INTERNACIONAL
01/02/2020 11:38 CET

Brexit: la separación de un matrimonio mal avenido y cansado de crisis

Que Reino Unido se vaya de la UE nos da una pena tremenda, pero seamos francos: nunca protagonizaron el idilio perfecto y, al final, se les rompió el amor

JEAN-PIERRE PREVEL via Getty Images
Un británico ofrece una botella de whisky a un francés, el 1 de enero de 1973, en La Haya (Países Bajos), para celebrar el ingreso de Reino Unido en la CEE.

Han estado casados 47 años, se han querido, se han odiado, han tenido sus más y sus menos, pero hasta aquí han llegado. La salida del Reino Unido de la Unión Europea se hace realidad este 31 de enero (aunque aún quede mucho camino hasta la desconexión final), dejando en evidencia un pasado de desencuentros y de falta de confianza mutua.

Nunca fueron la pareja ideal, a qué negarlo. Los demás europeos siempre han visto a los de las islas como ajenos, lejanos, demasiado independientes, mientras que a la inversa se dejaba ver el desprecio al grupo, a su intromisión en lo doméstico, el chiste constante. No es algo nuevo, no ha nacido por generación espontánea desde el refrendo de 2016 hasta hoy, sino que su raíz hay que buscarla ya en la entrada de Londres en el club comunitario, en 1973, 16 años más tarde de que se adoptarse el Tratado de Roma. No fueron ellos los pioneros que tiraron de la Unión ni tenían mucho empeño en su entrada potencias esenciales como Francia, que le vetó el acceso en dos ocasiones. 

El “euroescepticismo” es un término acuñado en la década de los 80 del pasado siglo por el diario conservador británico The Times, que se fue haciendo fuerte en otros países europeos hasta la explosión de los dos últimos años, con el ascenso de la ultraderecha. Sin embargo, en Reino Unido ha sido siempre más hondo, “mucho más visceral, instintivo y emocional”, observa Daddow Oliver, profesor de la Universidad de Nottingham, en declaraciones a AP.

Ese sentimiento, explica, tiene sus raíces en la historia del país, durante mucho tiempo abierto a un mundo, un imperio en el que imponían su voz, pero siempre considerando a Europa como “el otro”, mirando más al oeste del Atlántico que al este. “La Unión Europea se considera incompatible con lo británico, con razón o sin ella”, explica Daddow.

“La tradición de la excepción británica tiene siglos y se ha ido adaptando a los cambios del contexto político y los desafíos. Originó la idea de que Gran Bretaña necesitaba vía libre en Europa para su expansión imperial”, señala. Estrechar demasiado los lazos con los europeos no era conveniente, para un país que se consideraba a principios de los años 50 una gran potencia mundial. Esa mentalidad subyace en el inconsciente británico y los brexiters han retomado la misma senda. 

Con una Cámara de los Comunes que presume de ser la madre de los parlamentos y su victoria en la Segunda Guerra Mundial -sin llegar a ser invadido nunca-, el Reino Unido ha cultivado un verdadero “orgullo” de su sistema político. De ahí la dificultad para aceptar la creciente dimensión política de la UE. David Cameron, el primer ministro que convocó la consulta del Brexit, dijo una frase muy recordada estos días: “Bruselas está tratando de adquirir demasiado poder”.

“El Reino Unido ha considerado que su adhesión a la UE es una forma de alcanzar una meta, y esa meta es la prosperidad económica, no la integración política”, sostiene Tim Oliver, de la Loughborough University de Londres, en declaraciones a AFP.  Londres, que luchó durante casi 15 años para integrar el mercado común, superando dos vetos del general francés De Gaulle (1961 y 1967), luego multiplicó las exenciones en temas tales como la libre circulación de personas o el euro. Dentro, pero nunca del todo. Un miembro poco cómodo.

En los últimos años, los más críticos con Europa se han hecho fuertes en sus tesis porque les ha seguido yendo bien estando fuera de la moneda única y de la libre circulación de personas, más aún viendo los datos de paro de la ¿pasada? crisis económica o las reacciones titubeantes en cuanto al problema de la inmigración, especialmente sensible en Reino Unido. 

“La percepción británica es que la UE está dirigida por los alemanes y los franceses, a su favor y en contra de nuestros intereses. A veces es verdad, pero a menudo es falso”, y los mensajes amplificados por los partidarios del Brexit (algunos claras mentiras) han complicado el relato de los más moderados, los reformistas que querían quedarse en la UE, abordando cambios necesarios, como pedían los liberales y parte de los laboristas. Demasiados elementos, sumados a los históricos, para inclinar la balanza. 

Toby Helm, editor político deThe Observer, escribía estos días en The Guardian las respuestas de diplomáticos y analistas a los que ha conocido en sus 30 años cubriendo las relaciones UK-UE, y el desencanto rezuma en todas ellas. Sir Nigel Sheinwald, exembajador del Reino Unido ante la UE y Washington, le contaba por ejemplo que “Europa siempre pareció ser una cuestión de elección, no de necesidad para el Reino Unido, a diferencia de la percepción francesa y alemana”.

“Las sucesivas generaciones de líderes políticos británicos no lograron explicar las realidades y la importancia de nuestra pertenencia a la UE, prefiriendo vivir con, en lugar de enfrentarse a la actitud de little-Englandism de los medios de comunicación británicos [expresión del siglo XIX para referirse a aquellos que se oponían a la expansión del imperio]”, escribe. El lema de la primera ministra Margaret Thatcher en el refrendo de 1975, cuando por primera vez se puso ya en cuestión la pertenencia comunitaria, se quedó en eso, en un eslogan: “Somos parte intrínseca de Europa”, decía. Si creía en ello, ni ella ni sus sucesores lo supieron transmitir. 

¿Por qué entraron?

Los británicos accedieron a entrar en la Comunidad Económica Europea (CEE) con casi un 65% de apoyos populares. Sus razones eran bastante básicas: tras años de no fiarse, de querer mantener su identidad y soberanía intactas, en los 70 se produjo un importante boom económico en el bloque aliado, justo cuando la economía británica no pasaba por un buen momento. Fue un paso práctico en busca de mejoras. 

Desde entonces, han ido sumándose a algunas iniciativas, pero dejando de lado otras troncales para la esencia europea. Así, no se unieron en 1985 al Acuerdo de Schengen para suprimir los controles fronterizos como tampoco en 1988 a la Unión Económica y Monetaria (UEM), que a la larga permitió el nacimiento del euro como moneda única. Londres siempre ha querido defender su autonomía en esos campos, ha recelado de la posibilidad de que Europa fuese un “súper estado” o acabase convertida en una “federación política”. Quería lo bueno del mercado interior comunitario (al que hoy exportaba el 45% de sus bienes) y la política comercial común, marcada por el libre comercio, del que ha sido principal abanderado. 

Los años 80 estuvieron marcados por choques constantes, con Reino Unido alentando el proteccionismo y reclamando ajustes en las contribuciones nacionales, reprochando a los menos pudientes que empezaban a entrar (España, Portugal) que no aportasen tanto con ellos. “Queremos nuestro dinero de vuelta”, llegó a reclamar Thatcher. Arrancaron excepciones nunca vistas antes ni después como el llamado cheque británico, un mecanismo de compensación con el que se pretendía retribuir a los británicos por las subvenciones agrarias que disfrutaban otros países de la Unión Europea, en plena expansión de la PAC. Leer el discurso de la premier en Brujas (1988) hace entender bien por qué tenemos hoy un Brexit sobre la mesa. 

Hasta la llegada de Tony Blair, cuando hubo un atisbo de europeísmo en Downing Street, el cerrojazo se mantuvo. El laborista se convirtió en uno de los grandes impulsores de una ampliación del bloque hacia el este del continente y, gracias a la influencia británica (más la anuencia alemana) el número de miembros de la UE pasó de 15 a 25 en 2004, incorporando, entre otros, a Polonia, República Checa y los países bálticos, creando así un espacio político y económico de cerca de 450 millones de personas. De nuevo, el mercado, la promesa de más clientela, era la clave para el paso de Reino Unido, pero no se puede dejar de valorar el gesto político. 

Fue un destello en Bruselas que, a la larga, inició la senda de la desconexión, explica la BBC: “según una investigación realizada por la Unidad de Investigación de Migración del profesor John Salt, de la University College de Londres, 129.000 migrantes del llamado grupo EU8 -que incluye a Polonia, Hungría, República Checa, Estonia, Lituania, Letonia, Eslovaquia y Eslovenia- ingresaron a territorio británico entre 2004 y 2005”. Esa oleada migratoria, más el inicio de la crisis en 2008, fueron esenciales para radicalizar el discurso de los anti Europa y llevar, al fin, al cambio de primer ministro, hasta dar con el conservador David Cameron, quien basó gran parte de su campaña en la posibilidad de votar en plebiscito el sí o el no a los Veintiocho. 

Lo demás, es historia, cómo se convocó la consulta, la ganaron los partidarios del leave (salir) y nos embarcamos en una máquina política de picar primeros ministros, viejas lealtades y confianzas mutuas. Hasta Boris Johnson y su fiesta de hoy.

Las lágrimas de los europarlamentarios que se despedían en Bruselas esta semana emocionan, pero son sólo parte del dibujo, el relato de quienes sí han estado en las instituciones y han aprendido a amar el proyecto común con Europa. Los datos del refrendo (por más que fueran ajustados), de las últimas elecciones (mayoría absoluta y manos libres para que el Brexit se ejecute de una vez) y de las encuestas de opinión evidencian que esto, por duro que sea, es lo que se quería.

¿Habrá un día camino de vuelta?

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