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16/07/2019 07:15 CEST | Actualizado 16/07/2019 07:15 CEST

'Cum clavis'

Dylan Martinez / Reuters
Fumata blanca en el Vaticano tras la elección del papa Francisco. 

Está claro que a nuestros insignes padres de la patria por un oído les entra y por otros les sale el clamor popular de que no queremos otras elecciones, que estamos hartos de egos hinchados como pavos reales, que ya hemos dicho lo que queremos, y queremos acuerdo. Que llevamos dos meses, por Dios. Y que al que más y al que menos nos hierve la sangre de pensar en tantas “señorías” cobrando magros salarios y sin fichar.

Esto lo hubiéramos solucionado si el día 1, el primero después de los comicios, hubiéramos cerrado a cal y canto las puertas del Congreso y no las hubiéramos abierto hasta que se hubieran puesto de acuerdo. Y sin aire acondicionado, que hubieran sufrido como los demás esta desesperante e interminable ola de calor.

De los encierros prolongados, y bien administrados, pueden salir cosas buenas. Aureliano Babilonia, el último, descifró los pergaminos de Melquiades, los que contaban la historia de Cien Años de Soledad, después de encerrarse en un cuarto durante toda su vida; otros Buendía, antes que él, se habían negado a salir de sus habitaciones por diversos motivos, y todos provechosos.

Se me ocurren otros “encierros” posibles que, a buen seguro, podrían arreglar algo. Leí hace tiempo, en uno de esos libros de curiosidades de la historia, el porqué del término “cónclave” para definir la reunión a puerta cerrada de los cardenales para elegir al sucesor en el trono de San Pedro. No hay que olvidar que cónclave viene del latín cum clavis, con llave.

Esto lo hubiéramos solucionado si el primer día tras los comicios hubiéramos cerrado a cal y canto las puertas del Congreso y no las hubiéramos abierto hasta que se pusieran de acuerdo.

Fue a mediados del siglo XIII, cuando, tras la muerte del papa Clemente IV, y después de casi tres años sin que se llegara a ningún acuerdo, los ciudadanos decidieron encerrar a los cardenales electores en el palacio episcopal sin suministrarles alimento alguno, excepto pan y agua. En pocos días salió elegido el nuevo pontífice, creo que Gregorio X. Tampoco sería mala cosa.

Extrapolando, y fantaseando, que es gratis, se me ocurre que si hiciéramos lo mismo con los padres de la patria, los que dirigen nuestros tristes destinos, igual hacíamos historia. Dejarlos a pan y agua podría traducirse en nuestros días como encerrarlos sin IPOD, IPAD, tablets, portátiles, vuelos en primera clase, coches oficiales, dietas, asesores por docenas y sueldos más que generosos. Y eso sí, bajo llave. Todos los días que sean precisos hasta que se harten del “y tú más” y del “anda que tú” y se pongan de acuerdo. Que no los hemos elegido para que se dediquen a sus cosas, a sus batallitas, mientras la vida pasa por su lado sin que se despeinen.

No dudo de que unos cuantos estén echando muchas horas en negociaciones, pero o no saben o no pueden, que no sé que es peor, porque se supone que el político, por definición, debe ser imaginativo, dialogante, flexible, de mente abierta, generoso, con vocación de servicio público y, sobre todo, preocupado por los ciudadanos.

Por los mismos que prefieren encerrarlos “cum clave”, con siete llaves, antes de permitir que nos vuelvan a llevar a las urnas.

 

Este post se publicó originalmente en el blog de la autora.

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