INTERNACIONAL
20/03/2021 14:32 CET

Acoso y Covid: el caso Cuomo pone a Biden ante el primer gran escándalo de su mandato

Las denuncias contra el gobernador de Nueva York por asediar a mujeres y falsear los muertos obligan al presidente a posicionarse y a tomar medidas. O no...

Brendan McDermid via REUTERS
Joe Biden y Andrew Cuomo, juntos en un acto en New York, en 2015.

Joe Biden tiene por delante el enorme reto de controlar el coronavirus, superar la economía de pandemia y unificar unos Estados Unidos polarizados tras los cuatro terribles años de Donald Trump. Todo complicado, pero todo heredado. Ahora, sin embargo, al presidente le ha estallado su primer escándalo propio, de su tiempo y de su gente, un caso que mezcla falta de transparencia ante las muertes por covid-19 y acoso sexual, el del gobernador del estado de Nueva York Andrew Cuomo.

Es la prueba de fuego de Biden, el momento de demostrar si en la Casa Blanca se ha pasado la página de la opacidad y la misoginia y vivimos tiempos verdaderamente nuevos... o no. Por ahora, su respuesta ha sido tibia, dicen los críticos. Prudente, contradice su portavoz. El mandatario apuesta por ver qué dicen las investigaciones abiertas sobre estos dos flacos antes de pedir la salida del carismático gobernador.

Sin embargo, nadie pierde de vista que desde 2017, cuando surgió el movimiento #MeToo, en EEUU la medianía no convence. Hace falta compromiso y firmeza. De ahí las voces, cada día más claras y más altas, que se alzan en el Partido Demócrata reclamando la marcha de Cuomo y los procesos abiertos para expulsarle. “Es demasiado serio”, en palabras de la congresista neoyorkina Alexandria Ocasio-Cortez.

Las acusaciones que persiguen a Cuomo

Andrew Cuomo (Nueva York, 6 de diciembre de 1957) es uno de los mayores activos del Partido Demócrata en EEUU. Hijo de gobernador, italioamericano de origen, lleva en el cargo desde 2011 y su popularidad es formidable, nunca por debajo del 55% desde que llegó al cargo. Cada vez que hay elecciones, se especula con que puede ser candidato a la Casa Blanca, tales son sus apoyos y ambición. Por ahora, el mayor salto nacional que ha dado fue trabajar como secretario (ministro) de Vivienda y Desarrollo Urbano con Bill Clinton.

Su fama y su respeto se han acrecentado en el último año gracias a su gestión de la crisis del coronavirus, por la que la prensa lo ha calificado de “valiente”, “comprometido” y “trabajador infatigable”. Fue a contracorriente cuando Trump decía que esto no era nada, planeando una estrategia de lucha y buscando medios, y se echó a las espaldas la responsabilidad de dar la cara, compareciendo a diario para reportar novedades. Hasta un libro ha escrito contando su experiencia. Hasta un Emmy se ha llevado por sus ruedas de prensa. Un héroe. 

Ahora, su imagen está enfangada. En el caso del Covid, en enero, varios altos cargos del Departamento de Salud Pública contaron a la prensa que trabajaba de forma caótica, rechazando los protocolos previstos por los especialistas y proponiendo hasta su propio modelo de vacunación, riéndose incluso en público de lo que decían los científicos. Y luego vino la bomba del diario The New York Times, en la que se contaba que el Estado de Nueva York había mentido sobre la cifra real de muertos en residencias de ancianos, de 15.326 a apenas 8.000, como reconocía Cuomo. 

Parafraseando a Mariano Rajoy, no es cosa menor: todo eso se resume en si Nueva York podría haber evitado las casi 46.000 muertes en el estado y si decisiones clave como dar de alta a los residentes en recuperación de los hospitales a sus hogares de ancianos produjo un aumento de infecciones entre los mayores más vulnerables.

Luego, desde febrero, llegaron las acusaciones en cadena de hasta seis mujeres por acoso y conducta sexual inadecuada. En su mayoría se trata de antiguas trabajadoras de su oficina. Lindsey Boylan, que fue asistente del gobernador, lanzó la primera piedra, al publicar una carta en la que relató cómo “la intimidación” dentro de su Administración era “tan generalizada” que “se toleraba” y “se esperaba”.

Luego le han seguido mujeres que denuncian unos “coqueteos inofensivos” al inicio, hasta cuajar en sexismo, acoso y ninguneo -“Me sentía sólo una falda”, dice Ana Liss, una de ellas-, o directamente tocamientos -otra joven asegura que le metió la mano bajo la blusa y la tocó de manera “agresiva”-, intento de robar besos, preguntas intimidantes sobre sus gustos sexuales y alusiones a que estaba “abierto” a relaciones con mujeres jóvenes. “Un acosador de manual”, han dicho a la prensa norteamericano varios colaboradores. 

POOL via REUTERS
Andrew Cuomo, durante una visita a un centro de investigación del coronavirus, el pasado lunes.

Lo que afirma en su defensa

Cuomo se defiende de las tres acusaciones. Sostiene que siempre ha informado “completamente” todas las muertes por covid en hogares de ancianos y hospitales, que “no hay nada que investigar”. “Quiero que todos sepan que todo se hizo. Todo fue hecho por las mejores mentes, con el mejor interés”, ha dicho a las familias. 

En el caso de las mujeres, ídem. “No he hecho las cosas de las que se me acusa. Punto”, afirmó en una rueda de prensa. Y sugirió que es víctima de la cancel culture o cultura de la cancelación, la guerra cultural en auge en Estados Unidos, que genera polémica sobre las medidas que deben adoptarse para enfrentar la discriminación de minorías raciales, étnicas o sexuales. “Las figuras políticas toman partido por toda una serie de razones, incluido por oportunismo político o para ceder ante presiones. Pero la gente sabe hacer la diferencia entre el juego político, la cancel culture y la realidad”, declaró Cuomo. 

Apuesta por investigarlo “todo” porque está convencido de su inocencia. 

A favor y en contra

En este momento, el cerco contra Cuomo se estrecha. Unos 60 legisladores estatales de Nueva York reclaman su dimisión y el jueves dieron un primer paso hacia un proceso de destitución contra el gobernador: el Comité Judicial de la Cámara Baja dio luz verde a una investigación que decidirá si da lugar al procedimiento, nunca visto en el estado desde 1913. Este hemiciclo está investigando las denuncias en todos los ámbitos, así como el FBI, pero no han trascendido conclusiones por el momento. 

Cuomo no tiene, de partida, a su partido detrás, en bloque. Ni mucho menos. Destacados legisladores demócratas como Ocasio-Cortez, Chuck Schumer, Jerry Nadler o Nancy Pelosi se muestran partidarios de su marcha inmediata. Salvo Trump, en realidad, no hay político que haya quedado vivo en su cargo tras una acusación de este calado en los tres últimos años, los del gran movimiento feminista en EEUU. Schumer, elegido por el estado de Nueva York, afirma, por ejemplo: “Ha perdido la la confianza de sus socios de gobierno y de los neoyorquinos”. Y AOC señala que la denuncia “es preocupante para la seguridad y el bienestar inmediato del personal del gobernador”, que “ya no puede liderar eficazmente ante todos estos desafíos”. Lo dice con el peso de ser víctima de violencia sexual

En principio, Cuomo tiene mandato hasta el año que viene y repite insistente que no va a dejar el cargo por estas acusaciones “infundadas”, dicen sus abogados. Los sondeos ahora mismo demuestran que su popularidad sigue por las nubes: frente al 35% de ciudadanos que cree que debería irse, el 50% que entiende que debe quedarse, indica el instituto demoscópico Siena. El 57% está satisfecho con su petición de perdón, que consistió en un “he aprendido una lección importante” y “ahora entiendo que hice sentir incómodas a algunas personas, pero no fue intencional y presento mis disculpas profundas”. 

La papeleta de Biden

¿Qué dice Biden a todo esto? No mucho. Este presidente que aún no ha dado ruedas de prensa desde que llegó al cargo, el 20 de enero, guardó silencio durante semanas hasta que el miércoles, en una entrevista a la ABC, al fin dijo que si las investigaciones confirman las “preocupantes” acusaciones, Cuomo deberá dimitir. 

“Se debe suponer que una mujer dice la verdad y no debe ser convertida en chivo expiatorio ni victimizada por su denuncia”, añadió, ya más comprometido, tras afirmar que se necesita “mucho coraje para denunciar” y que las acusaciones deben tomarse en serio.

No hay pruebas concluyentes, aún, y la denuncias por lo penal están por ponerse (pesa el miedo, el poder del contrincante), pero parte de los demócratas afean al presidente la falta de nervio y de empatía con las víctimas, sobre todo el en caso de las mujeres. “Tenemos que mirar para adentro, porque de esto depende el alma del partido”, dijo una fuente a The Washington Post. Y es que no se puede hacer campaña a lomos de caballos como el del feminismo o el fin de la pandemia y luego acatar comportamientos que “desdicen” el programa. 

A ello se suma el pasado del propio Biden, espinoso también en cuanto al trato a las mujeres. A pocos meses de las elecciones de noviembre pasado, Tara Reade, una mujer que trabajó hace casi 30 años con él, lo acusó de haber abusado sexualmente de ella en los pasillos del Congreso. Biden lo negó de plano. En el pasado, ha sido señalado por varias mujeres de ser muy “sobón”y un “tocón”. Está bajo la lupa. 

Y además tocar a Cuomo no es tocar a cualquiera. Sus aspiraciones presidenciales, nacionales, están ahí y, también, el dinero que logra para las arcas de su partido y su inmensa popularidad e influencia, que les garantiza sin despeinarse el estado neoyorquino. Pero su formación también está cambiando: ya en las primarias demócratas se vio el empuje de una nueva rama más a la izquierda que no está dispuesta a pasar comportamientos de este tipo por alto.

De ahí que gente como Ocasio-Cortez, el alcalde de Nueva York Bill de Blasio o Ron T. Kim -bautizado como el delegado de Bernie Sanders en la zona- estén también vigilando y denunciando. Quieren que no se pase una, quieren virar más a la izquierda, y lo quieren ya, porque Cuomo desea repetir como candidato en 2022. 

Los datos

La Coalición del Estado de Nueva York contra la Agresión Sexual (NYSCASA, por sus siglas en inglés), explica a El HuffPost que las denuncias de mujeres contra Cuomo ponen el dedo en la llaga de conductas “inaceptables” en cualquier entorno de trabajo y “más aún” en el sector público. “El nivel más alto de gobierno en Nueva York no es una excepción”, dicen, a la hora de asumir responsabilidades y por eso abogan por la marcha del gobernador, hasta que se aclare lo ocurrido. “Hay que cumplir los mismos estándares, si no más altos” que en otros entornos, añaden. 

Aprovechan el caso para demandar más prevención y más revisiones de las situaciones diarias en los entornos laborales y que se cree así una “cultura del consentimiento”, que respete “la dignidad y la autonomía” de todos. Porque los datos son demoledores: una de cada ocho mujeres de Nueva York sufre acoso sexual en su trabajo, porcentaje que roza el 14% si las víctimas son negras.

El 60% de los casos no se denuncian, pese al trauma y el miedo que generan y a que comportamientos que no se detienen pueden dar lugar a ataques mayores. Lo sabe bien un estado donde, sólo en su capital, se denuncian cada año 50.000 violaciones de mujeres. 

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