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13/08/2019 10:26 CEST | Actualizado 13/08/2019 10:26 CEST

El arte de no existir: la víctima de violación y otros dolores invisibles

somkku via Getty Images

Nadie creyó a Cyntoia Brown cuando declaró durante el juicio en su contra, que había matado a Johnny M. Allen, de 43 años, en defensa propia. No importó que fuera la víctima de un proxeneta, una mujer menor de edad sometida al tráfico sexual desde la adolescencia o que Allen hubiera pagado 150$ para llevarle a su casa para sostener relaciones sexuales. Nadie quiso escucharle a pesar del rostro marcado por los golpes que Allen le había propinado o el largo historial de maltrato físico que llevaba a cuestas. Brown fue condenada a cadena perpetua en el año 2006, lo cual sólo le permitiría optar a la libertad condicional en 2059, a la edad de 51 años.

A los 31 años, Cyntoia fue liberada luego de crecer detrás de las rejas. Sólo gracias a la presión de una campaña impulsada por varias celebridades pudo obtener un indulto de Bill Haslam, exgobernador republicano de Tennessee. “Espero utilizar mis experiencias para ayudar a otras mujeres y niñas que sufren abuso y explotación”, declaró en un comunicado publicado el lunes.

Brown abandona la cárcel pero el precedente de su caso sigue abarcando algo más inquietante y duro de asumir: que la mujer siempre será la culpable y en parte responsable de la agresión sexual que sufre.

Sin embargo, el sistema judicial estadounidense nunca admitió que Cyntoia había sido una víctima. Brown fue condenada como asesina, pero los atenuantes que pudieron brindar contexto a su comportamiento fueron desestimados o ignorados. Tampoco se le permitió demostrar que no tuvo otra opción que asesinar o morir. Brown abandona la cárcel pero el precedente de su caso sigue abarcando algo más inquietante y duro de asumir: que la mujer siempre será la culpable y en parte responsable de la agresión sexual que sufre. Que no importa qué sea lo que ocurra, la aparente “culpabilidad” de la víctima siempre será motivo de debate y de hecho, un elemento turbio que la condene de manera directa. 

Pensé en esa idea cuando hace unos días leí la reflexión de un amigo en mi muro de Facebook, sobre el hecho de que cada vez que una mujer resulta agredida sexualmente, alguien pregunta cómo estaba vestida. Una y otra vez, diferentes voces insisten en comprobar que la víctima de la agresión se veía como se supone debe verse una mujer inocente y no como alguien que podría provocar la agresión. La pregunta parece incluso una insinuación de que quizás la víctima pudo evitar el ataque o incluso, una sugerencia de que la manera como viste pudo provocar la violencia que padeció. La discusión alcanzó unos cien comentarios entre quienes les preocupaba el matiz que puede interpretarse del cuestionamiento y los que pensaban que una violación puede ser la consecuencia de un determinado comportamiento. Uno de los participantes hizo el siguiente comentario:

“Si un hombre fue asesinado a puñaladas, la primera pregunta que se haría no es si el jean y la camiseta que llevaba pudo provocar al asesino, sino que fue una víctima de un hecho de violencia. ¿Por qué con respecto a una mujer es distinto?

En pleno debate se llegó a insistir en que una violación es parte de “las posibilidades de lo que puede ocurrirle a cualquiera y es tiempo de asumirlo” una idea que parece resumir no sólo la normalización del crimen sexual como parte de la cultura sino el hecho (mucho más grave y preocupante) que nuestra sociedad asume el hecho de la violación, como inevitable.

Hubo un revuelo por el comentario, sobre todo después de que alguien se escandalizara por la comparación, como si una violación y un asesinato no fueran crímenes. Incluso, en pleno debate se llegó a insistir en que una violación es parte de “las posibilidades de lo que puede ocurrirle a cualquiera y es tiempo de asumirlo” una idea que parece resumir no sólo la normalización del crimen sexual como parte de la cultura sino el hecho (mucho más grave y preocupante) que nuestra sociedad asume el hecho de la violación, como inevitable.

Pensé en Cyntoia Brown, con quince años, sometida a un tipo de violencia difícil de imaginar. Aterrorizada, vendida a un hombre adulto que le maltrató para luego violarla. Una víctima que disparó para salvar su vida y así lo declaró cuando ocupó el banquillo de los acusados. La justicia ignoró la violencia que había sufrido y la desestimó con una facilidad escalofriante. ¿Pensó lo mismo el jurado que le juzgó? ¿Asumió que la violación es un mal menor en comparación a cualquier otro crimen? 

Quizás se trata de esa interpretación que supone que la agresión sexual es parte de la vida de la mujer — o un hecho que tarde o temprano debería atravesar — , me digo. Una versión de la que proviene toda una serie de ideas que aún se conservan sobre la agresión sexual. Un pensamiento que podría abarcar no sólo el hecho de que una violación no se analiza como un delito sin atenuantes sino también, lo que parece ser una sospecha poco disimulada sobre cuanto pudo influir el comportamiento de la víctima sobre la violencia que sufrió. A Cyntoia Brown se le condenó a cadena perpetua por matar a su agresor, pero nadie fue detenido por someterla a esclavitud sexual. Durante su juicio, el hecho de la violencia sexual que había sufrido se minimizó y al final, no resultó al momento de imponerle sentencia. ¿Sucede lo mismo siempre? 

Sin duda: esa noción de la violación como un hecho sexual — y no de poder, como realmente lo es — hace que muchas veces la violación se idealice, se le brinden connotaciones de juego sexual o lo que resulta más preocupante, que parezca abarcar un terreno movedizo entre la violencia y algo más brumoso, a mitad de camino entre la lujuria y el delito. Entre ambas cosas, parece existir una brecha considerable donde la cultura, la tradición y la religión parecen influir y contradecirse en lo que a la violencia sexual se refiere.

Hace unos cuantos años, la policía de Hungría produjo una pieza audiovisual para según sus propias afirmaciones “evitar las violaciones entre las mujeres jóvenes”. El vídeo — titulado “Tú puedes hacer algo contra las Violaciones” — fue realizada con motivo del Día Internacional de la Eliminación de la violencia contra la Mujer e incluía algunas recomendaciones de las fuerzas de seguridad húngaras para la protección de la mujer. Lo preocupante es que según el material, las mujeres tienen una importante carga de responsabilidad sobre el tipo de agresión que puedan sufrir y se les invita, con cierto aire a sermón moral, a conservar “el pudor” para evitar “despertar el deseo” de su posible agresor.

¿Sorprendente? No lo es tanto, si tomamos en cuenta que en la mayoría de los países del mundo se enseña a la mujer como protegerse y no al hombre a no violar. Una ligera sutileza que parece sugerir que en un delito violento la víctima tiene un ingrediente de culpa. Pero la policía Húngara va más allá: Durante los primeros minutos del vídeo tres chicas se maquillan y se intercambian ropa mientras ríen en voz alta. La siguiente escena las muestra en una discoteca, donde bailan y una de ellas se besa con un chico. El vídeo culmina con una imagen de la chica tendida en el suelo, con la ropa desgarrada y presumiblemente violada.

Tal parece que ninguna víctima de violencia sexual es completamente inocente: el sexo usado como arma casi nunca se percibe como un asunto que sólo se relaciona con el agresor.

 Claro está, se trata de un tipo de interpretación sobre la agresión sexual que convierte el crimen una noción moral. ¿Que tan culpable eres de provocar que te violen? ¿Que ley, dogma o incluso sentencia ética transgredimos para provocar lo que ocurrió? Es el cuestionamiento que parece plantearse una y otra vez, hasta hacerse recurrente y lo que es aún peor, válido. Tal parece que ninguna víctima de violencia sexual es completamente inocente: el sexo usado como arma casi nunca se percibe como un asunto que sólo se relaciona con el agresor. Se trata de un ligero matiz que coloca a la mujer al borde de algo más turbio y preocupante: Preguntarse a sí misma qué error cometió para provocar a su agresor.

La mayoría de la gente reacciona ante la palabra violación de una manera poco menos que desconcertante: se cuestiona a la víctima, se habla de “provocaciones”, de la manera como pudo “haber evitado” un acto de violencia. Se habla de su “culpabilidad”, se ataca la credibilidad de quien sufre la agresión. Más preocupante aún resulta, esa opinión al parecer muy generalizada que suele confundir una agresión sexual con un juego erótico consensuado. Una visión de las cosas que la mayoría de las veces parece dejar una preocupante grieta entre lo que se interpreta como delito y esa sutil pero persistente visión de la mujer como un objeto sexual.

La cultura que minimiza el impacto y la gravedad de la violación parece continuar su gradual avance: Noticias y titulares difunden en tono casi burlón agresiones sexuales de enorme gravedad, como si se tratara de un juego malicioso y erótico. O como en el caso de Cyntoia Brown, se minimiza en beneficio de su conducta pasada o presente. Más allá, la idea de la sexualidad parece distorsionarse hacia algo más peligroso y que coloca a la mujer como la víctima propiciatoria de un tipo de violencia que muchas veces no puede evitar, sino además es incapaz de entender a cabalidad.

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