.

Pero ojo, el hecho de que la fidelidad no sea algo natural no implica que sea un comportamiento negativo o perjudicial. Para ilustrarlo, Lipton explicaba:

"Andar y hablar son cosas naturales, pero practicar patinaje artístico o tocar el violín maravillosamente son cosas posibles, factibles, pero no naturales. La monogamia es posible, como el arte, pero no es natural. Es más natural un modelo sexual en el que la gente encuentre una pareja, haga promesas que luego rompa, se produzca un abandono y a alguien se le rompa el corazón; luego se hagan más promesas, haya más corazones rotos, etcétera."

Su marido iba más allá, al advertir que "si alguien opta por la monogamia --por los motivos que sea: religiosos, éticos u otros--, debería ser consciente de que tendrá que luchar contra parte de su biología. Pero no es imposible: las personas luchan con su biología todo el tiempo".

Lo interesante y valioso de estos testimonios es que ni los entrevistados ni el entrevistador cayeron en la tentación de hacer ningún juicio de valor sobre uno u otro proceder; sólo se limitaron a explicar el comportamiento masculino y femenino y la interacción en pareja, basados en estudios académicos y científicos.

Traigo a colación estas revelaciones a raíz de las críticas tan vehementes y tan huecas que han caído sobre la Corte Constitucional, tras abrir la posibilidad de que los niños sean adoptados por parejas homosexuales.

Como era de esperarse --y anteponiendo sus prejuicios morales a sus obligaciones legales--, uno de los primeros en descalificar la decisión del alto tribunal fue el procurador general. "Los niños tienen el derecho natural a tener papá", decía Alejandro Ordóñez, agregando que habíamos quedado, supuestamente, "ante un drama de carácter moral sin antecedentes".

Pero luego, él mismo, al tratar de justificar su posición, se contradecía y acusaba a la Corte de desconocer la definición constitucional de familia. "No son argumentos de carácter moral o extrajurídico", deducía, como si nada. Es decir: quedamos ante un drama moral sin un argumento moral.

Pero volviendo a la cuestión de lo natural que aducen procuradores y obispos para oponerse al fallo de la Corte, hago un minirrepaso de lo que es natural y de lo que no lo es.

Natural, por ejemplo, es que las personas tengan pareja y practiquen el sexo; lo que no es natural es que, en los atrios de los templos, algunos prediquen la castidad y que en las casas curales hagan lo contrario.

Natural es que el sexo se practique de mutuo consentimiento entre adultos; lo que no es natural es que algunos adultos abusen de menores de edad y que luego los engañen o los amenacen para que no denuncien esos delitos. Y, ya circunscritos a la órbita de la Iglesia, lo natural es que los pastores cuiden a sus ovejas; lo que no es natural es que las devoren.

Desde luego, no se puede generalizar con los "casos aislados" de sacerdotes depravados para juzgar a todo el clero; pero tampoco se puede mandar a la hoguera a toda la comunidad gay y descalificar su rol como papás o mamás, y conculcarles su derecho a conformar una familia.

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