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29/11/2012 08:13 CET | Actualizado 28/01/2013 11:12 CET

Tahrir habla de nuevo

No ganamos para sobresaltos con esto de la primavera árabe (el despertar, como muchos prefieren llamarlo ahora). Cuando estábamos dispuestos a declarar nuestra admiración por el buen hacer del presidente egipcio Mohamed Morsi en su gestión de la crisis de Gaza, va y emite un decreto de corte autoritario que le vuelve a llenar la plaza Tahrir de gente.

No ganamos para sobresaltos con esto de la primavera árabe (el despertar, como muchos prefieren llamarlo ahora). Cuando estábamos dispuestos a declarar nuestra admiración por el buen hacer del presidente egipcio Mohamed Morsi en su gestión de la crisis de Gaza, va y emite un decreto de corte autoritario que le vuelve a llenar la plaza Tahrir de gente. No es para menos. Por dicho decretazo se autootorgaba un poder casi absoluto, sin supervisión, fuera de cualquier fiscalización. Su ligera marcha atrás al declarar que esa potestad se limitaría a "cuestiones de soberanía" (a temas de defensa nacional, por ejemplo), no ha servido para sacar a la gente de la plaza.

Tras haber luchado juntos una revolución que en pocos días echó a un presidente instalado en el trono desde hacía décadas, los egipcios se han ido separando y polarizando. Uno de los momentos estelares de dicha polarización fueron las elecciones presidenciales de la pasada primavera, en las que tras una primera vuelta con varios candidatos, tuvieron que acabar eligiendo entre el representante del pasado, el exministro de Mubarak Ahmed Shafik, y el representante de la religión, el de los Hermanos Musulmanes, Mohamed Morsi. Y optaron por éste. Desde entonces, un sector de la sociedad -y de la comunidad internacional- sigue de cerca sus pasos, atento a cualquier tentación autoritaria por parte de un Gobierno de corte islamista que recibe, además, el apoyo manifiesto de los salafistas. No hay que olvidar que hace apenas unos meses Morsi terminó también a golpe de decreto con el poder de la hasta entonces omnipotente cúpula militar, encabezada por el mariscal Tantawi.

El estamento judicial es otro de los más necesitados de reforma en el nuevo Egipto pero, curiosamente, algunos de los jueces que sirvieron de pilar al antiguo régimen encabezan ahora la revuelta contra la unilateralidad de Morsi.

Antiguo régimen frente a revolución; laicismo frente a islamismo; autoritarismo frente a la voz del pueblo... son solo algunas de las tensiones que la sociedad egipcia lleva experimentando desde enero de 2011 y de cuya resolución se esbozará el futuro del más importante país árabe.

En el futuro inmediato, el viernes volverá a ser un día clave, pues la oposición ha llamado ya a una jornada de movilizaciones. En un acto de responsabilidad, los Hermanos Musulmanes anularon una manifestación de apoyo al presidente el martes, para no exacerbar más los ánimos, pero han avisado de que pueden sacar millones de personas a la calle para mostrar su fuerza. Finalmente parece que han convocado a los suyos para el sábado.

En el corto plazo es probable que la asamblea constituyente -dominada por los islamistas y bajo fuertes críticas de los partidos progresistas y laicos- termine sus tareas la próxima semana y le presente a Morsi el texto constitucional para su aprobación. Entonces él tendría que convocar un referéndum en quince días, lo cual también alimentaría, en todos los sentidos, el clima político.

A largo plazo lo que se juega es el futuro de Egipto, y con él de toda la región. La necesidad de encontrar una vía propia en lo político, y de recuperar el crecimiento económico, para asegurar la prosperidad de la gente es el auténtico desafío que tiene ahora Morsi en sus manos. Por mucha mayoría que tenga, necesitaría más diálogo y consenso con las otras fuerzas políticas y sociales y menos golpe de timón a la hora de tomar decisiones.

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