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05/06/2018 07:26 CEST | Actualizado 05/06/2018 07:26 CEST

Oda a la sorpresa

EFE

El placer de los comienzos sorpresivos y la satisfacción de los finales inesperados.

Sorpresón político

El bolso que se quedó en el escaño de Rajoy es el MacGuffin de la historia, el elemento de suspense de una trama corrompida (y corrupta) sobre el ocaso del presidente. El giro narrativo de la política nacional ha sido un golpe de timón que ningún guionista en solitario habría podido escribir. La aparición nada sorpresiva de Pedro Sánchez en el Congreso para ganar la moción de censura terminó con un gobierno socialista que deparará un buen puñado de sorpresas. A mí me pilló en un concierto de Silvia Pérez Cruz, que celebró el amargo final de Rajoy. El teatro estalló en aplausos (yo aplaudí y reí), un tipo de espiral del silencio poco sorprendente: seguro que muchos partidarios de Rajoy aplaudieron por simple inercia (aunque no rieron). Tampoco sorprenden los modales y el patetismo de Monedero cuando despidió a Soraya.

Los sondeos y los estudios demoscópicos limitan las sorpresas. Sin embargo, nadie conoce las leyes del devenir histórico (ni siquiera Fukuyama, que escribió una oda al fin de la historia) y esta magna sorpresa nos recuerda los avatares del determinismo y la sorprendente revitalización del posibilismo. ¡Arrea!

Otros principios sorpresa

Hemos abusado tanto de los finales sorpresa que ahora lo que nos descoloca es un buen principio sorpresa, aunque narrativamente también estén muy explotados. La unión improbable de partidos (lo que Albert Rivera llama, en un gesto de vulgaridad literaria, un gobierno Frankenstein) no es el único principio sorpresa esperanzador. La huelga feminista también ha abierto un nuevo horizonte de sorpresas. Y hay otros comienzos promisorios: las reivindicaciones de los jubilados o las protestas de los profesores interinos (de esto se habla menos, pero se está produciendo una movilización considerable, lo que debería abochornar a todos los que apenas hicieron nada cuando hubo recortes drásticos en educación). ¡Aúpa!

Los elementos de la sorpresa

Vera Tobin publicaba recientemente un artículo sobre la futilidad de los spoilers. Perder el elemento sorpresivo de una historia no arruina necesariamente nuestra experiencia, pero eso no significa que las sorpresas solo sean una cuestión cosmética o superficial de la trama. La sorpresa es el nuevo principio-esperanza de una sociedad que se había acostumbrado a la política de lo peor y a la despolitización como fundamento filosófico de la ciudadanía.

Basta ya de que es mejor malo conocido que bueno por conocer; para evitar la necrosis social, puede ser mejor malo por conocer que malo conocido. Si no comparten mi pasmado punto de vista, intenten sorprender con sus divagaciones, que las mías son previsibles y destruyen el objeto de mi alabanza: nuestra inagotable capacidad de asombro. ¡Ostras!

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