INTERNACIONAL
11/12/2018 08:30 CET | Actualizado 11/12/2018 12:53 CET

La crisis de los chalecos amarillos, lo que le faltaba a Emmanuel Macron

El presidente ha perdido el apoyo de la calle y se enfrenta a una crisis que no tiene visos de mejorar.

Los chalecos amarillos escuchan el mensaje de Emmanuel Macron.

La revuelta de los "chalecos amarillos" era lo que le faltaba al presidente francés, Emmanuel Macron. Cuatro fines de semana consecutivos de protestas que se han saldado sólo en las últimas 48 horas con más de mil detenidos y centenares de heridos, han dado lugar a una Francia que se le ha ido por completo de las manos. A él, a un presidente que había llegado al Elíseo como nadie: con apenas 40 años, sin partido, y con la promesa de transformar el país de la mano de una gestión con la que volver a liderar el panorama internacional europeo. Poco queda de eso: Macron ha perdido la confianza de la calle.

Las protestas que comenzaron hace un mes contra la subida del impuesto sobre los combustibles han ido aumentando hasta reclamar cambios profundos en política y economía. Los primeros cánticos en las protestas, que comenzaron en pueblos y provincias extendiéndose rápido a capital, tenían como protagonista el diésel. Este combustible es el más utilizado en Francia, y en el último año su precio ha subido un 23%. El país europeo se ha situado así a la cabeza de la lista de países con el combustible más caro junto con Italia y Reino Unido. Macron considera que es una medida necesaria para combatir el calentamiento global, lo que ha generado un impacto económico que en las áreas rurales y periféricas, donde el desplazamiento con vehículo es una obligación, y donde sus habitantes lo califican de "insostenible".

Las demandas del colectivo no han dejado de crecer ante la falta de entendimiento con el Gobierno. La Carta oficial de los chalecos amarillos contiene un total de 25 demandas "para salir de la crisis", entre las que incluyen la abolición del Senado, el aumento del salario mínimo y pensiones o la reducción de contribuciones de empleados y empleadas. Son sus objetivos que reclaman ahora en unas protestas que se han concentrado hasta el momento en París, en la zona de Campos Elíseos, el núcleo urbano más vinculado con el poder político. Cerca de este emblemático monumento viven embajadores y diplomáticos y se alzan muchos de los edificios que albergan instituciones públicas. Entre ellas la propia residencia presidencial, el Palacio del Elíseo, el objetivo de estas marchas que exigen, además, la dimisión del Presidente, un pilar en el discurso del movimiento.

Ahora el presidente ha claudicado, sí. Ha pedido perdón, también, pero sobre él pesa la carga de la ira que se ha desencadenado entre los franceses, lo que ha ido parejo de un fuerte desplome de su popularidad.

Se está librando una batalla entre Macron y la opinión pública. No escucha a la gente, no nos conoce y no nos entiende

El índice de aprobación del presidente francés se ha desplomado 4 puntos porcentuales en un mes hasta situarse en el 23%, según una encuesta publicada el jueves realizada por Elabe para el periódico Les Échos. Su nivel de aprobación es más bajo aún que el de su predecesor en el cargo, el socialista François Hollande, en el mismo momento de su presidencia. "Se está librando una batalla entre Macron y la opinión pública", ha sentenciado Bernard Sananès, titular de la empresa encargada de la encuesta, en una entrevista con el periódico. Los encuestados han sido claros a la hora de apuntar el principal problema con su presidente: "No escucha a la gente, no nos conoce y no nos entiende".

El 'mea culpa' de Macron

El presidente francés, Emmanuel Macron, en su discurso del pasado lunes.

Macron es consciente de esa sensación que tienen los franceses y el pasado lunes quiso coger el toro por los cuernos y entonar el mea culpa. Mirando a cámara con evidente gesto de tensión, en un discurso dirigido a la nación, admitió que en este año y medio su Gobierno "no ha sabido dar una respuesta rápida". "Asumo mi responsabilidad", aseguró. "Puede que les haya dado la sensación de que no estaban entre mis preocupaciones ni entre mis prioridades, de que no era mi problema, pero no es así", ha asegurado.

Puede que les haya dado la sensación de que no estaban entre mis preocupaciones ni entre mis prioridades, de que no era mi problema, pero no es asíEmmanuel Macron

Acto seguido anunció un paquete de medidas de choque apelando directamente a su Gobierno y al Parlamento para que salgan adelante en 2019. En él se incluye una subida del salario mínimo de cien euros mensuales "sin que le cueste nada a los empresarios"; el pago de las horas extra y de las primas de final de año que quedarán libres de impuestos; y la subida impositiva prevista para el próximo año queda anulada para los pensionistas que cobren menos de 2.000 euros mensuales.

Por donde no ha pasado Macron ha sido por recuperar el impuesto sobre las grandes fortunas para no provocar una fuga de capitales, apostando en su lugar por fortalecer la lucha contra el fraude fiscal. En este sentido, ha indicado que las grandes empresas "tienen que pagar impuestos y tienen que hacerlo en Francia".

Ahora sus planes más inmediatos pasan por reunirse, este martes y el próximo miércoles, con representantes de bancos y grandes empresas para pedirles "participar en el esfuerzo colectivo" frente a la crisis.

Falta por ver qué consecuencias inmediatas tienen estas medidas, aunque la prensa francesa coincide este martes en resaltar que no acabarán con las movilizaciones. "Los anuncios hechos anoche, con la ventaja de que esta vez entonan el 'mea culpa' por comentarios "que podrían hacer daño", no traerán la calma de la noche a la mañana, ni harán que desaparezca tan rápidamente como apareció el amarillo fluorescente en el borde de las carreteras", augura el periódico La Voix du Nord.

Las medidas anunciadas por Macron más allá de lo que podría esperarse de los chalecos amarillos al comienzo del movimiento, pero, ¿serán suficientes para ellos?

L'Alsace señala por su parte que las medidas anunciadas por el presidente van "más allá de lo que podría esperarse de los chalecos amarillos al comienzo del movimiento". Pero "¿será suficiente para ellos?" "Nada es menos seguro ya que sus afirmaciones son diversas y están evolucionando". Para calmar la ira, "Macron afloja las cuerdas del bolso", titula Le Figaro. Es un "feliz Navidad antes de la hora", sentencia por su parte irónicamente el jefe de redacción del periódico galo Alexis Brezet.

La herida es profunda, muy profunda

Al presidente francés poco le sorprenderán estos análisis y titulares, porque es consciente de que sus anuncios y que los próximos pasos que dé son sólo un parche. La herida es muy, muy profunda. Por eso ha querido ir más allá, tratando de recuperar esa 'magia' que le llevó hasta el Elíseo: "Me presenté a las elecciones para acabar con estas crisis. Es necesario invertir en la nación, en las escuelas. Queremos una Francia donde una persona pueda vivir dignamente de su trabajo. Pido al Gobierno y al Parlamento que hagan lo necesario".

Macron ha abogado por alcanzar "un nuevo contrato" social para Francia. Con este objetivo ha convocado a todos los agentes políticos, económicos y sociales a "una reflexión profunda, a un debate sin precedentes". El líder europeo se ha atrevido incluso a proponer una revisión de la organización del Estado, "demasiado centralizado desde hace décadas" en París, cuestionando de esta forma una de las señas de identidad de Francia: el centralismo.

La tarea se le antoja tremendamente complicada a Macron, porque la crisis social que vive su país lleva implícitos otros problemas de consecuencias todavía desconocidas. El presidente francés tiene que ser capaz de rebajar la tensión social en las calles, impulsada por el descontento social, que por otro lado es un evidente caldo de cultivo del avance de la ultraderecha. La nueva Agrupación Nacional de Marine Le Pen sigue atentamente el transcurrir de los hechos, consciente de que podría otorgarle un nuevo impulso. En paralelo y trascendiendo sus propias fronteras, Macron también tiene que ser capaz de pilotar el liderazgo europeo para que la UE, a meses de las elecciones europeas y ya sin su férrea defensora del proyecto, la líder alemana Angela Merkel, no acabe mirándose en la crisis gala.

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