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20/11/2020 12:01 CET | Actualizado 20/11/2020 12:02 CET

Desazón

Cada vez tengo más la sensación de que vamos hacia el abismo (o algo peor) y hacemos ver que no, que es un mal momento y que ya todo se irá arreglando.

GABRIEL BOUYS via Getty Images

Este artículo también está disponible en catalán.

 

Quizás es por este tipo de depresión de baja intensidad bastante generalizada en la población —aunque (seguramente) no padezca el coronavirus— que va aparejada al estado de pandemia, pero cada vez tengo más la sensación de que nos está pasando lo que le ocurrió a mucha gente antes, por ejemplo, de la II Guerra Mundial u, otro ejemplo, durante el ascenso del nazismo. Que vamos hacia el abismo (o algo peor) y hacemos ver que no, que nada, que es un mal momento y que ya todo se irá arreglando; cuando me parece que es al revés: que todo se está estropeando, degradando, corrompiendo. El síndrome de la rana hervida a fuego lento. Capacidad de reacción, cero.

Hablo de pandemias y de política. Tengo la sensación de que Donald Trump es capaz de empezar una guerra, de tirar una bomba atómica, de cualquier cosa, para continuar en el poder, para negar tanto el número como lo que dicen los votos (sacar la Guardia Nacional a la calle, también, aunque ese límite ya lo ha traspasado con la excusa de trasladar una Biblia en la que no cree y a la que no obedece). Tengo la sensación también de que la gente que debería reaccionar cuando pise ese límite, cuando llegue a este punto drástico, ya no llegará a tiempo, si es que tiene intención de reaccionar en contra. Hasta este momento, cada vez que Trump ha embestido un límite, o bien le han aplaudido o bien han callado. Al fin y al cabo, bien les convenía lo que hacía; y ahora quizás crean que acabará siendo presidente cuatro años más.

¿Se paran a pensar los diferentes gobiernos, aunque sea por un momento, las medidas que emiten contra la pandemia?

Por otra parte, no sé si las costuras de la política pueden aguantar mucho tiempo más comportamientos y decisiones (o desatinos) de dirigentes que da toda la sensación de que cuando se metieron en política nunca pensaron que algún día podría haber una emergencia como la del coronavirus y tendrían, pues, que arremangarse y ponerse a gestionarla. Incluso parece que consideren una gran injusticia que les suceda eso.

Recuerdo y recuerdan a aquel vicepresidente primero, Francisco Álvarez-Cascos, del gobierno de José María Aznar, que durante la siniestra, turbia y llena de chapapote crisis del naufragio del Prestige no abandonó la cacería y la juerga en que participaba por mucho que presidiera el ministerio responsable de controlar la catástrofe.

¿Es razonable que en Cataluña, en una especie de Juegos del hambre cruel y perverso, las ayudas a las personas autónomas hayan llegado sólo a las primeras que pudieron acceder a la web y que el resto se quedara sin ninguna y totalmente desamparado? ¿Es digerible que los partidos políticos no dejen de tirarse los trastos a la cabeza ni cuando hay una emergencia?, ¿que no dejen de contar votos en cada sesión de control convertida en una batalla campal en el Congreso? ¿Se paran a pensar los diferentes gobiernos, aunque sea por un momento, las medidas que emiten contra la pandemia? Es posible que piensen que no les pasará factura. Lo más triste es que es posible que no se la pase.

 

NB 1. La vehicularidad del castellano en Cataluña no es un inapelable mandato constitucional sino una de las excrecencias con que manchó «su» ley de educación el exministro José Ignacio Wert, el españolizador de las criaturas catalanas. Sacándola, se elimina el atropello de Wert y se deja tal como estaba. Que Inés Arrimadas sólo sepa apelar una y otra vez a «la humillación» que representa que el castellano no sea lengua vehicular en la escuela catalana y no aporte ningún argumento lingüístico, no hace más que certificarlo.

Por cierto, según la Encuesta de usos lingüísticos de la población, el uso de la lengua catalana en Barcelona cae cinco puntos en cinco años y pierde un tercio de la juventud (en el Área Metropolitana es todavía peor). 

NB 2. No veo que haya llamado la atención ni a nadie ni a ningún medio que Kamala Harris no se cambiase el apellido cuando se casó. Por algo se empieza. Lucy Stone (1818-1893), la paladina de que las mujeres conservaran su apellido al casarse, «mi nombre es el símbolo de mi identidad y no debe perderse», debe descansar con un poco más de paz.

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