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31/10/2019 07:35 CET | Actualizado 31/10/2019 07:35 CET

Contra-milagro

Hasta ahora varios sectores políticos de este país se oponían a la salida del dictador del Valle de los Caídos. Lo que negaba la derecha, la izquierda era incapaz ni siquiera de plantear. Mover a Franco parecía inalcanzable, imposible, por lo que el propio hecho se podría calificar de “milagro histórico”.

Nunca se debió enterrar al verdugo junto a las víctimas. Pero, en ese momento, Juan Carlos I era capaz de firmar cualquier cosa para subir al poder. Ya lo había hecho antes jurando los Principios del Movimiento y la lealtad al Jefe del Estado, es decir al dictador, al Nacional Catolicismo. De esta manera Juan Carlos I de Borbón era declarado sucesor, no electo, del genocida Francisco Franco.

En 1975, a modo de rey, Juan Carlos I pasaba a ser el jefe del Estado español. El nuevo rey tomaba el poder por asignación directa e indiscutible del dictador. En este acto celebrado en las Cortes el Rey nombró al Generalísimo y a Dios, al primero agradeció y al segundo le pidió ayuda.

Mover a Franco parecía inalcanzable, imposible, por lo que el propio hecho se podría calificar de “milagro histórico”.

Pero la ayuda no sería divina sino terrenal. Dios tendrá mejores cosas que hacer, seguro. Así que será la Iglesia española, siempre al lado de dictaduras y monarquías, la que apoye al rey como hizo antes con el dictador.

Para la Iglesia española la exhumación de Franco no ha sido un milagro, más bien ha sido un “contra-milagro”. La institución de la iglesia siempre al lado de la represión franquista, cómplice histórica de corruptos, nada democrática y donde la mujer es menos que el hombre.

A veces los pies de Dios no llegan a tocar el suelo. Es en ese espacio, entre lo divino y lo terrenal, donde existe esa iglesia despreciable.

 

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