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Las ruinas del futuro

03/02/2016 07:14 CET | Actualizado 02/02/2017 11:12 CET

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Foto: ISTOCK

Hace un año, ante la mirada impasible de las ruinas del Partenón, Syriza ganaba las elecciones en Grecia, conjurando tanto las esperanzas de quienes veían en Atenas el último baluarte de resistencia frente al austericidio como las aprehensiones de los que temían una ruptura del orden económico instaurado por Bruselas. Meses después, entre la espada y la pared, Atenas acabó sometiéndose al dictado de Bruselas y Europa olvidó la crisis griega. Comenzó la llegada masiva de refugiados de Oriente Medio, aparecieron cadáveres en el Mediterráneo, muchos de ellos en las costas helenas. Las ruinas del Partenón siguen observando, inmutables, el dramático devenir de Europa. Invitan a tomar perspectiva, a tratar de imaginar cómo se interpretará en el futuro lo que estamos viviendo ahora.

Con el tiempo, las construcciones se vuelven metáforas de una época, de sus valores y su manera de entender la vida colectiva. Así es como vemos el Partenón hoy, como testimonio palpable y poderoso de la Grecia de Pericles, una civilización que, aun con sus lados oscuros, como todas, despierta admiración unánime. ¿Cómo se percibirá nuestra época dentro de un siglo, cinco o más? ¿Cuáles de nuestras construcciones sobrevivirán? Son cada vez más las voces autorizadas que coinciden en que la evolución de Europa en las últimas décadas ha desembocado, casi violentamente, en una gran encrucijada que se resume en optar entre una Europa social y universalmente solidaria, herencia de la posguerra, o una Europa financiera y utilitaria, impuesta tácitamente por la realidad económica y geopolítica. ¿Qué contarán los monumentos y ruinas del futuro sobre esta encrucijada? ¿Qué nos gustaría que contaran?

Albert Speer, el famoso arquitecto de Hitler, aspiraba a que las construcciones nazis resistieran el paso del tiempo durante miles de años y fueran veneradas en el futuro como lo eran las ruinas romanas en su época. No resistieron ni una generación, destrozadas en su mayor parte por los bombardeos aliados durante la segunda guerra mundial. Fue esa misma destrucción, causada por los bombardeos de uno y otro bando, la que se convirtió en oportunidad para los países europeos de reconstruir sus ciudades e infraestructuras de acuerdo a nuevos planteamientos y materiales. Los idearios arquitectónicos y urbanísticos de cuño vanguardista que habían circulado durante y en las décadas previas a la guerra derivaban de una determinada forma de entender el poder político y económico, las relaciones sociales y la tecnología. En palabras del arquitecto británico Andrew Derbyshire, "la idea de bienestar era algo que todos suscribíamos; existía un clima moral de hacer el bien, de hacer lo apropiado, de servir al pueblo".

La preservación o no de los edificios de posguerra se ha convertido en una cuestión ideológica que levanta pasiones más allá del ámbito de la historia de la arquitectura.

Tras el horror de la guerra, los artífices de la reconstrucción europea compartían una dosis genuina de idealismo que iba más allá de la necesidad objetiva de reconstruir el continente y diseñar un generoso Estado de Bienestar y un mercado común para contrarrestar la tentación del modelo comunista. Con una celeridad sorprendente se erigieron infraestructuras y edificios públicos por doquier: viviendas sociales, colegios, bibliotecas, centros culturales... Su estilo funcionalista y el material predilecto utilizado para su construcción, el cemento, son la traducción estética de una Europa progresista que miraba al futuro con optimismo.

Hoy, estas edificaciones se ven de forma diferente: son monstruos de hormigón, desfasados y contaminantes y, en el caso de las viviendas sociales, se perciben frecuentemente como entornos marginales y estigmatizantes. No es casualidad, sino reflejo de la paulatina desvalorización de la idea de Estado de Bienestar europeo y la consiguiente situación de abandono en que se encuentran muchas de estas construcciones, levantadas con dinero público y dependientes de éste para su mantenimiento. Ciertamente, y gracias también a la intensa labor de organizaciones activistas, algunos gobiernos, como el británico y el francés, han decidido proteger determinadas edificaciones de posguerra especialmente emblemáticas, convirtiéndolas en parte de su patrimonio nacional. Pero la respuesta a la presencia de muchas otras es consistente: demolerlas. Esta destrucción se justifica por parte de las autoridades, generalmente las locales, con el argumento de que es más caro mantener o reacondicionar estos edificios que sustituirlos por construcciones de nueva planta, además de que no cumplen con los requisitos medioambientales actuales. Pero el argumento que a menudo subyace es menos objetivo: son feos.

Si el Estado de Bienestar europeo molesta a muchas administraciones y líderes políticos actuales, también molesta su estética. Muchas ciudades europeas compiten ahora mismo por albergar rascacielos y complejos corporativos y a veces se encuentran con que los espacios que podrían acogerlos están ocupados por estas deslucidas estructuras monumentales de cemento. Es el caso de la Biblioteca Central de Birmingham, situada en pleno centro de la ciudad, y cuya demolición comenzó hace casi un año y continúa un año después. De estilo brutalista e inaugurada en 1974 dejará lugar a una torre de oficinas como parte de un plan más amplio de remodelación de la zona. En 2013 abrió sus puertas una nueva biblioteca a escasas manzanas de distancia.

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Foto de la Biblioteca de Birmingham/WIKIPEDIA

La preservación o no de los edificios de posguerra se ha convertido en una cuestión ideológica que levanta pasiones más allá del ámbito de la historia de la arquitectura. Lo interesante es que cuando hay voluntad de preservar este patrimonio, no importan los argumentos economicistas y medioambientales, pues se encuentra la financiación necesaria y se identifican las soluciones técnicas pertinentes para garantizar su sostenibilidad ecológica y su utilidad continuada. Tal es el caso de varios edificios reconvertidos y revalorizados gracias a intervenciones mínimas por parte de arquitectos contemporáneos en algunas ciudades francesas. Vemos así, almacenes municipales de harina que se convierten en campus universitario (París XIII); complejos administrativos que mutan en centros de danza (Pantin) y edificios de vivienda social que permanecen como tales, pero adaptándose a nuevas exigencias logísticas y energéticas (Créteil, Saint-Herblain).

Y es que, conforme pasa el tiempo, resulta cada vez más evidente que las décadas de posguerra -les trentes glorieuses (los gloriosos treinta años)- constituyeron un paréntesis de paz, democracia, justicia social y solidaridad internacional, decididamente excepcional, para muchos países europeos, inmersos por siglos en conflictos bélicos y sociales. Recordar y reivindicar la excepcional entidad histórica de este período y defender, en consecuencia, su legado material, sus construcciones, no significa idealizarlo ni caer en la nostalgia, pero sí reconocer que debe ser un referente continuado para las generaciones europeas presentes y venideras.

Si bien el Partenón sugiere que los legados físicos de las grandes civilizaciones permanecen; otras ruinas de actualidad, las de las civilizaciones pre-islámicas en Oriente Medio, nos alertan dramáticamente sobre cómo en cuestión de horas, minutos, es posible destruir un patrimonio milenario. Se podría interpretar como una provocación comparar el Partenón, o ciudades como Palmira, con el legado arquitectónico del Estado de Bienestar europeo, pero, volviendo al principio, nos sirve para tomar distancia e imaginarnos, metafórica- y literalmente, qué quedará de nuestra época en el futuro. ¿Qué historia contarán las ruinas y monumentos del siglo XX y XXI a nuestros descendientes? No será la misma si logramos que sobrevivan los edificios públicos de posguerra a que si sólo lo hacen las torres financieras.

Una versión anterior de este artículo fue publicada en el blog de la autora