POLÍTICA
14/03/2021 09:41 CET

Cronología de un confinamiento: así empezó todo

Un año después de que el Gobierno declarara el estado de alarma, el país no es el mismo.

Borja B. Hojas/Getty Images
La gente aplaude a los sanitarios desde sus ventanas, el 29 de marzo de 2020 en Madrid.

El recuerdo del 14 de marzo de 2020 queda algo borroso. La pandemia no empezó ese día, pero sí es ahí cuando los españoles fueron realmente conscientes de ella. Hasta un día antes, muchos no habían escuchado en su vida el concepto de ‘estado de alarma’, pero el viernes 13 (¡ay!) el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y los medios de comunicación del país se encargaron de explicarlo.

Ese viernes, lo que más se oía en la capital de España era que iban “a cerrar Madrid”. Entre los hosteleros corría el rumor de que ya podían dar por perdido ese fin de semana, pero aun así hubo gente que el viernes se tomó ‘la última’. A algunos ‘afortunados’ incluso les dio tiempo a salir huyendo de la ciudad, pero la mayoría fue responsable y se quedó en casa. Había que aguantar unas semanas, dos como mínimo. Pocos pensaron que se convertirían en tres meses y siete días. 

En un ensayo general de lo que estaba por venir, el 9 de marzo, a última hora de la tarde, Madrid ya anunció que cerraba todos los centros educativos de la región a partir del miércoles 11. La misma medida se tomó en la ciudad de Vitoria y en el municipio riojano de Labastida, las tres únicas zonas que en ese momento se consideraban de “transmisión alta”. El resto de comunidades fue sumándose después poco a poco.

El primer aplauso en el balcón

En ese entonces, los informes del Ministerio de Sanidad sobre el coronavirus no tenían nada que ver con los de ahora. Hasta el 13 de marzo de 2020 se habían notificado 4.209 casos en el país y 120 muertes, y había un total de 272 personas en UCI por covid, de ellas 180 en la Comunidad de Madrid. Hoy son 3.183.704 los contagios registrados en España desde el inicio de la pandemia, y 72.258 las personas que han muerto por covid, según las cifras oficiales.

EL HUFFPOST
La primera convocatoria para salir al balcón a aplaudir a los sanitarios por el covid.

Pese a todo, la epidemia también trajo cosas bonitas. Para homenajear a los sanitarios, que se estaban dejando la vida para salvar la del resto —muchas veces sin protección—, a alguien se le ocurrió convocar por WhatsApp y redes sociales a la gente para salir a aplaudir en “ventanas, terrazas y balcones”. Este 14 de marzo se cumple también un año de aquellos primeros aplausos.

Ese día, sábado, la quedada fue a las 10 de la noche, porque esto es España, pero luego se adelantó la hora para incluir a los más pequeños de las casas, que no querían perderse esas ‘salidas’. Las ocho pasó a ser, durante muchas semanas, la hora de los aplausos, del Resistiré y, sobre todo, del (re)encuentro entre vecinos, desde el tímido saludo con la cabeza hasta la charleta y las cañas de balcón a balcón. La alegría iba por barrios. Y a los barrios llegó también a mediados de mayo la discrepancia, el hartazgo y la denuncia en forma de caceroladas, que eclipsaron los aplausos. 

Fueron las primeras manifestaciones del estado de alarma, que luego dieron paso, entre otras, a las de los negacionistas y a las de los hosteleros, hartos de mantener cerrados sus locales por el virus. 

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Una mujer protesta con una cacerola desde su balcón contra las restricciones, mientras otra le hace una peineta desde la calle. En Madrid, el 20 de junio de 2020.

Pero antes de esas protestas, y a falta de locales abiertos, mucha gente se abonó a las clases de ejercicio virtual, con sus retos de yoga, cardio y pilates; a otros les dio por hacer pan, y agotaron las existencias de levadura en los supermercados; crecieron también exponencialmente la venta de juguetes sexuales y de buen vino, las suscripciones a las plataformas de streaming y las conversaciones en Tinder, porque con algo había que entretenerse. Quizá por eso, y ante la enorme incertidumbre que reinaba, la inmensa mayoría de los españoles se acostumbró también a seguir las comparecencias solemnes que daba Pedro Sánchez cada fin de semana. 

Entonces algunos lo acusaron de haber creado una especie de Aló Presidente al estilo venezolano, pero nadie sabe qué habrían hecho ellos en su lugar.

El ingreso mínimo vital quizás no hubiera salido adelante si no es por la pandemia

Cuando se le pregunta a Pedro Gullón, médico especialista en Salud Pública y Medicina Preventiva, si la pandemia ha traído algo bueno, cita precisamente dos medidas políticas que no tienen que ver directamente con el virus: los ERTE y el ingreso mínimo vital“Aunque son mejorables, estas medidas han sido una revolución social”, afirma. “El ingreso mínimo vital quizás no hubiera salido adelante si no es por la pandemia”, sostiene el epidemiólogo.

Gullón, como tantos otros colegas suyos, se ha visto este año en el ojo del huracán mediático, algo que sólo puede significar que las cosas han ido mal. Los epidemiólogos, esos “marginados” dentro del ámbito de la salud, “sólo salen en momentos de crisis, y cuando no se les ve es porque la enfermedad está controlada”, dice. Por eso mismo, este año se han convertido en fuentes de cabecera de los medios de comunicación, en tertulianos o en chivos expiatorios si tenían la mala pata de llamarse Fernando Simón.

Un año después de que comenzara el tsunami, Gullón confiesa que “la exposición mediática no ha sido fácil de manejar” y que un mal dato o una mala tendencia en la epidemia han ido siempre acompañadas de una pesada carga emocional y de un sentimiento de culpa, incluso sin estar “en la primera línea de investigadores covid”.

El peor y el mejor día

Paradójicamente, el día que peor lo pasó Gullón por la pandemia no tuvo del todo que ver con un mal dato de contagios o de muertes, sino con una negligencia política en la gestión de esta crisis. “Fue en la segunda ola, cuando se acordaron unas medidas comunes [entre el Ministerio de Sanidad y las autonomías] y parecía que todo tomaba una dirección, que había un acuerdo de mínimos pese a que la situación era complicada”, recuerda. “De repente, la Comunidad de Madrid se puso a la contra e hizo lo que le dio la gana”, lamenta. A Gullón le dolió especialmente porque “una sola persona, un solo Gobierno” estaba echando por tierra el trabajo “no de 17 consejeros, sino de muchísimos técnicos de salud pública y de muchísimas personas que se habían esforzado”, algo que además “creaba confusión entre la población”.  

El momento más alegre fue, quizás, la llegada de las primeras vacunas a España, y las caras de Araceli y Mónica, que pusieron nombre y rostro a ese principio del fin aquel 27 de diciembre, sólo un año después de que surgiera el virus en un mercado de Wuhan, y contra todo pronóstico, pues nunca en la historia se había fabricado una vacuna contra una enfermedad en tan poco tiempo. 

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Ya es casi un tópico decirlo: la pandemia ha afectado a todo el mundo, pero no a todos por igual. José Ramón Ubieto, psicólogo, cita tres grupos de población que han quedado especialmente marcados: los sanitarios de primera línea, los ancianos y los adolescentes. En los dos primeros casos, por haber visto la muerte muy de cerca, ya fuera en ellos mismos o en otras personas, y sin derecho a duelo. En el caso de los más jóvenes, porque se han visto privados de un año de su vida que a esas edades tiene un valor distinto y de un contacto físico y social fundamental en esa etapa.

La huella persistente de la pandemia

Los no tan jóvenes, aquellos (casi) treintañeros que ya veían la luz al final del túnel tras la crisis de 2008, que ya habían empezado a independizarse y cobraban, con suerte, más de mil euros, han vuelto en muchos casos a la casilla de salida. La natalidad se ha desplomado. En diciembre de 2020, cuando vieron la luz los primeros bebés concebidos en el confinamiento, en España sólo nacieron 23.226 niños, un 20,4% menos que en el mismo mes de 2019, y la menor cifra desde que comenzó la serie estadística del INE, en 1941. En enero de 2021, siempre según datos del INE, el número de nacimientos repuntó levemente hasta los 24.061, aunque la cifra sigue siendo un 20% inferior a la del mismo mes del año anterior. 

El fenómeno no es casual. “En momentos de miedo e incertidumbre, la gente no hace planes a medio y largo plazo: no monta una empresa, no pide un préstamo, no compra un coche y tampoco tiene un hijo”, comenta Alberto del Campo, profesor de Antropología Social en la Universidad Pablo de Olavide y autor de La vida cotidiana en tiempos de la covid (Catarata). “Aquí además se suma el miedo a la enfermedad, así que la gente lo acaba postergando”, prosigue.

En España se han encadenado dos crisis

El problema es que ese standby puede ser “temporal o indefinido”, matiza Teresa Castro, socióloga del CSIC. “Cualquier crisis incide negativamente en la fecundidad y en España se han encadenado dos crisis”, explica. “En otros países se ve que con la crisis [de 2008] decreció la fecundidad y luego subió; en España, no”, señala la demógrafa, que entre los factores que influyen en esto cita el hecho de que en España los jóvenes abandonan la casa familiar con 29 años de media, ocho años más tarde que sus homólogos suecos. 

La “nueva pobreza”

Esa precariedad se ha visto también reflejada este año en las colas del hambre. La Fundación Madrina, que antes de la pandemia daba de comer aproximadamente a 500 familias, este año ha llegado a atender a 4.000 personas al día, recibiendo 15 llamadas por minuto de gente que les pedía comida o productos de higiene básica para sus hijos. Conrado Giménez, presidente de esta ONG, habla de una “nueva pobreza” que va más allá de la falta de alimentos. “La cola del hambre se ha convertido en la cola de los sintecho”, dice. La gente ya no puede pagar el alquiler, las ayudas no les llegan, sus caseros no ceden, y se ven obligados a salir de sus casas.

Con cuatro millones de parados y 900.000 personas en ERTE, con más de 70.000 muertos y miles de personas con secuelas por la covid, con una salud mental en estado crítico, la pregunta ahora no es cómo hemos sobrevivido a este año, sino cómo saldremos adelante los siguientes. 

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