El régimen ha terminado por creerse sus propias mentiras. Quienes han colocado los paneles que imitan pueblos terminan por creer que están llenos de gente feliz que espera su liberación.
Vladimir Putin, visitando el cosmódromo de Vostochni.
Vladimir Putin, visitando el cosmódromo de Vostochni.
SPUTNIK via REUTERS

La anécdota es mundialmente conocida: el famoso escritor francés Custine (1790-1857), un aristócrata especialista en crónicas de viajes, describía una visita de la emperatriz Catalina al Cáucaso. El historiador André Marois cita el episodio en su biografía del occidentalista Turgueniev: “para darle impresión de prosperidad cuando atravesaba campos yermos se habían hecho construir a lo largo de la carretera aldeas de cartón pintado. Los espíritus, como los campos, casi no mostraban al zar más que superficies engañosas”.

Apenas hay diferencias de fondo entre aquella Rusia y la actual. Una parte de la población, y de la milicia, sigue tan confundida y engañada como aquellos soldados que amedrentaron al zar Nicolás I impidiendo “tal vez” la llegada de un régimen más moderno. La tropa gritaba ‘¡Viva la Constitución’, “creyendo que era la mujer del Gran Duque Constantino”. Gran jaleo y marcha atrás.

Viendo el espectáculo del estadio moscovita lleno a rebosar de fans de Putin, una masa convencida de que la ‘operación militar especial’ lejos de ser una guerra era una misión para liberar a Ucrania de las manos de unos peligrosos nazis que tenían secuestrada a la población, uno se acuerda de aquella ‘Rusia eterna’ encerrada en forma de un doble concentrado (como el de Mercadona de tomate) de espíritus puros en el interior de una colorida matriuska.

Todo es un sofisticado autoengaño. El régimen ha terminado por creerse sus propias mentiras. Quienes han colocado los paneles que imitan pueblos terminan por creer que están llenos de gente feliz que espera su liberación. De manos y cañones de un dictador que, él sí, es filonazi por el universal principio del pato. O el de blanco, líquido y en botella es leche, de la era pre brick.

En los años de los últimos estertores de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) una pequeña avioneta Cessna, pilotada por un joven alemán, Mathías Rust aterrizó el 28 de mayo de 1987 en una atestada Plaza Roja, y se detuvo casi en la puerta del imponente Kremlin. La multitud estaba estupefacta. Lo importante no fue, sin embargo, el complicado aterrizaje en aquél símbolo icónico en la capital del ‘imperio rojo’. Era que el chico había sorteado, burlado más bien, todos los sistemas de detección aérea desde la RFA y el pacto de Varsovia hasta Moscú. Miles de kilómetros.

“La carrera armamentística que dio lugar a la crisis de los euromisiles había agotado a los soviéticos, que la iniciaron con los SS-20 y tuvieron que sufrir el efecto boomerang”

En la sede de la OTAN en Mons ya se sabía que la URSS era un sistema en quiebra, donde nada funcionaba. La carrera armamentística que dio lugar a la crisis de los euromisiles había agotado a los soviéticos, que la iniciaron con los SS-20 y tuvieron que sufrir el efecto boomerang. Era como un huevo sin yema. “Es insólito – decía a los periodistas un general italiano en Bruselas- . “Tienen armas nucleares, misiles, han sido los primeros en orbitar la Tierra con el ‘Sputnik’ y en enviar un ser vivo al espacio, la perrita callejera Laika, y un hombre, Yuri Gagarin… y no les ha funcionado lo principal, un elemento clave para la disuasión: los radares o los satélites espías”. Nada ha cambiado en este aspecto a pesar del ruido de tambores con el lanzamiento de un nuevo súper-súper-súper cohete capaz de recorrer 10.000 kilómetros.

Todavía pasean por internet y sus APP las tremendas imágenes de los cementerios de unidades de la armada, abandonadas, que formaban verdaderos atolones de hierro oxidado en el Báltico y mares del Norte. Por el color del amasijo de cascos, vistos desde satélites, era, verdaderamente, la flota ‘roja’.

O sea, como en los tiempos de Catalina y el príncipe Potenkim.

Serían las nueve de la mañana del 12 de agosto de 2000 cuando el comandante del moderno submarino nuclear Kursk dio la orden de disparar dos torpedos de salva durante unas maniobras en el Mar de Barents. Una cadena de accidentes e incompetencias provocó el estallido de la munición y el hundimiento del sumergible. Murieron sus 118 tripulantes. El flamante presidente, Vladimir Putin, no daba crédito.

Poco después se supo que veintitrés marineros habían sobrevivido durante al menos seis horas a las explosiones, pero entre la madeja burocrática, las órdenes encontradas y la incapacidad y falta de preparación de los equipos de rescate fueron muriendo sin remedio. Un oficial, incluso, dejó una nota de ese trágico final ofreciendo datos asombrosos sobre el suceso.

Los expertos de la OTAN, y de investigadores y universidades, volvieron a sacar las mismas conclusiones: ni el ejército ni el gobierno ruso estaban preparados para una situación de emergencia de esta naturaleza. Las propias autoridades tuvieron finalmente que aceptar la ayuda noruega y permitir el acceso a un equipo de buzos que lograron entrar en la nave. El informe oficial echó balones fuera y centró la crítica en los tripulantes: “Deslumbrantes infracciones de disciplina; equipos de mala calidad, obsoletos y mal mantenidos” además de un rosario de ineptitudes y torpezas encadenadas. Al final, fue una empresa holandesa la que tuvo que encargarse del rescate.

A partir de ahí nuevas maniobras de exhibición de fuerza con las unidades más modernas. Pero ‘a perro flaco todo son pulgas’.

El 19 de febrero de 2004 el presidente Putin presenciaba unas importantes maniobras navales en el Ártico, cuando un misil balístico RSM-54 lanzado desde el submarino nuclear Karelia se autodestruyó en el aire al desviarse de su trayectoria. El día anterior en este ejercicio, “el más importante en veinte años”, que movilizaba a las Fuerzas Estratégicas y Aeroespaciales y a más de 5.000 hombres, fracasaron dos intentos de lanzamiento de otros dos cohetes desde el submarino nuclear Novomoskovsk.

Más cartón pintado.

“Dos helicópteros ucranianos MI42 de origen soviético, volando a baja altura, burlaron la defensa antiaérea rusa y hasta a las tropas terrestres enemigas y penetraron veinte kilómetros en territorio de los invasores”

El primero de abril de este año 2022 dos helicópteros ucranianos MI42 de origen soviético, volando a baja altura, burlaron la defensa antiaérea rusa y hasta a las tropas terrestres enemigas y penetraron veinte kilómetros en territorio de los invasores: atacaron con misiles unos depósitos estratégicos llenos de combustible, unos 16.000 metros cúbicos, en el óblast (provincia) de Bélgorod. La acción fue un rotundo éxito para Zelenski y un mazazo para la imagen de poderío del imperio ruso. Además, afectó al ya de por sí caótico suministro a los blindados y camiones de transporte. ¡Ah, los tanques rusos...! Algunos estaban desmantelados; otros se averiaban por el camino. El ejército de Kiev se cebaba en el blanco fácil y desprotegido de los vehículos parados con el depósito vacío. Cientos de ellos, también herrumbrientos, yacen despanzurrados en imágenes convertidas en memes y burlas que inundan las redes.

La purga de generales no acaba con las desgracias, porque los nuevos vienen con la sola experiencia de derrotar a los débiles con la fuerza bruta. El penúltimo bofetón a Putin fue el hundimiento del Moskva –Moscú– buque insignia de la flota del Mar Negro a 80 millas náuticas de Odesa. Dos misiles, y encima para mayor escarnio de fabricación soviética lo echaron a pique. A la joya naval le fallaron todos los sistemas. Erizado de cañones, tubos lanzamisiles, lanzatorpedos y sistemas de contramedidas, fundamental en el cerco marítimo para evitar el abastecimiento ucranio por mar, no pudo evitar el impacto mortal. Otra prueba de que no es oro todo lo que reluce. El que tiene más cañones no siempre gana la guerra.

Eso aumentó la furia del autócrata con maneras de zar. Zar es una derivada semántica de César, como káiser. Y parece que Putin ha cruzado su Rubicón. Ya veremos si también tiene su Bruto y sus cómplices togados...

La guerra de Ucrania, que en realidad era un aviso a navegantes, a los antiguos países del Pacto de Varsovia, a la Unión Europea, a la OTAN, y al sursuncorda, ha sido una cadena de desastres tácticos y estratégicos propia de Pepe Gotera y Otilio, chapuzas a domicilio. De la gloria al ridículo solo hay un paso. Una delgada línea separa la disuasión de la chafada.

“La cuestión está en saber cuánto aguantarán los rusos. O las camarillas que están viendo peligrar el chollo”

El 20 de diciembre de 2016 escribía lo siguiente en este blog: “Hace unas semanas, en la visita a la Sociedad Geográfica de Moscú, Putin le preguntó a un niño que se sabía todas las capitales del mundo que cuáles eran las fronteras de Rusia, y el chico respondió correctamente: terminaba en el estrecho de Bering frente a Estados Unidos. El ex agente del KGB sonrió y le acarició la cabeza al chiquillo: “Las fronteras de Rusia no terminan nunca…” Sonrió frente a las televisiones y añadió: “es una broma”.

No lo era.

La cuestión está en saber cuánto aguantarán los rusos. O las camarillas que están viendo peligrar el chollo. O los militares que ya veían muy arriesgada e innecesaria esta aventura.