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La vida de los cuatro españoles que han trabajado a 200 metros del reactor de Chernóbil

"Decíamos: 'Uf, ¿pero dónde nos estamos metiendo?".

17/03/2017 07:31 CET | Actualizado 17/03/2017 07:31 CET
EL HUFFINGTON POST

A finales de abril de 2016, Florencio Alonso vio en televisión un documental sobre la pesca en los canales de enfriamiento de la central de Chernóbil, esa que estalló el 26 de abril de 1986 provocando el accidente nuclear más grave de la historia. Unas pocas semanas después de ver aquel programa, su jefe le propuso uno de los mayores retos de su vida: ir a trabajar junto al mortífero reactor cuatro de la planta ucraniana. Su empresa, la vallisoletana Tinlohi, había sido seleccionada para participar en la construcción del gran sarcófago que sepultará durante un siglo los residuos nucleares más peligrosos del mundo. Florencio escribía así un pequeño verso en la historia al convertirse en uno de los cuatro españoles que iban a trabajar en el mastodóntico proyecto.

Estuvo allí exactamente 155 días, desde principios de mayo hasta el 16 de diciembre. Trabajando a escasos 200 metros del temible reactor en turnos de 12 horas y regresando a España 14 días al mes. La función de Florencio y de sus tres compañeros era manejar una enorme grúa de 101 metros de altura y subir en ella a otros trabajadores hasta la parte superior del inmenso sarcófago, que tiene unas dimensiones de más de 100 metros de alto, 165 de largo y 265 de largo.

Pesa más de 30.000 toneladas y en su construcción, que ha durado cinco años y estos días recibe los últimos retoques, han trabajado más de 10.000 personas de 21 nacionalidades. Se ha requerido una inversión de 1.426 millones de euros, financiados principalmente por el Banco Europeo de Inversiones y los gobiernos europeos.

"DEBAJO CABRÍA EL BERNABÉU"

Unos números mareantes para levantar la mayor construcción metálica del planeta. "Debajo cabría el Bernabéu entero", compara Florencio. Todo ello para, a su vez, encerrar dentro a otro sarcófago, el construido por los soviéticos sobre el reactor dañado dentro de una estructura completamente nueva, más grande y segura.

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La empresa Tinlohi logró hacerse un hueco en el proyecto gracias a su gran grúa de 100 metros que hasta ahora sólo utilizaban para trabajar en los molinos de viento. Alberto Lozano, el propietario de la compañía, explica que la propuesta de trabajar en Chernóbil les llegó a través de otra firma española que a su vez conocía a Novarka, el consorcio francés que se ha encargado de la construcción del sarcófago.

Chernóbil era el último lugar del mundo en el que pensaba estar

Tras recibir la propuesta, Alberto propuso a sus trabajadores ir a Ucrania a trabajar. Y ellos no se lo pensaron. "Chernóbil era el último lugar del mundo en el que pensaba estar. Pero a mí me preguntaron que si estaba seguro y dije que sí porque nunca tienes que dejar de hacer las cosas por miedo. Si no, hay muchas cosas que te perderás. Mi familia se lo tomó un poco peor", explica Florencio.

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El siguiente paso de los cuatro españoles fue viajar a Slavútych, la ciudad más nueva de Ucrania, que se construyó en 1987 para realojar a la población tras la explosión de la central nuclear. "Es una ciudad muy triste, muy fea, horrorosa, todos los edificios muy cuadriculados", recuerda Florencio. Allí pasaron tres días recibiendo formación y sometiéndose a exhaustivas pruebas médicas. "Nos hicieron hasta la prueba de la centrifugadora para ver si resistíamos el mareo. Yo les decía a mis compañeros: no sé si venimos a trabajar o a pedir un préstamo", bromea el trabajador.

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"LA VEGETACIÓN EN LA ZONA DE EXCLUSIÓN ES EXUBERANTE"

Y, de allí, "en un tren con sillas de madera similar a los que teníamos en España en los 70", les llevaron a la central nuclear de Chernóbil. "Nos llevamos el primer palo porque aquellas instalaciones... Las veíamos y decíamos: 'Uf, ¿pero dónde nos estamos metiendo? Porque zonas como los vestuarios no se han tocado desde 1986. Eran los que tenía la central nuclear", explica. Una imagen lúgubre que, asegura, contrasta con la de los alrededores. "Hay un lago precioso y muy muy grande y alrededor es todo bosque, unos bosques tremendos", recuerda. "En la zona de exclusión la vida humana es escasa, pero la vegetación es exuberante y los animales campan a sus anchas", añade Alberto. Lógico si se tiene en cuenta que allí no se puede ni cazar ni talar.

Impresiona comprobar cómo el bosque se va comiendo a la ciudad

Los españoles que trabajaron en la construcción del sarcófago definen la central nuclear como "inmensa" y subrayan un detalle que les llamó la atención. Aquel fatídico 26 de abril de 1986 se estaba levantando un quinto reactor cuya construcción se quedó paralizada para siempre. "Y permanece según estaba en aquel momento. Lo ves allí con las grúas, que incluso algunas todavía tienen material colgado porque las abandonaron y jamás se volvió a tocar", relata Florencio, quien describe el paisaje que veía desde lo alto de la obra: "En el lado Oeste veíamos al fondo la ciudad fantasma de Prípiat [evacuada tras el desastre y abandonada desde entonces], con los rascacielos que tenía. E impresiona comprobar cómo el bosque se va comiendo a la ciudad".

Durante los seis meses que duró su trabajo, los cuatro españoles se alojaron en un hotel que la empresa constructora tiene en la ciudad de Ivankiv, a 70 kilómetros de la central. Todos los días recorrían el trayecto en autobús y tenían que pasar tres controles militares: uno a 30 kilómetros de la planta; otro a 10 kilómetros y un último en la propia entrada. Allí comenzaba su jornada de trabajo, que estaba marcada por los dos dosímetros que tenían que llevar constantemente encima. Estos aparatos sirven para medir los niveles de radicación de manera instantánea y registran la exposición diaria de cada persona en una base de datos informática.

"DECÍA QUE LE SABÍA LA BOCA A BATERÍA"

Florencio explica que en ningún momento podían superar el nivel de 0,100 milisievert. Cuando el aparato marcaba 0,080, comenzaba a pitar. Volvía a hacerlo al alcanzar 0,090. Y, cuando llegaba a 0,095, el pitido era constante y tenían que abandonar la central, meterse en el autobús y regresar al hotel. "Yo uno de los últimos días alcancé 0,106", explica el trabajador sin dar al detalle demasiada importancia.

La sensación cuando pitaba el dosímetro era sobrecogedora

Dice que a él no le agobiaba, pero que algún compañero suyo lo pasa mal cuando alcanzaba el límite. "Decía que le sabía la boca a batería", asegura. Alberto es uno de los que no estaba nada tranquilo cuando alcanzaba el máximo de radiactividad. "La sensación cuando pitaba era sobrecogedora", admite. Por eso, no se pueden imaginar lo que tuvo que sentir hace unos días uno de sus compañeros polacos que sigue trabajando en los remates del proyecto. Ahora, explican, la radiación dentro del sarcófago está más concentrada y aquel trabajador acumuló en cinco días 0,560 milisievert, cinco veces por encima del nivel que ellos tenían como límite.

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Los controles sanitarios en Ucrania tampoco eran escasos. Florencio explica que una vez a la semana tenían que pasar por un centro sanitario que hay en Chernóbil, donde hay una especie de asientos que miden la radiactividad acumulada. "Y una vez al mes teníamos que hacer unas pruebas de heces para controlar si estábamos asimilando mucha radioactividad", apunta.

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LOS CONTROLES MÉDICOS

Ahora, ya en España, tendrán que someterse a exhaustivos controles médicos. Aseguran que nada más regresar ya les hicieron una revisión rutinaria anual y después les han realizado análisis de sangre específicos sobre la absorción de radioactividad en el cuerpo. Además, Novarka les ha enviado unos certificados médicos sobre la acumulación que han sufrido.

"Yo, por ejemplo, he acumulado 3,5 sivers, cuando el máximo es 14 sieverts/año", asegura Florencio, quien remarca que si su proyecto hubiese durado más y hubiera sobrepasado el límite, al año siguiente no se les habría permitido trabajar allí.

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Los españoles coinciden en que la experiencia ha merecido la pena, que no siempre se tiene oportunidad de participar en un proyecto de esa envergadura y que han podido conocer una cultura diferente. Nunca lo olvidarán.

Fotos de Chernóbil

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