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15/07/2019 07:20 CEST | Actualizado 15/07/2019 07:20 CEST

El ataque a la credibilidad femenina y otras formas de violencia

Los violadores de Manresa creyeron que podían violar a una adolescente, sólo porque había bebido y disfrutaba de la celebración en que se encontraba.

Agencia EFE
Tres de los siete acusados de la violación múltiple de Manresa. 

Hace unos días leía que la víctima de 14 años de una violación múltiple en Manresa (Barcelona) teme “que no la crean”, a pesar de las pruebas que demuestran que fue agredida por un grupo de seis hombres mientras se encontraba inconsciente. Por supuesto, la joven tiene razones para preocuparse por el posible ataque a su credibilidad: se divirtió con sus amigos hasta bien entrada la madrugada. Bebió alcohol, disfrutó de una noche de risas y música. Lo cual parece ser un motivo suficiente no sólo para “provocar” la violencia que padeció, sino para que buena de la sociedad española se esté preguntando en voz alta si el comportamiento la víctima fue un detonante para lo que vivió. ¿Por qué parece ser tan importante la forma en que una mujer violada se comportó antes de sufrir una agresión al momento de aceptar su versión sobre la violencia que sufrió? ¿Por qué se ataca la credibilidad y “la moral” de la víctima — lo que sea que eso quiera decir — antes de debatir en público y con genuina preocupación el hecho que seis adolescentes violaron a una niña menor de edad inconsciente?

No, nada que me sorprenda, por desgracia. Recuerdo que a propósito del escándalo público que rodeó al comediante Bill Cosby debido a una serie de acusaciones sexuales en su contra, escuché al comediante Jay Leno hacer una broma sobre la credibilidad de las mujeres que me produjo escalofríos. Leno se refirió al grupo de mujeres que aseguraron haber sido violadas por el actor y que de inmediato desataron un incómodo debate público sobre la credibilidad de las víctimas. “No sé por qué es tan difícil creer a las mujeres. En Arabia Saudí hacen falta dos mujeres para testificar contra un hombre. Aquí hacen falta 25”. Una broma que no lo es tanto, una crítica sutil hacia la cultura misógina y sobre todo, reaccionaria a la que se enfrentan las víctimas de un delito disimulado bajo la insistente máscara de la justificación social de la violencia. Porque no se trata sólo del hecho que nuestra cultura y sociedad parecen obsesionadas con señalar la “culpabilidad” de las víctimas, sino de analizar los elementos que rodean a un crimen a través de prejuicio. ¿Cuántas veces una mujer no debe enfrentar la sutil acusación de que su conducta — cualquiera que sea — puede provocar al agresor? Más angustioso aún es que parte del debate sobre la violencia sexual parece insistir en restar responsabilidad al agresor en cuestionamientos como los siguientes: ¿Cuándo una violación deja de ser violación? ¿Cuándo una violación es menos grave? ¿Cuándo es provocada? ¿Qué ocurre si la víctima propició el ataque? Son planteamientos que forman parte de lo se conoce como Cultura de la Violación y que insiste en que una víctima de violencia sexual pudo propiciar de alguna manera el ataque que padece. O que la violación es un término lo suficientemente ambiguo — o que puede serlo — como para que se dude sobre qué pudo provocarla o qué tanto pudo hacer la víctima para evitarla.

Por supuesto, la palabra “violación” asusta a mucha gente: se pronuncia en voz baja, produce incomodidad. Y tal vez debido esa percepción del miedo es que se intenta atenuar, justificar, interpretar. Porque una violación parece menos terrible, menos cercana, si podemos entender que ocurrió, si somos capaces de asumir que pudo haberse evitado, que no es un acto de violencia gratuita, cruel y sin sentido. Por ese motivo, para mucha gente, una violación es un hecho sin matices, directo y evidente: la violación solo ocurre si el caso es extremo y demostrable. Que no quede duda, pues, de que la víctima fue maltratada, coaccionada, herida, violentada, aterrorizada. Solo así la sociedad baja la cabeza, asiente con preocupación y murmura muy preocupada sobre lo salvaje del agresor, sobre el castigo que merece por haber cometido un crimen. Quizás por desconocer las numerosas posibilidades que supone un acto de violencia semejante, el ciudadano de a pie siempre condenará una violación si puede asumirla como inevitable. ¿Pero qué ocurre si la violación es algo más que una paliza y sexo forzado? ¿Qué ocurre con las violaciones que no implican violencia física directa? ¿Qué pasa con las mujeres violadas que no gritan, que no pueden defenderse, sino que aceptan, aterrorizadas y sumisas, un hecho de violencia que las supera? ¿Existe un perfil que haga válida o creíble una violación? ¿Cuándo la violencia es menos o más directa? ¿Cuándo el miedo es más destructor? ¿Qué ocurre con la mujer abusada por el esposo? ¿Qué pasa con la mujer que bebió y llevaba una falda corta? ¿Es menos violento y devastador el abuso sexual porque la mujer no gritó ni golpeó a su agresor? Es un pensamiento inquietante, porque asume la idea que existen violaciones “reales” y las que no lo son tanto. ¿Una cita que salió mal quizás? Las que la víctima soportó la violencia sexual por miedo, por angustia, por no tener otra posibilidad. La mujer que cree que es normal que el sexo sea violento, lo tiene crudo. Las niñas que son obligadas a contraer matrimonio aún con muñecas en los brazos... ¿Es menos violento el sexo no consensuado si la víctima no puede o no sabe cómo defenderse? ¿Es menos cruel una agresión sexual porque la víctima vestía de una manera específica? ¿A dónde conducen todas estas interpretaciones y justificaciones sobre la posibilidad de la violencia sexual? Un pensamiento inquietante, por donde se le mire. O como en el caso la víctima de Manresa, una visión durísima sobre la sociedad que asume que la violencia sexual puede ser explicada, justificada y excusada bajo reflexiones de supuesta moral y ética.

Los violadores de Manresa creyeron que podían violar a una adolescente, sólo porque había bebido y disfrutaba de la celebración en que se encontraba.

Nuestra sociedad educa para creer que la violencia física es una manera de expresar poder, control e incluso interés o amor. Tal vez por ese motivo, según cifras recientes de ONU Mujeres, el 48% de las agresiones sexuales ocurren durante una cita, una invitación nocturna o una relación de pareja que recién comienza. Tal vez por ese motivo, los violadores de Manresa creyeron que podían violar a una adolescente, sólo porque había bebido y disfrutaba de la celebración en que se encontraba. Una escalofriante estadística que deja muy claro que esa cultura que asume las relaciones interpersonales como una excusa para el sexo, es con toda seguridad uno de los elementos más perjudiciales en cuanto a lo que la percepción de la violencia sexual contra la mujer se refiere. Una forma de violencia solapada y peligrosa que parece cada día más frecuente y temible. 

Según estadísticas recientes, el 35% de las mujeres de todo el mundo ha sufrido violencia física y/o sexual. El 67 % de esas agresiones fueron cometidas por su compañero sentimental. El 80% no se denuncian. Casi ninguna recibe atención jurídica y policial. Se trata de un panorama preocupante, de una percepción sobre la violencia peligrosa y muy cercana a la amenaza a la que toda mujer en el mundo probablemente se enfrentará alguna vez. Y es que no se trata sólo de la forma cómo la cultura percibe la violencia contra la mujer, sino la manera como el hombre y la mujer interpretan ese matiz tan inquietante sobre lo que la agresión puede ser e implicar. Un arma silenciosa que se empuña con más frecuencia de lo que se admite. Una visión distorsionada sobre la violencia real.

 

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